Qué lección podemos aprender del movimiento de Tabarnia

Angel Manuel García Carmona 12 marzo 2018 Opinión

Este pasado domingo día 4 de marzo, una multitud de ciudadanos, cuantificada en millares, ha salido a la calle, concretamente en Barcelona, para protestar contra el yugo liberticida del golpista nacional-catalanismo.

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Reivindican a su vez que Tabarnia tenga autonomía propia, algo que no pocos piensan tomárselo en serio, ya que hay argumentos de sobra para reivindicar la independencia de las provincias de Barcelona y Tarragona de una Cataluña bien independiente del Reino de España o aún gobernada por liberticidas que favorecen a las provincias con más voto nacionalista.

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Para evitar malas interpretaciones, ha de constar que no deja de ser una parodia la simulación gubernamental de Tabarnia, para la que se considera como presidente a Albert Boadella, aparte de haberse emulado puntos como el relacionado con esa estructura paralela que quieren consolidar en Bruselas el bloque golpista. Se busca ridiculizar el delirio nacional-catalanista.

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Pero no es ya que uno esté dispuesto a que se determine alguna forma de liberarse de una entidad autonómica que ha secuestrado en base a una mitología nacionalista, liberticida y etnicista a toda la población catalana, sobre la cual se ha trazado una muy considerable brecha social. Hablamos más bien de fórmulas orientadas a la neutralización del catalanismo.

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Si bien uno no deja de ser partidario de que los partidos nacionales y dizque “constitucionalistas” dejen de servir, ya sea por activa o por pasiva, a los chantajistas sediciosos; de que se sancione penalmente a quienes atenten contra el Estado de Derecho y de que se vaya a la raíz del problema (el Estado Autonómico), conviene ser hábiles a la hora de ponerlos en evidencia.

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En este caso, vamos a abordar sus falsos clamores sobre el “derecho a decidir” y a la “autodeterminación de Cataluña”, mensajes en base a los cuales ilustran el material verbal de su entramado y campañas contrarias a la españolidad de Cataluña, pero favorables a la creación de la artificial “Nación Catalana”, ligada a un Estado independiente.

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Dicen que “los catalanes tienen derecho a decidir su propio futuro”, pero dejando aparte realidades basadas en sus consultas sin garantías, el establecimiento de leyes electorales “con truco” y la manipulación llevada a cabo mediante la educación y la propaganda, ignoran la realidad conceptual de aquello que dicen reivindicar.

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Los puigdemonts, los rufianes y el resto de colaboradores del movimiento nacionalista catalanista no tienen en cuenta, para nada, los criterios individuales. Si bien atropellan la libertad individual cercenando la libertad de expresión, lingüística y de pensamiento, imponen un concepto falaz de nación a toda una población.

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Por nación se entiende aquello que tiene en común un grupo social con un mismo origen y tradición, independiente del Estado y habitualmente ligado a un territorio determinado, y que requiere ser resultante de la espontaneidad del orden natural de las sociedades, cosa que no ocurre con la nación catalana, ya que no ha sido sino fruto de diseños de ingeniería social.

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Pero ya yendo al grano, al quid de la cuestión, de lo que se pretende advertir es que al hablar de “autodeterminación” no tienen en cuenta a aquellos que, bajo ningún concepto, ni se sienten identificados con esa nación que no surge de la espontaneidad, ni quieren formar parte de una república etnicista ni de una autonomía liberticida.

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Y es que ya dijo hace bastante tiempo, en su día, el economista libertario austriaco Ludwig Von Mises que “no existe el derecho de autodeterminación de una delimitada unidad nacional, sino el derecho de los habitantes de un territorio a decidir a qué Estado quieren pertenecer”. Tabarnia, parte de la nación española, quiere seguir formando parte del Estado de España.

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La lógica “¿Quieres independencia? Pues toma secesión y media” podrá denotar ansia de conflictividad o una mentalidad friki o utópica. Pero es que, dejando aparte cuestiones históricas y legales, es una manera reivindicativa y útil, si se aplica correcta y elocuentemente, de intentar desactivar cualquier reivindicación para crear o remodelar un nuevo ente coactivo.

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Pero es que en España hay más situaciones a las que, en un momento incierto, habrá que poner en práctica estrategias similares a la tabarnesa, no necesariamente con componente satírico. Por poner un ejemplo, la provincia vasca de Álava, donde hay menor inclinación sociológica hacia el nacionalismo vasco (el Partido Popular saca más votos que en las otras dos provincias).

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Para concluir, la lección viene a ser, en resumidas palabras, que la apelación al derecho de autodeterminación y a la secesión, siempre bien entendidas, pueden servir para desactivar cualquier estrategia de implementación socialista, no necesariamente nacionalista.

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