Civilizadamente lo digo: Tradiciones populares

Jorge Peño Iglesias 11 enero 2016 Opinión

No son malas las tradiciones (¿bajo qué rebuscado punto de vista lo son?) Y si laten al son del bombeo del corazón acelerado, ilusionado, de unos niños, hasta son buenas. Por decir perogrulladas que no quede, que a Pero Grullo hace mucho que lo desterraron. “Las tradiciones están para cambiarlas” oigo, y leo, estos días. Lo que están diciendo, sin saberlo, es que la civilización no merece la pena. Tampoco saben que nada hay más tradicional que el progreso, pues nada puede progresar sin partir de algo, sin recibir algo que “progresar”. Las tradiciones, por cierto, si no progresan, mueren. Lo que pasa es que cuando ellos dicen “cambio” en realidad hablan de destrucción. Cuando hablan de “progreso” en realidad quieren decir olvidar y empezar de nuevo. Y ocurre que así –eso sí lo saben- es imposible la civilización. Porque dice Pero Grullo que las tradiciones populares son del pueblo: Nada hay más democrático que ellas, benditas costumbres engendradas en la libertad y la espontaneidad, no solo de un pueblo en un aquí y ahora, sino en una gran democracia en la que participan varias generaciones, una tras otra en asamblea.

Hay quien comparó las tradiciones a una gran mansión que nos alberga y nos sirve de referencia para no volvernos tarumbas y poder llamar a algo “hogar”. Pero son algo así como la roja (sí, roja) sangre –heredada- que recorre nuestras venas, y nos arraiga al corazón, del que sale disparada a todo el cuerpo dándole vida y permitiendo, en última instancia colorear una cara de rubor y alegría. Como la de nuestros hijos. Como la que ellos tuvieron. Como la que ya no tienen.

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Esta noticia la publicamos el 17 de octubre de 2006