Nuevo curso, viejas cuestiones

Javier Horno 4 septiembre 2018 Opinión

“Una generación pasa, otra generación viene, y la tierra permanece siempre. Sale el sol, se pone el sol y corre hacia el lugar de donde volverá a salir.” Con onerosa contundencia comienza (hemos citado los versículos 4 y 5 del primer capítulo) ese gran libro intemporal que es el Eclesiastés. Una buena referencia para hacer una reflexión de principio de curso.

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En la vorágine de acontecimientos que dudosamente podemos calificar de “políticos”, si por política entendemos un arte noble, pasa desapercibido el comienzo de curso. Quién va a pensar en la vuelta al cole cuando en el Gobierno de España campan nacionalistas, golpistas, filoterroristas y comunistas. Aquí el Eclesiastés nos ofrece un consuelo: que todo acaba pasando.

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El final del verano nos deja siempre unas pinceladas ora alegres, ora melancólicas. Pero predominen unas más que otras, entre las nubes de septiembre, enmarcadas en tonos grises, atisbamos destellos de nuevas ilusiones. La novedad, mientras mantengamos un compromiso de responsabilidad con nuestra existencia, es algo más que azar. Es motivo de esperanza.

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Quienes llevamos ya unos cuantos años en esta profesión de la enseñanza, podemos preguntarnos si con la ausencia casi absoluta de debate en la clase política sobre educación y la adhesión rutinaria hacia los tópicos del buenismo imperante desde la reforma de la LOGSE, hay motivo para la esperanza. Si hay esperanza para un país que dedica con bombo y platillo a lanzar estrellas del canto de la noche a la mañana al vacío de la fama, y el ejemplo de cultura más selecto consiste en poner a los niños a cocinar delante de las cámaras. Si hay motivo de esperanza para un país cuyo presidente dice “miembros y miembras”. Tal vez, en una interpretación ligera del Eclesiastés, podríamos salvaguardar nuestra conciencia pensando que nada puede cambiar. Intuyo que en esa interpretación hay un acomodamiento que, el que aquí firma, rehuye por ahora, y espera hacerlo por mucho tiempo.

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Otra cosa será cómo el docente que tenga la convicción profunda de que en España, en líneas generales, tenemos un sistema educativo deficiente, debe asumir su tarea como una responsabilidad de la que, en último término, él solo no es responsable. Tal vez entonces, ese realismo del Eclesiastés sea una llamada a la humildad: no pretendas cambiar lo que no puedes cambiar; no te dejes la piel ni quemes tu ánimo luchando contra el sistema educativo; pero pregúntate si una dosis sana de realismo te exime de ser responsable.

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El que aquí firma ha intentado aportar su grano de arena para crear debate, para fomentar la reflexión. Despedí el curso hablando de los exámenes de septiembre, que en algunas comunidades aún se mantienen, y aludí al corte de nota a partir del cual los alumnos reciben un aprobado. Un asunto de primera magnitud el de la exigencia, viejo como la educación, por mucho que esté oculto entre la hojarasca de los días y la demagogia. No podemos tener una educación de calidad si no enseñamos a nuestros alumnos que los engaños no valen más que para darse de bruces con la realidad.

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Despedí el curso diciendo que, mientras los medios de comunicación difunden supuestas manipulaciones de algunos currículos univesitarios, nuestro sistema hace oídos sordos al hecho de que en la educación secundaria el escándalo es mucho mayor, pues se están expidiendo títulos de contenido paupérrimo, a base de arrimar los suspensos al ansiado cinco, y todo esto después de haber bajado el nivel de exigencia paulatinamente. Despedí el curso afirmando que España necesita a gritos que el bachillerato recupere su prestigio.

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En más de una ocasión, mi postura laboral me ha costado un serio enfrentamiento con algunos de los compañeros de trabajo. Probablemente, el trago más amargo que he tenido que beber en toda mi carrera docente. Y he debido hacer mi aprendizaje vital de realismo, aprendizaje que nunca acaba. La sociedad, en todo esto de la educación, también está dividida. Pero también tengo claro que el mal educativo del relativismo, de ese disfraz de paternalismo con que se vistió la LOGSE, tiene una fuerza sobredimensionada, ya que ha tenido todo a su favor, además de la propia ley: en especial los medios de comunicación, que no fomentan debate serio alguno, porque, en el fondo, las tradicionales ideas de la disciplina, el esfuerzo y la verdadera creatividad pondrían en ridículo el discurso de la izquierda, discurso que la derecha del PP hizo también suyo.

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Y comienzo el curso preguntándome de nuevo qué hacer, además de ser fiel a los principios de justicia académica en lo que a mi trabajo respecta. Me temo que hoy por hoy, por mucho que nos empeñemos escribiendo artículos, no hay visos de cambio. Pero no podemos cejar en el empeño y no recordar de dónde partimos. Aunque eso sí, que la ilusión no nos falte. Mis mejores deseos para el curso 2018-2019.

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