La paz social

Javier Horno 2 noviembre 2018 Opinión
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Durante años nos hemos cansado de ver en televisión esas imágenes del arribo de la democracia, los jóvenes barbudos haciendo una uve de victoria, la canción de Lluis Llach, las multitudes pacíficas entremezcladas con primeros planos de los jóvenes políticos de entonces, promesas de nuevos tiempos: el pueblo podía votar. El pueblo podía expresarse. Innegable adquisición que volvía en color las grises imágenes del No-Do.

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Hay ciertos temas de los que se ha hablado tanto, que las palabras repetidas acaban desgastando la realidad y su rebote nos ha anestesiado. ¿El miedo del terrorismo es cosa ya del pasado? Hace muy pocos días me daba cuenta una vez más de la debilidad de nuestra democracia, cuando intentábamos organizar un encuentro de los afiliados de Vox Navarra con Javier Ortega Smith. En principio apalabramos un bar donde reunirnos, cambiar impresiones y tomar algo. En cuanto lo anunciamos en las redes, el dueño del bar recibió unas cuantas amenazas y retiró su oferta. Ahora su negocio está “seguro” de amenazas y los radicales le dejarán en paz, mientras no haga nada que les pueda molestar.

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Que un partido político no pueda organizar un encuentro en cualquier bar o restaurante es un fracaso de la democracia. La libertad de expresión no es sólo el hecho de votar; afecta a mil y una decisiones de cada día que tejen una invisible urdimbre de afectos e ideas que ponen en relación todos los actos de nuestra vida: somos ciudadanos de la polis; como decía Oscar Wilde desde la cárcel, “Todo aquello que le acontece a otro le acontece a uno mismo” (De profundis, Alianza Editorial, p. 116).

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En conversaciones habituales me encuentro a menudo, incluso entre personas con quienes comparto valores, una cara de excepticismo ante la denuncia de la falta de libertad de expresión. Nada de lo que se auguraba en tiempos de Rodríguez Zapatero, cuando media Navarra salió a la calle, está ocurriendo ahora, me aseguran: Navarra sigue siendo independiente. Como colofón y argumento decisivo sirve “la ETA ya no mata”, frase que merecería una sesión de psicoanálisis. Mientras mi vida transcurra sin problemas, aquí se vive muy bien.

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El miedo es vergonzante, y por eso se elude. Yo entiendo el miedo. Pero me pregunto si debo, al menos, recordar sus consecuencias. Hoy yo cierro mi local, pensando que me va a ir mejor, a un partido de derechas; mañana, los terroristas, se ven más fuertes y se sienten más seguros para seguir en su lucha contra la democracia. Esos múltiples gestos agrupados, han venido forzando políticas de cesión para preservar esta “paz social” (una paz social que no hubiera sido posible, recordémoslo, sin la lucha policial y la firmeza judicial); y gracias a esta paz social (ya no mata la ETA), una amalgama de partidos nacionalistas, radicales, filoterroristas en más de un caso y antisistema han tenido el poder suficiente (dinero es poder) para desgastar al gobierno anterior con una poderosa maquinaria de comunicación. Recordémoslo una vez más: Bildu, legalizado gracias al proyecto buenista de Rodríguez Zapatero, volvió a las instituciones y a cobrar del erario público.

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Todo el entramado nacionalista, comunista y filoterrorista se ha unido en la cocción de un caldo de cultivo atractivo, que ha captado nuevos nacionalistas. Y ahora en el poder, su proyecto no decae: aumentan los millones de euros para el Instituto del Euskera, se quiere imponer el programa Skolae, no se persiguen los homenajes al terrorismo, acallan las protestas de los negocios afectados por la nefasta política municipal y apenas hay una librería que se atreva a poner en su escaparate el libro Cuatripartito kanpora. Realmente, con toda la ironía del mundo, esta es una democracia para sacar pecho. Estamos de enhorabuena, ciudadanos navarros.

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Javier Horno

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