La recocina del barómetro del CIS

Javier Marcotegui Ros 8 febrero 2015 Opinión

Con una periodicidad mensual, salvo en agosto, el CIS nos regala el barómetro: una encuesta sociológica sobre el estado de opinión pública española. Cuatro veces al año dirige su atención a actitudes políticas fijas y nos sorprende con una estimación de voto.

Siempre he considerado que estas encuestas tienen escaso interés para la mayoría de los partidos más allá de la valoración de los líderes y del porcentaje de votos. Poco aporta, por otra parte, sobre el conocimiento de los principales problemas sociales, que suelen ser evidentes.

Nadie ha tenido tiempo de leer la encuesta, ni de cruzar los datos globalizados con los desagregados, pero la “alcachofa” ha sido puesta al líder político de turno para que haga una “rápida” valoración. Los tertulianos habituales, de inmediato “pontifican” sobre tal o cual otra cuestión reflejada.

Los partidos no hacen estudios sosegados de los resultados para presentarlos al ciudadano y cumplir con su obligación constitucional de facilitar formación y participación políticas. Según les vaya hablan de la existencia de oscuras labores de “recocina”, tratando de desprestigiar la encuesta. Justo, lo que yo echo en falta en ella: el análisis preciso, objetivo y científico de esta recocina. Ahí está el busilis de la encuesta, su auténtico valor como hito con un efecto reforzado por la evolución en sus apreciaciones. Cada día tiene su afán y, conocida la encuesta, los partidos se distraen en la imaginación de la chuminada siguiente sobre tal o cual cuestión de actualidad. La encuesta pasa a mejor vida.

Viudo el barómetro de este análisis de recocina aparecen con claridad algunas serias contradicciones y sin sentidos que requieren explicaciones serias. Un número importante de preguntas encierran un componente subjetivo que no está con suficiencia aclarado. Una pregunta pretende informarnos sobre la posición política del encuestado. Cada uno se valora a sí mismo de 1 a 10, asignándose 1 a la máxima valoración de izquierdas y 10 a la de derechas. Ahora bien, ¿qué significa ser de derechas para un encuestado determinado y cómo homologar su percepción con otra idéntica de otro ciudadano? Esta objeción se puede efectuar a todas las cuestiones, y son muchas, que no tienen un soporte objetivo. ¿Qué sentido tiene la valoración de los líderes cuando se ponen en plano de igualdad los que son conocidos con los totalmente desconocidos? Pero todo está orientado a la predicción de votos.

La población se identifica en un 45 por ciento como conservadora, liberal, progresista o socialista y sólo un 2 comunista. Un 50 se sitúa en posiciones políticas de centro y un 42 afirma que nunca votará con toda seguridad a PODEMOS pero sí que un 6 lo haría siempre. Por tanto, qué sentido tiene que un 19 por ciento esté dispuesto a votarle en este momento. De modo singular, qué sentido si un 27 de esta población sitúa a este partido en la posición de izquierdas más radical.

Respecto del barómetro del mes de enero anterior, la apreciación de la situación económica general y personal haya mejorado. También lo haya hecho la situación política general, la confianza en el Presidente del Gobierno, en el Jefe de la oposición, pero ello no se refleja en la estimación del voto al PP y al PSOE, como sería lo lógico. El voto de ambos disminuye en torno al 5 puntos, mientras que el de PODEMOS llega a 24. Sorprendente.

Con toda probabilidad, todo obedece al dicho popular cuartelero “ahora para que se joda el sargento no como rancho” pero la amenaza desaparecerá en el momento de la cena, cuando acucia el hambre, cuando haya que jugarse el cocido personal con la papeleta electoral.

En cualquier caso, la advertencia que recoge la encuesta no puede ser tomada a humo de pajas. Viene siendo advertida desde el 15-M. Tiene reflejo en Europa, en la que los partidos extremistas están creciendo y estableciendo mecanismos de participación entre ellos.

No hace falta ser una especialista en demoscopia, ni en estudios sociológicos para apreciar que el ciudadano está cabreado. Probablemente las causas sean más profundas que un transitorio enfado por una situación económica de crisis. Creo que tiene mucho que ver con el agotamiento de un ciclo democrático; con una crisis social más profunda. Lo que se está poniendo en duda son los fundamentos mismos del sistema democrático y la estructura para su materialización: LOS PARTIDOS.

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