Miguel de la Cuadra, navarro y vasco español

José Javier Viñes 27 mayo 2016 Opinión
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Miguel de la Quadra-Salcedo y Gayarre-Galbete es y será interminable. Admiración, elogio de intelectuales, historiadores, investigadores, periodistas, reporteros, deportistas, sociólogos, empresarios, diplomáticos, políticos y reyes. No cabe en reseñas y menos en obituarios porque es un personaje, con mayúsculas, que nació para quedarse como ejemplo permanente del ser humano. Todo o casi todo está dicho de él, porque cada uno lo tenemos en el ángulo de la propia visión, que lo enfoca desde el sentimiento que nos ha despertado; porque era un incitador del ánimo de las personas que se le acercaban, así por motivación como por casualidad, dada la seducción del personaje.

Mi primer recuerdo y sentimiento lo tengo a los catorce años en la piscina pequeña del tenis –cuando chicos y chicas alternábamos los días para no encontrarnos-, donde él, cinco años mayor que nosotros, con su amigo Tito Arrieta hacían ejercicio atléticos en el suelo, sobre la sillas, en el trampolín, ante el asombro de la chavalería. Desde entonces era ya un mito, un tótem para nuestra generación como campeón, al que seguimos después desde la distancia una vez que decidió su vocación de explorador del mundo y de la especie humana, de sus formas de vivir y morir, y sobre todo de investigador del alma humana, de la “humanización” de los pueblos. Se equivoca quien lo tenga por deportista, reportero o por aventurero, que son las formas que adoptó en su más grande proyecto como investigador del alma humana, razas y pueblos.

Pero eso estaba marcado en su “Id” freuddiano, que sin “ello” no se le puede entender. Miguel de la Quadra estaba hecho con cuatro costuras: dos de ellas con un ADN mitocondrial femenino, el materno, era navarro acuñado como Gayarre-Galbete; y las otras dos costuras eran de ADN nuclear paterno, era vizcaíno, de las Encartaciones, del mayorazgo Quadra-Salcedo. De esta síntesis sale un modo de sentir las luces, los colores, los olores de las selvas, de los hayedos del Irati o de san Miguel de Aralar, y de la espuma de las almadías, o el bufido de un animal a la carrera en la Estafeta. Era y se sentía navarro, todo el mundo lo sabía, porque lo expresaba en cada conversación; y era también de origen vizcaíno al modo de los vascos españoles que empujaron a España por el mundo desde el siglo XVI. ¿Por qué América; por qué el Amazonas, por qué buscar la huella española en territorio Inca o en territorio Maya, encontrando a vascos y navarros que le precedieron cuando crearon para España un imperio de culturas? ¿Por qué llevar a su encuentro a otras razas y culturas?

Su cima fue la ruta Quetzal: la ruta de la libertad, porque el pájaro Quetzal es el pájaro de la libertad, que muere en cautividad, por su causa, que ondea sobre la alta planicie de su continente querido, donde los jóvenes del mundo pueden todavía investigar su propio ser, encontrar su identidad de especie, el sentido de su vida, y la libertad de la sociedad humana. La ruta Quetzal es la cumbre de su propia investigación personal transmitida a los demás. No es un aventurero ni solo un explorador, es un investigador del alma, en lo humano, como lo fue el otro navarro Francesc de Xabier (se pronunciaba Javier), en lo religioso, con el mismo ardor en el pecho. Ya envejecido, por cuanto dio, se apoyaba en una makila a la que nunca toleró le insultaran llamándole bastón, porque era el símbolo de su autoridad paterna, vizcaína.

Si alguien interpretara estas líneas de chauvinismo, nada más lejos de la realidad. Los sucesos en la vida de Miguel no son ocasionales y algún arcano habría en él que orientó su trayectoria en esta vida como a cada persona. Su origen vizcaíno, modelado en su otro origen y hogar materno navarro, dio este producto colocado en un momento cultural concreto de la historia.

Y los suyos no le reconocieron; perdonen el remoquete, pero el sentimiento hacia Miguel de la Quadra me lleva a recordar como en el año 2008, propuesto para el Premio Príncipe de Viana, el Consejo Navarro de Cultura consideró que era más meritorio para tal distinción Alfredo Landa creador del cine populista de “el landismo”. Al año siguiente el Gobierno de Navarra lo distinguió junto a un grupo de navarros meritorios con la medalla de Carlos III el Noble. Insuficiente. Todavía en Navarra ni una calle, una plaza, una escultura, un estadio deportivo, un jardín, una pista de atletismo, un aula, ni un salón privado; cuando fuera de navarra, que sí lo recibieron, ha gozado de las más altas distinciones.

Menos mal que la Universidad Pública de Navarra va a reconocerle como lo que es: un académico, paladín de la educación de la juventud a alto nivel. Profesor de cuantos le conocieron y maestro de todos por tiempos venideros.

José Javier Viñes, Socio de la Asociación Cultural peña PREGÓN

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Comentarios (1)
  1. Ramon de Argonz says:

    Vaya mi reconocimiento a Miguel de la Quadra-Salcedo. Aportó mucho más de lo que recibió, y es justo reconocerle sus muchos méritos al menos a su fallecimiento. Ha extendido el nombre y alma navarra por todo el mundo.

    Que yo sepa, los navarros siempre fueron agradecidos. Lo que ocurre es que nuestra Comunidad o Viejo Reyno está hoy día “intervenida” y es objeto de planes inconfesables.

    En él recuerdo también a su hermana Ana María, tradicionalista de una pieza, y a sus tres hijos, sobrinos de Miguel. Dos de ellos fueron en 1992 con el capitán Carlos Etayo Elizondo a América en la “Niña III”, rememorando el viaje de Cristóbal Colón en 1492. Sí, Carlos Etayo Elizondo es otro caso olvidado, y eso que tuvo muchos reconocimientos en vida fuera de España como arqueólogo naval e intrépido marino. La prensa navarra, nacional e internacional dan buena cuenta de ello. Ya le quisieron, ya, boicotear su viaje de 1992, realizado con el mismo espíritu cristiano (aquí está la “bicha”) y con los mismos medios que el Almirante de la Mar Océana
    Gracias Carlos.
    Gracias, Miguel.
    R. de A.

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