El eufemismo de la “democracia”

Ángel Manuel García Carmona 14 septiembre 2020 Noticias, Opinión
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Hay discusiones que nunca se escapan de las preocupaciones y observaciones que uno pueda hacer sobre determinadas cuestiones políticas (por ejemplo, aquellas que estén relacionadas con el gobierno, por decirlo de alguna manera).

Eso sí, según el momento, pueden “recobrar” mayor o menor relevancia. Concretamente, es lo que recientemente ha ocurrido con la conmemoración de la derrota del gobierno comunista de Salvador Allende en Chile.

Se ha “recriminado” que algunos reconozcamos que, en ese momento, lo más conveniente para este país hermano hispanoamericano fuera la toma del poder por parte del general Augusto Pinochet, dado que permitió que la pobreza se redujera drásticamentelos habitantes tuvieran un amplio margen de libertad para prosperar individual y socialmente.

Los conceptos utilizados ya puede imaginárselos uno, sinceramente. Pero en vez de citarlos y enredarnos en algo que, en cierto modo, puede “resultar repetitivo”, quizá convenga ser un poco más directos en el trayecto y enfatizar en lo que se puede considerar como quid de la cuestión.

La democracia es, más bien, un sostén colectivista

Por medio del ocasional uso del término compuesto “democracia liberal” (que no necesariamente, ojo), se nos hace creer que un sistema democrático “libera” al individuo, otorgándole una mayor “capacidad de decisión” tanto por la “vía electoral” como por la “vía parlamentaria”. De hecho, se insiste en que una sociedad no democrática no puede ser, de ninguna manera, libre. Pero “tengamos cuidado”.

Que un individuo pueda elegir a quien pueda “representarle” y tomar decisiones por él no implica que vaya a sentirse menos estrangulado y coaccionado. Tampoco que vaya a tener más libertad en su día a día. Básicamente ha podido elegir a quien tomará determinadas decisiones, lo cual no necesariamente tiene que ser ad personam.

En países como España, el sistema electoral no favorece a la sociedad, sino los intereses de la llamada “partitocracia”. Quien vota no elige sino una lista cerrada correspondiente a un bloque partitocrático que responde a criterios oligárquico-jerárquicos, frente a las llamadas “democracias menos malas”, donde el parlamentario tiene más margen de libertad a la hora de votar.

No obstante, la cuestión no es estrictamente electoral, sino de fondo. Como dijese Erik von Kuehnelt-Leddihn, «el demócrata real, cuando emite su voto, acepta y anticipa interiormente el hecho de que la mayoría es la ganadora». Por lo tanto, la diferencia simplemente estriba en la cantidad de personas que podrían “responsabilizarse” de cierta decisión.

La verdad, la justicia y la legitimidad moral no dependen de la cantidad

Que algo sea “avalado” por una mayoría no solo no puede ser “dictatorial” en caso alguno. También puede darse el problema de no resultar ni justo ni moralmente legítimo; tampoco verdadero. Distinto es que queramos aceptar la máxima relativista que anula y omite el punto final de la Verdad, que no es ajeno a cuestiones trascendentales, del más allá.

Básicamente se está “imponiendo” algo tan solo porque una mayoría lo decida (una vez más, dentro de ese complejo entramado basado en una antítesis divina y en el contra-orden, que conocemos como Estado). Tengamos en cuenta que por “mayorías parlamentarias” se han avalado atrocidades como el aborto, la eutanasia, el secularismo intolerante y la destrucción de la familia natural.

Adicionalmente, no hemos de dejar pasar inadvertido el hecho de que igualmente pueden perpetrarse atentados contra la propiedad privada y la libertad de la sociedad para satisfacer sus necesidades de manera espontánea. Pero es que, en verdad, de una u otra forma, la democracia puede considerarse como una vía de ascenso del totalitarismo (¿cómo llegaron al poder Hitler y Chávez?).

El problema no es la “representatividad” así como tampoco el someter a votación per se

Es obvio que en muchas situaciones de nuestra vida cotidiana, habrá affaires cuya “resolución” no se ajuste a lo que todos los individuos puedan decidir (sin perjuicio de que se pueda valorar en alguna que otra ocasión lo que se puede considerar como “solución consensada”, a fin de “no enfrentar” a las distintas partes, tratando de convencerlas). Desde un grupo familiar o amistoso hasta un municipio, una empresa o una comunidad.

Incluso bajo lo que Ludwig von Mises llamaba “democracia económica” habría más de un resultado que dependiera de lo que se pudiera extrapolar en base a las acciones de determinadas proporciones de individuos a operar dentro del mercado (por poner un ejemplo, si se desea continuar manteniendo una solución informática, se decidirá seguramente en base a la valoración de una sola persona).

Por lo tanto, ¿cuál es el problema? En resumen, el inconveniente está en equiparar democratismo y libertad (o una idea de sociedad libre) así como en poner lo primero como quintaesencia de la verdad. Así pues, no hemos de esforzarnos en defender la democracia “a capa y espada”, sino la vida, la libertad, la propiedad y la verdad (el relativismo es un detonante muy peligroso).

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