Pedro y Sampedro

Redacción 19 febrero 2020 Noticias, Noticias destacadas
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A base de utilizarla constantemente, resulta difícil no ver la estrategia del discurso dominante para crear un estado de opinión monocolor y uniforme en cuestiones como la eutanasia, le educación o el aborto.

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La forma de actuar del discurso dominante es siempre la misma en todas estas cuestiones y siempre parte de un supuesto excepcional para imponer como respuesta una norma general en vez de, si acaso, una respuesta excepcional a ese supuesto también excepcional.

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Por ejemplo, se nos dice que la educación no puede estar en manos de los padres. Que si la educación se dejara en manos de los padres, habría padres que educarían a sus hijos en el yihadismo o el canibalismo. O que abusarían de sus hijos o los sacrificarían a sus dioses oscuros. Pero la solución que propone el discurso dominante no es quitar la patria potestad excepcionalmente a esos malos padres, sino a todos los padres. Por otro lado, ¿qué ocurre cuando es el gobierno el que quiere adoctrinar a los niños en el yihadismo o el estado nacional socialista? ¿Qué ha dado más problemas a lo largo de la historia y qué ha sido más peligroso para la libertad? ¿Que el gobierno controlara la educación o que los padres tuvieran libertad educativa?

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Con el aborto sucede lo mismo. Cuando eliminamos a un niño hay que retorcer la justificación del aborto de modo que parezca que lo hacemos por pura bondad. ¿Cómo permitir que viva un niño que es fruto de la violación de un padre a su hija que es discapacitada y que el niño además tiene espina bífida y cuatro cánceres? El resultado es que con un caso que representa el 0,0000000001% de los abortos se justifica la liquidación anual en España de 100.000 niños perfectamente sanos, pero indeseados. Paralelamante hay españoles que se van a Ucrania a comprar niños, pero ese es otro asunto.

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Ahora toca la eutanasia y nos vuelven a reponer la película de Ramón Sampedro. Por cierto, en la televisión pública, la “de todos”, por supuesto pagada por todos, pero claramente posicionada en el debate y al servicio del discurso ideológico del gobierno.  El mensaje de que la vida de las personas en la situación de Ramón Sampedro (o similar) es indigna, y que una vida indigna no debe ser vivida, es casi una incitación a la eutanasia. O sea que hay que decir que la vida de las personas severamente impedidas es indigna pero sin llegar a decirlo, porque es bienqueda decir que hay que ayudar a matarse a las personas que sufren (cuál es el límite físico, o hablamos de límites subjetivos y del mero deseo de querer morir), pero también es bienqueda decir que, por ejemplo, las personas discapacitadas o en silla de ruedas son maravillosas. Todo estupendo mientras no venga alguien reclamando un poco de lógica. Si me vas a justificar que vas a ayudar a matarse a alguien, por lo menos no me digas que es porque su vida, y por tanto la vida de las demás personas en su situación, es indigna. Que no nos digan que quien decide matarse lo hace en el vacío y sin que haya consecuencias alrededor ni un intercambio implícito de mensajes entre el muerto y su entorno. Eso no es cierto. La demanda de eutanasia depende en buena medida del entorno y el tipo de sociedad que creamos. Como poco nos encontramos ante un asunto sumamente complejo. Hay quien dice que Sampedro hubiera podido llegar a conducir. A Sampedro siempre le vemos en la cama, a lo mejor hay que probar con una silla de ruedas dirigida por la voz antes que con la eutanasia.

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Irónicamente de quienes no se dice nunca que su vida sea indigna y que haya que ayudarlos a matarse es a los terroristas, violadores o asesinos en serie. La idea de que hay vidas humanas indignas, sin embargo, hacia quien inmediatamente debería dirigir el foco es a estas personas y no a las que están enfermas o discapacitadas. La vida de Sampedro era indigna, como la de Hawking, pero la de “el chicle” o “txapote” son vidas sagradas y dignas. Si lo pensamos detenidamente, el concepto de vida indigna conduce directamente a justificar la pena de muerte. Sin embargo, parece que la vida de los peores criminales tiene más valor que la de los discapacitados y a pensar eso le llamamos progresismo. Por eso cuando a un criminal se le mete en una celda en vez de darle una pastillita holandesa se le quitan el cinturón y los cordones de los zapatos.

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Esta noticia la publicamos el 5 de octubre de 2007