Progres de derecha

Ugo Stornaiolo Silva 22 julio 2020 Noticias, Opinión
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En el tiempo que ya he podido observar, analizar, y comentar sobre asuntos políticos, siempre he visto que las categorías en las que los grupos, las ideologías, las propuestas y los actores se dividen.

La división más usual suele ser la de izquierda y derecha, con sus respectivos extremos, y entre las que se suele visibilizar y atacar más a lo que se llama ‘extrema derecha’.

Tambien está, de manera análoga, la división entre progres y fachas, que suele ser identica a la anterior, y que cambia un poco de país en país en toda la Hispanósfera.

Esta división tiene dos constantes y una variable: los socialistas siempre serán progres, los nacionalistas siempre serán fachas, pero algunos llamaran a los liberales progresistas, otros dirán que son fachas.

El lenguaje en ese sentido se vuelve muy confuso, casi un enemigo de quien defiende libertades presentes o tradicionales. Se rechaza el apelativo de liberal, pero se reconoce y promueve su doctrina.

Como alguien en constante indagación por la verdad, tengo algunas ideas de como categorizar mejor esta confusión, y sobre todo, de identificar esas pequeñas variantes que hacen de la derecha un espectro tan inestable como internamente conflictivo.

El grandioso liberal tradicionalista austriaco, Erik von Kuehnelt-Leddihn define a la derecha y a quienes la componen como mentes soberanas, que no quieren regresar a una u otra institución por el gusto de ser retrógradas, sino que buscan lo eternamente verdadero, eternamente válido, para luego restaurarlo o reinstaurarlo, sin importar que eso parezca obsoleto, o sea antiguo, contemporáneo, o incluso completamente nuevo, ultramoderno y sin precedentes.

La derecha genuina, en ese sentido es proactiva y es perenne, busca la Verdad y la promueve con altura, trabaja desde el honor y tal vez por ello no resulta tan atractiva como resultan sus variantes populistas o falsas, pero siempre persiste.

Tanto Roger Scruton como Mencius Moldbug están de acuerdo en esto: el primero dice que esto “es una razón por la cual los conservadores están en desventaja cuando se trata de la opinión pública. Nuestro lenguaje es aburrido; el de [nuestros] oponentes es emocionante pero falso”, y el segundo indica que “la izquierda gana en política porque es amoral. […] No sigue principios. […] La derecha tiene principios y les es fiel. Y por eso jamás se organiza como la izquierda.”

La derecha genuina por naturaleza es conservadora, y se opone a la entropia, busca desarrollo y no progreso. Es reactiva por ser organica y no es aceleracionista y por tanto tampoco es revolucionaria. Aqui es donde comienza el problema: las variantes de la derecha que no responden a estos criterios siguen siendo derecha, pero no son genuinas. Son lo que uno podría considerar ‘progres de derecha’.

El apelativo resulta paradójico, algunos podrían considerarlo incluso contradictorio, ¿como es posible que haya una derecha progresista, si el progresismo es de izquierda?

Justamente por ello, los progres de derecha se constituyen en la quinta columna de la derecha, porque sus acciones limitan y restringen las de la derecha genuina. Los progres de derecha (como sus colegas de izquierda) buscan de cualquier forma acceder al poder; la derecha genuina busca preservar el orden positivo del statu quo, y reformar los elementos negativos que promueven el desorden dentro de él.

La otra diferencia esencial, y la gran razón por la cual deben diferenciarse los progres de derecha de la derecha genuina es el carácter progresista, y por consecuencia, revolucionario, de la primera.

No es algo fácil de entender, sin duda, pero funciona así: el progresismo es una velocidad del avance de la revolución en nuestra sociedad. Para entender esto, uno debe entender el significado de la palabra ‘revolución’.

En física y astronomía, ‘revolución’ se refiere a una rotación completa del objeto, un giro de 360 grados, una vuelta al origen. Cuando esto se extrapola a la política, significa exactamente lo mismo: una revolución no busca reformas, sino un regreso al estado de naturaleza humano.

La revolución por lo tanto, es tan aceleracionista (porque promueve esta regresión de forma constante) como primitivista (porque su finalidad es devolver al ser humano a la ignorancia y oscuridad irracional del estado de naturaleza).

El progresismo, como actitud política (en contraposición al conservadurismo en ese mismo aspecto) promueve el avance de la revolución, y la promociona con sus opiniones, sus actos y sus actitudes.

Por esencia, la izquierda es revolucionaria, esto es propio del marxismo y sus variantes, acelerar los procesos industriales y económicos para derrocar el orden establecido e instaurar uno que busque implantar un comunismo similar al que teorizan operaba en el estado de naturaleza.

¿Pero qué sucede cuando ciertas derechas asumen esa posición progresista, esa posición promotora de la revolución?

La primera consecuencia es la desnaturalización de su postura ideológica: las derechas que adoptan la agenda progresista pierden su sentido y se desorientan políticamente, adoptan la retorica de no ser “ni de izquierda ni de derecha”, o bien se autodenominan de tercera posición, buscando asi atraer al electorado potencial de indecisos los primeros, o de extremistas radicales los segundos.

La segunda consecuencia es el nihilismo: las derechas progresistas, tanto liberales como de tercera posición se acostumbran a manifestar una negación al Ser en sus propuestas, tanto en cuestiones de sentido común sobre la vida misma, la virtud o el estado de las cosas, como en sus actitudes para promoverlas, en las que adoptan la norma cultural del momento para introducirse en escena y terminan perdiéndose en esa normalidad. Eso ocurre tanto con la agenda adoptada como con la estrategia: los progres de derecha son replicadores del establishment socialdemócrata, hasta en eso no son genuinos.

La tercera consecuencia es la dualidad de arrogancia y cobardía: los progres de derecha, al estar desnaturalizados, desorientados, y desvirtuados, adoptan una doble actitud de arrogancia y cobardía al negarse a cualquier exploración adicional de ideas, y al esconderse detrás del anonimato y del simbolismo. El progre de derecha es arrogante en creer que su ideología instransigente es una verdad absoluta y es cobarde al defenderla únicamente desde su espacio de comodidad dentro del establishment.

El progre de derecha usa, al igual que su camarada de izquierdas, memes e instituciones para intentar ridiculizar a sus potenciales adversarios politicos (en ese sentido también es quintacolumnista), en lugar de mantener una colaboración armónica y respetuosa con ellos. El progre de derecha está tan desesperado por acceder al poder político que abandona y rechaza toda forma de genuinidad por conseguir un espacio en el sistema contra el que dice oponerse, y ataca a todo el que se hace caer en cuenta ello.

Esta reflexión no debe tomarse como una agresión contra aquellos que se sientan aludidos, sino como un llamado de atención en sus actuaciones recientes. Un verdadero derechista, retomando las palabras de Kuehnelt-Leddihn, debe ser genuino, y debe ser modesto en su trasfondo ideológico, debe ser capaz de compensar ideas liberales con ideas tradicionalistas para llegar al justo equilibrio entre ambas y promover esa visión conservadora y contrarrevolucionaria en su labor.

Todo lo demás es para los progres de derecha.

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