Holismo

Javier Marcotegui Ros 11 marzo 2018 Opinión

Extraña y desconocida palabra. Quizá por esta razón sea tan poco considerada en los análisis de las cuestiones y problemas que constantemente nos asaltan. Según la Real Academia de la Lengua Española éste es su significado: “Doctrina que propugna la concepción de cada realidad como un todo distinto de la suma de las partes que lo componen”.

El holismo nos exige una actitud determinada ante el conocimiento y nos invita al uso de una concreta metodología: la integración de las partes en el todo porque éste es mayor que la suma de aquellas. Nos dice que para conocer y comprender con precisión un hecho, una realidad, un sistema, sea de la naturaleza que sea, es preciso analizarlo en su conjunto y no solo desintegrado de las partes que lo conforman. Resulta más sencillo separar, dividir, descuajeringar la unidad en sus partes con la esperanza de que conocidas éstas habremos llegado al conocimiento de aquella. Para llegar al conocimiento cierto de la unidad, realizado el estudio de las partes, es necesario recorrer el camino inverso, el de la integración, mucho más complejo que el anterior.

Observo con cierto estupor que la actitud holística en los análisis sociales, económicos y políticos no es la práctica habitual. Muy al contrario, se tiende al estudio parcial de las situaciones sin analizar la relación e influencia con otras colaterales con las que están vinculadas. En ocasiones, ni tan siquiera se aborda el estudio, sino que desde posiciones populistas y demagógicas se formulan conclusiones, que no tienen más proyección temporal que el titular de prensa que suscitan.

En este mes de marzo, de forma inesperada, manifestaciones de jubilados han planteado el complejo problema del mantenimiento del poder adquisitivo de las pensiones. El asunto no es ajeno al desarrollo empresarial, la política laboral y salarial de los trabajadores, en la medida que financian el importe de las citadas pensiones. Tampoco es ajeno a las 14 recomendaciones sugeridas en el Pacto de Toledo aprobado por el Congreso de Diputados en abril de 1995. Hay una comisión política encargada del estudio de estas cuestiones. Sin embargo, algunos líderes políticos encontraron carnaza en el asunto y, al margen de la comisión, lanzaron sus sesgadas y peregrinas soluciones.

Pocos días después, con ocasión del día internacional de la mujer, las mujeres masivamente recordaron el principio de igualdad de derechos entre la mujer y el hombre y describieron la necesidad de evitar las brechas salariales, reclamaron la conciliación familiar y laboral, denunciaron la existencia de los techos de cristal que impiden la progresión laboral de las mujeres y se añadieron, venga a cuento o no, otros aspectos derivados de actitudes machistas. De nuevo aparecieron los grupos políticos carroñeros tratando de acomodar la justa reivindicación a sus intereses políticos particulares.

Sobre los dos hechos anteriores sobrevuela de forma inquietante y inseparable, la tasa de natalidad en España, el índice de fecundidad de la mujer española y el aumento de la esperanza de vida. El primer dato, en 2016, fue de 8,80 por mil, el más bajo jamás registrado. El segundo, de 1,34 hijos por mujer es siete décimas inferior al necesario para garantizar la pirámide poblacional y evitar el colapso demográfico. Sólo cinco estados en el mundo registran uno ligeramente inferior. Entre tanto, aumenta la edad media de la maternidad. El tercero, sigue aumentando y sitúa a España en el segundo lugar de los países de la OCDE con mayor esperanza de vida. Vinculando esta circunstancia con el primer dato, se deduce que España será uno de los países más envejecidos del mundo.

Es decir, los tres acontecimientos nos enfrentan con delicadas y trascendentales cuestiones: ¿cómo fomentar la natalidad en España?, ¿cómo evitar el colapso demográfico?, ¿cómo disminuir la edad media de la maternidad?, ¿cómo garantizar el cuidado y desarrollo personal de los niños en el seno familiar, si fuera éste el lugar más apropiado para hacerlo?, ¿cómo dignificar el trabajo familiar de modo que sea socialmente valorado y lo haga atractivo para alguno de los cónyuges? Nada de esto he visto formulado con ocasión de las anteriores reivindicaciones, aunque alguien se alivió calificando de “retrógradas” las políticas de fomento de la natalidad.

En suma, se ha levantado un conveniente viento fuerte, pero faltan las velas para llevar al barco a puerto seguro, no a los arrecifes o acantilados.

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