Clave: No nacimos ayer

Daniel Celayeta 25 febrero 2018 Claves, Noticias, Noticias destacadas
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Existe una desazón grande entre mucha gente por no entender lo que nos está pasando en Occidente. Desde el siglo XVIII, nuestras sociedades son mas complejas y diversas. Hoy todo intento por uniformar e igualar, tanto a las ideas como a las personas, no son posibles. No olvidemos que nuestras sociedades occidentales, se cimentaron en el apoyo: al valor de la vida, a la familia heterosexual, e históricamente asentadas en una educación solvente.

Los problemas complejos tienen muchas perspectivas de análisis. Los cambios que hoy vemos que tenemos presentes se aceleraron durante el siglo XX a partir de la Primera Guerra Mundial que culminaron en los años 50 y 60. Occidente se fue transformando de ser una sociedad de propietarios y emprendedores a otra donde el poder efectivo lo fueron detentando los burócratas, los técnicos y los expertos. Estas nuevas élites tecnocráticas, caracterizadas por el conocimiento, la especialización, en gran medida no solo sustituyeron a los antiguos capitalistas o sus representantes sino que fueron imponiendo su manera de entender las cosas.

Estos cambios paulatinos terminaron afectando no solo a la estructura de poder sino también influyeron en el pensamiento, en la concepción del mundo, arrumbaron tradiciones, rompieron con el pasado, implantaron nuevos usos, pensamientos e ideas. Se comenzó a hablar por entonces del fin de las ideologías, de aquellos viejos dogmas que habían llevado a enfrentamientos, a revoluciones, a la polarización social. Los viejos políticos profesionales fueron poco a poco perdiendo peso y lo cogieron técnicos y expertos, éstos decían que fundamentaban su acción en reglas objetivas, eficientes y más neutrales.

Aun siendo un grupo heterogéneo, los tecnócratas poseían una visión del mundo, unos valores, unos intereses y motivaciones muy distintos a los de los propietarios burgueses. Debido a la enorme confianza en su saber, los tecnócratas se convirtieron en ingenieros sociales, creían que pueden identificar y resolver cualquier dificultad de la sociedad con una intervención estatal apropiada, basada en técnicas de gestión. Como cada problema suele afectar a un colectivo concreto, esta tecnocracia concibe la sociedad como una colección de distintos grupos. Se trata de un enfoque utópico que en seguida vislumbró la sociedad perfecta al alcance de la mano, si se consigue aplicar el conocimiento verdadero: el de los expertos. Con una mentalidad profundamente paternalista e intervencionista han propuesto siempre nuevas leyes, múltiples regulaciones o enormes campañas para cambiar la mentalidad de la gente.

El típico capitalista era un emprendedor, hecho a sí mismo, que no necesitaba título académico porque tenía una sólida ética de trabajo, una fuerte autodisciplina y gran disposición a afrontar riesgos. Creía firmemente en la iniciativa privada y apoyaba un Estado nacional que garantizase los derechos individuales, especialmente el de propiedad, sin inmiscuirse en la vida privada. Las ideologías clásicas, eran argumentativas, generalistas, como el marxismo que para entonces se encontraba ya en clara decadencia, éstas dieron paso a las propuestas tecnocráticas más fragmentarias, no menos agresivas e irracionales, centradas en un fuerte activismo con objetivos muy puntuales. Realmente las ideologías no desaparecieron sino que experimentaron una mutación.

La realidad, nos demuestra en el día a día, que los hombres y las mujeres, no somos perfectos; como tampoco lo son las instituciones políticas. A lo largo de la historia los hombres nunca han conseguido hacer un cielo en la tierra, aunque a veces casi recrearan el infierno. La naturaleza humana tiene una parte bondadosa;  pero también un lado oscuro, una tendencia hacia el mal que debía compensarse con disciplina, principios y autocontrol. Todos nosotros somos capaces de hacer tanto el bien como el mal, y, si descuidamos las buenas instituciones e ignoramos los antiguos principios morales, lo malo en nosotros tenderá a predominar. La historia ha demostrado, que tan sólo desde las leyes positivas, no es posible mejorar la sociedad.

La visión de los tecnócratas implica un regreso a la concepción del ser humano como la de un buen salvaje corrompido tan solo por unas estructuras sociales inapropiadas como por las creencias falsas e inadecuadas. Así, para ellos los males de la humanidad se resuelven transformando el entorno, aplicando unas ingenierías sociales, que eliminen estructuras podridas, erradiquen creencias obsoletas para  implantar las “verdaderas”. Como el ser humano es bueno por naturaleza no requiere de principios, ni de disciplina o autocontrol. Necesita desenvolverse en la cultura del hedonismo, de la satisfacción inmediata, porque piensan que desde el poder haciendo leyes y más leyes, éstas podrán resolver los problemas de la humanidad.

Por ello las ideologías tecnocráticas rechazan el pasado, las costumbres y las enseñanzas de los ancestros. Para ellos la ciencia no sólo resuelve todos los problemas, sino que también proporciona una filosofía, una nueva concepción del mundo que sustituye a la anterior. La visión tecnocrática cree en un universo abierto donde la humanidad no se encuentra ligada a su pasado ni a su futuro. De ahí la profunda desazón en el que muchos nos encontramos. Siendo realistas podemos y debemos aspirar a hacer un mundo más tolerable, pero muy lejos de ser perfecto. Avanzaremos si partimos del reconocimiento de las limitaciones de la naturaleza humana. La educación en valores que nos legaron nuestros padres tiene explicaciones a los desajustes de este mundo. Las teorías de los tecnócratas nos impiden conocer la realidad y apuntar a que una vez resueltos unos problemas, aparecerán siempre otros no previstos que los tendremos que afrontar, nosotros o nuestros hijos. Conocer el pasado nos ayuda ha entender el presente y nos prepara para afrontar el futuro, ya que no nacimos ayer.

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