Ya es oficial. El ministro de Justicia anunció ayer que el gobierno comenzará a tramitar la semana que viene los indultos a los responsables del delito de sedición en Cataluña del otoño de 2017. Paralelamente, se revisarán las penas por los delitos de rebelión y sedición. En realidad no es una decisión sorprendente. Si juzgamos al gobierno no por sus palabras sino por sus hechos, hace tiempo que va dando pasos en una deriva cada vez más radical para que sus socios sean la extrema izquierda chavista y los separatistas, en vez de Ciudadanos o cualquier otra posible formulación. En esta línea podemos anotar desde la reforma educativa a la memoria histórica, pasando por el acercamiento de los presos de ETA, la eutanasia, las negociaciones con Bildu sobre la reforma laboral y los Presupuestos, o ahora los indultos a los golpistas. Todo esto no lo hace el PSOE en un esfuerzo por romper con Podemos y buscar un gobierno más sensato con Ciudadanos o con quien sea. El PSOE, simplemente, ha dado el siguiente paso lógico. Lógico sólo desde el punto de vista de sus pactos radicales, por supuesto.

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La historia del PSOE, por otro lado, es notable por la profusión de indultos a golpistas. Remontándonos a 1936, nos encontramos con el indulto frentepopulista a los golpistas que en 1934 atentaron contra esa misma república, alzándose en armas tras perder las elecciones de 1933. Entre los indultados se encontraban Companys o los propios líderes del PSOE. En 1988 el PSOE indultó al general Alfonso Armada, condenado a 28 años de cárcel como uno de los cabecillas del intento de golpe de estado del 23F de 1981 junto a Tejero. A estos antecedentes de indultos a golpistas se suma ahora el de los sediciosos de 2017.

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Más allá del historial del PSOE y de toda la memoria histórica que se quiere olvidar, una vez más se pone de manifiesto que un gobierno no puede enfrentarse al nacionalismo y depender al mismo tiempo del nacionalismo. Estamos asistiendo simplemente a las consecuencias sobre el mundo real de esa implacable lógica.

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Tampoco se puede olvidar que esta decisión se enmarca en la aprobación de los Presupuestos y en el anuncio de que el gobierno tiene la voluntad de reabrir la llamada mesa de diálogo sobre Cataluña. Un órgano opaco, alegal, que no representa a Cataluña, en el que no se encuentra presente la oposición, paralelo al Parlamento, que de hecho vacía de contenido al Parlamento y que conceptualmente se incardina entre las mesas paralelas de la negociación con ETA en Loyola y la institucionalidad paralela que ha suplantado a las instituciones democráticas en la Venezuela chavista. Tampoco puede resultar exagerado ni sorprendente ya que los socios del PSOE son precisamente Bildu, los golpistas catalanes y la izquierda chavista. Que todo esto sea tan previsible no resta en todo caso ni un ápice de gravedad al asunto. De hecho es probable que en pocas ocasiones haya estado tan amenazada la democracia española como ahora.

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Las acciones de Sánchez evidencian la ridiculez de decisiones como que el PP deje que la izquierda le diga a quién tiene que poner de portavoz o que Ciudadanos se convierta en el felpudo de un presidente que con quien quiere pactar es con Iglesias, con Rufián y con Bildu. Hace unas semanas cabía preguntarse si el giro hacia la nada de PP y Ciudadanos era fruto de un pacto subterráneo en el que el PSOE planeaba la ruptura con Podemos. Como era de temer, ahora se demuestra que no había pacto ninguno y que el PP y Ciudadanos abandonaron la batalla de las ideas a cambio de nada, sólo por su flojera y complejos. A ver cuánto tardan en regalarle a la izquierda, también a cambio de nada, una renovación del Consejo General del Poder Judicial de corte chavista.

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Podría añadirse a todo lo anterior el recuerdo de cómo hace sólo unos días los líderes de Podemos reafirmaban sus reivindicaciones republicanas denunciando la impunidad que la Constitución le otorga al jefe del estado, impunidad que por otro lado no es consustancial a la monarquía y se le otorga al jefe del estado por jefe del estado, no por monarca o republicano. En todo caso resulta llamativo y contradictorio que quienes se rasgaban las vestiduras indignados por la existencia de un espacio de posible impunidad de Juan Carlos, por la posible comisión de un delito por otro lado y sin querer quitarle gravedad mucho menos grave y peligroso para la nación que la sedición, ahora decidan y aplaudan un indulto que de hecho significa la impunidad ante una intentona golpista del nacionalismo que sostiene al gobierno. Estos buenos republicanos quieren nada menos que una reforma constitucional para eliminar la impunidad del jefe del estado pero, por otro lado, regalan indultos como caramelos para garantizar la impunidad de sus socios.

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