Burbujeantes ideas

Lo que más cuesta es vencer la pereza y arrancar. Pero puestos a ello y como parece que duda, yo le propondría a nuestro primer edil que en la Casa de todos adoptara definitiva y radicalmente una decoración minimalista y se dejara de zarandajas. Una decoración básica que resulte limpia, de colores puros, de alto contenido intelectual o —como se dijo en los 1960— ascético. Quitemos al cascantino, que tenía el pincel gordo, y los estofados del borbónico blasón, sigamos con los escabeles y zócalos de la sala de plenos, los entelados, las crujientes tarimas y el roble de las puertas… Dejemos espacios abiertos, luminosos, despolitizados. Se imponen unos urinarios amplios de pared mojada, de pizarra debidamente inclinada para que no salpique. Economicemos el lenguaje en la visita turística, porque nada habrá que decir sino respirar hondo, muy hondo y ensimismarse sin pasión. Orden, geometría, pureza, sencillez. Y por qué no un fondo musical adecuado, un techno minimal o un Brian Eno inspirado y repetitivo, con goras modulados como flashes. Habría que dar también una vuelta al uniforme de ujieres y ujieras. Y al del guardia de la puerta y sus relevos, para que más que de plantón parezcan unidades macizas de intervención rápida.

Bien por ese burbujeante afán en las ideas decorativas. Y es que cuando mi alcalde está destocado, con la chistera en la sombrerera, le siento más cercano, como si fuera a invitarme a una ronda de tintorro y unas gildas, que aquí se dicen pajaricos, Tomari.

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