En defensa de la caza

Javier Horno Gracia (Presidente del Equipo Provincial de VOX Navarra) 17 junio 2019 Opinión
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En las conocidísimas Cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, el compositor veneciano relata musicalmente una estampa de caza en el tercer movimiento del concierto El otoño. Vivaldi compuso estos geniales -asombrosos- conciertos con un guión literario: cada estación se inspira en un soneto. En el caso del otoño el texto describe una escena de caza, que se desarrolla así: “Huye la fiera, y la rastrean; / ya sorprendida, y agotada por el gran ruido / de escopetas y perros, herida amenaza / lánguida con huir, pero abrumada muere.” Si el texto es plástico la música no puede ser más hermosa, a pesar de la trágica referencia. El violín solista es perseguido por el tutti orquestal, que le pisa los talones: cómo huye haciendo agilidades, cómo canta en su agonía… es magistral. Naturalmente, la música no tiene necesidad de referirse a ningún significado concreto, pero es capaz de evocar la realidad en su dimensión estética. Vivaldi expresó musicalmente la nobleza de una escena pastoril, esa nobleza que los niños absorben asombrados; esa belleza que tiene la vida también en su dramatismo.

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A nadie se le hubiera ocurrido, en su época, acusarle a Vivaldi de crueldad. Pero estamos en una sociedad tan agilipollada, que Gorgorito ha sido juzgado y sentenciado por violento y, dentro de poco, en los programas de mano de los conciertos, Vivaldi será interpretado sin referencias literarias, no sea que fomenten una violencia contra los animales típicamente heteropatriarcal (naturalmente, los cazadores, pastores y agricultores que desfilan por las cuatro estaciones son mayormente hombres).

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Uno de los problemas más serios para establecer cualquier debate hoy en día es la fuerza de las emociones a flor de piel. Estamos en una sociedad que magnifica los sentimientos en un nivel muy superficial: si tú difundes una foto de un toro agonizando y pones la palabra “tortura” debajo, la conmoción ha de ser casi obligatoria. El pasado 13 de junio, el periódico El Mundo sacaba un reportaje a doble página sobre los mataderos, en el que un matarife, por fin, rompía su silencio, como si hubiera salido de un campo de concentración. Me llamó especialmente la atención que se hablara del “olor a muerte” y, sin necesidad de más calificativos, de que en ocasiones el trabajador se había encontrado con el feto de una vaca. Se daba por descontado que matar vacas preñadas comporta un salvajismo indiscutible. Permítaseme preguntar, nada inocentemente (pero con todo el derecho del mundo), si algún periódico español ha hecho un reportaje alguna vez sobre lo que se hace en una clínica abortista.

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Nada ocurre aisladamente. En el fondo de todo, ¿qué nos estamos jugando? A mi entender, toda una concepción de la vida, en la que tocamos, incluso, lo trascendente: porque detrás de las posturas extremas contra la caza, como contra los toros, como en el maniqueísmo absurdo con que se lee la historia de la humanidad y su reparto de roles, lo que tal vez ocurre es que “simplemente” se niega el misterio de la Vida. De alguna manera, según cierta forma de pensar, la vida dada, tal como la hemos recibido no comporta ninguna referencia ética (no hay un derecho natural), y el Hombre se debe erigir en dueño absoluto de la existencia. La ingesta de animales es un retraso cultural impuesto por una visión caduca del mundo. El Hombre cazador ha sido injustamente cruel, así que no debe serlo ahora: la vida ha de hacerse a nuestra medida o, más bien, a nuestra ideología. Dejo para los expertos en las teorías de la evolución el hecho de que la ingesta proteínica fuera necesaria para el desarrollo del cerebro: supongo que como finalmente son teorías sobre el pasado, a los veganos no les convencen.

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En esa carrera por controlar la existencia, que pinta el mundo de color de rosa, se ha desvirtuado el concepto de sufrimiento: hemos “hominizado” la idea de sufrimiento en los animales. Habría que recordar a los animalistas que la liebre no huye angustiada, sino que corre porque puede dar rienda a su instinto de conservación; pero es bastante inútil, creo, cuando su respuesta es “qué pensarías si te lo hicieran a ti”. No se trata, pues, de intentar convencer a un animalismo extremo, con el que creo es imposible el diálogo. Pero sí de que una buena parte de la sociedad está dispuesta a escuchar una buena argumentación. Hace falta un discurso bien trabado si queremos que esa mayoría pasiva, que suele mirar para otro lado si la caza no es su afición, se dé cuenta del riesgo de la pasividad.

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Debemos tomarnos en serio los ataques a la caza, aunque no seamos cazadores activos. La “crudeza” de la caza no es ni más ni menos que la crudeza de la vida y la muerte: no es algo que hayamos elegido. Para el hombre urbano, además, es un rito que le devuelve su conciencia un tanto maltrecha de que nuestro hogar primero es la naturaleza. No hay crueldad en la caza, ni sed de sangre, ni nada por el estilo, sino asunción de la vida como lo que es. Difícilmente se puede respetar la naturaleza si no se la percibe en todo su misterio. Dicho de manera menos filosófica, no sé qué mal hay en la caza si necesitamos mataderos para llenar nuestro frigorífico de salchichas de Frankfurt. Y dicho de manera más política, sé muy bien que el relativismo cultural no se va a conformar con que desmonten las palomeras.

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Javier Horno Gracia

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