El teatro barroco español

Javier Horno 1 abril 2015 Opinión

El teatro barroco español es uno de esos muebles antiguos que por viejos solemos arrinconar, no sé si por miedo a estropearlos o porque no sabemos qué utilidad darles. Asistimos hace unos días a la representación de una comedia de Rojas Zorrilla, autor barroco, por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, bajo la dirección de Helena Pimenta. Dicha compañía, de carácter público, dispone de privilegiados medios para la difusión de un legado que es la envidia de muchos estudiosos extranjeros.

Toda compañía que elija una sala debe tener en cuenta la acústica de esa sala. Estaba sentado en la fila 20, y la mitad del texto se perdía. Creo que no había problemas sólo en la fila 20, sino mucho más cerca del escenario. ¿Problemas de acústica? En todo caso, esas butacas lejanas al escenario estaban a la venta.

Uno se podía preguntar también por la propia claridad de la dicción. Hay algunos textos literarios ya clásicos (Hamlet de Shakespeare, por ejemplo, o Pedro de Urdemalas de Cervantes), que suelen citarse como referentes del buen actor, de los que se puede inferir una idea común: la búsqueda de la naturalidad. En una crítica a El sí de las niñas de Mariano José de Larra, el gran prosista, criticaba la manía de gritar de cierta actriz. Cierto que el arte de la interpretación es muy sutil y que cada situación requiere un análisis exhaustivo para encontrar el tono adecuado. Pero normalmente hay síntomas en el público que declaran si la obra llega o no con toda su fuerza dramática. Y la naturalidad y la mesura propuestas por los clásicos siguen teniendo, creo, vigencia.

Recuerdo una versión memorable del Don Gil de las calzas verdes en el Auditorio Baluarte por la misma compañía, aunque con otro elenco y dirección. Uno tenía la sensación de que el público seguía verso a verso la representación, y las risas no se despertaron sólo en los momentos más facilones (que los directores se encargan de subrayar frecuentemente con gestos manidos, como el de mover la cadera adelante y atrás). En general, recuerdo, no había hipérboles innecesarias, muy poco histrionismo y sí naturalidad. Esto permite que el público acepte como verosímil la situación planteada y sea sorprendido con cada pirueta cómica.

Pero si el énfasis es continuo, si las entonaciones superan con creces la intención natural de la frase, además de que al público le cuesta entender el texto, -camuflado con una línea melódica altisonante que no tiene mucho que ver con lo que se está diciendo-, dicha expresividad se diluye por efecto del cansancio. Esto además de que el grito, en teatro, es un peligro ya no sólo para la voz de los actores, sino para el oyente, al que le llega un sonido empañado de ruido (cuando no de interjecciones guturales del actor que, en ese momento, solamente escucha, pero a quien el director le pide presencia sonora).

De fondo, uno tiene la sensación de que en esta tendencia a la exageración se advierte una cierta desconfianza hacia el texto o una necesidad de justificar lecturas sorprendentes con sello personal. Creo que esta es una de las razones por las que el teatro del siglo de oro no tiene el éxito que se podía esperar de él. Nos empeñamos en ver en la comedia áurea la ridiculización de una imagen maniquea de la sociedad del siglo XVII (el oscurantismo, el absurdo sentido del honor, la esclavitud de la mujer…) y se ha tendido mucho en los últimos años a tratar a los personajes como marionetas de guiñol, casi al estilo de Valle-Inclán. Acaso perdemos de vista que en muchos aspectos, aquella sociedad no era tan diferente de la nuestra. Quiero suponer que la del XVII era una sociedad compleja, llena de contradicciones -como la nuestra-, de lugares comunes pero también… de naturalidad. Los comediógrafos barrocos que han pasado a la historia lo han hecho porque lograron retratar los mismos vicios que nos ocupan hoy. Había sentido del honor… ¿y no hay un sentido de superioridad que nos hace diferentes al resto, en cualquier época? ¿No tendemos hoy a vernos como unos ciudadanos ejemplares víctimas de un sistema político corrupto…? ¿No tendemos a dejar la responsabilidad de todo en manos de otros? La tan manida crítica social de la comedia es más una crítica de las actitudes humanas de todos los tiempos. Deberíamos ver a los personajes de Rojas Zorilla o Tirso de Molina mucho más parecidos a lo que somos hoy los espectadores del siglo XXI. El teatro áureo ganaría en credibilidad, esa virtud que se echa tanto en falta hoy… como en el siglo XVII.

 

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Comentarios (1)
  1. Patricia says:

    Veía yo una entrevista en televisión a Jesús Javier Corpas Mauleón sobre su novela La Quinta Carta en la que él hacía constante incapié en que muchas virtudes y defectos actuales estaban ya en la sociedad del XVII,en la que ambienta el relato, y también que muchas cosas actuales nos vienen de entonces.Y en una crítica que le hacía El Semanal Digital a la citada Quinta Carta,Pascual Tamburri incidía que que ese escritor en su novela histórica trata a todos los personajes con mucha más verdad que las versiones maniqueas,caricaturizadas o tópicas que hoy se venden como “realistas”.Como el citado Corpas es autor de impecable rigor en la ambientación y colaborador de prestigiosas revistas históricas,ambas opiniones abundan y refuerzan lo muy expuesto aquí arriba por el muy buen actor Javier Horno,a quién felicito.

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