Enredando con el riesgo de los demás

Simón González de la Riva 1 octubre 2014 Opinión
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Artículo publicado originalmente en Sintetia.com

ar1La semana pasada empezábamos a reflexionar en Sintetia sobre el hecho de la discriminación de precios y el cinismo que encontramos en las políticas públicas sobre competencia, que casi siempre terminan siendo anticompetitivas en aras de un pretendido bien superior. Se trata de ese mismo bien superior, ese afán aparentemente bienintencionado de protección, que la administración aduce para intentar modificar el comportamiento de sus administrados, inundándolos de regulaciones y servidumbres que terminan por coartar su libertad y provocar el efecto contrario al que se persigue. Y ello ocurre porque su comportamiento es adaptativo y ajusta progresivamente beneficios y riesgos.

Arriesgarse es de humanos

Este efecto compensatorio ha sido ampliamente estudiado y debatido durante décadas y es conocido por el efecto Peltzman, en honor de Sam Peltzman, profesor de economía de la University of Chicago Booth School of Business, autor de un famoso y controvertido trabajo: “Los Efectos de la Regulación de la Seguridad del Automóvil” (Journal of Political Economy, 1975).

ar2Peltzman analizó empíricamente el impacto de la imposición de varias medidas de seguridad automovilística, tales como el cinturón de seguridad. Su conclusión fue que dichas medidas no terminaban teniendo un efecto reductor significativo en el número de accidentes mortales en la carretera, puesto que al final los conductores se acomodaban al incremento obligatorio del nivel de seguridad: conducían más rápido y de forma más descuidada. La eventual reducción del número de víctimas entre los ocupantes de vehículos accidentados quedaba compensada, según el autor, por el aumento de atropellos de peatones y de accidentes sin víctimas mortales. Los beneficios de las normas destinadas a incrementar la seguridad desaparecían al cabo del tiempo como consecuencia de los cambios en el comportamiento de los conductores. Y no sólo esto: acababan afectando a terceras personas.

Si ahora reflexionan sobre dichas conclusiones y hacen un ejercicio de autocrítica, reconocerán pautas similares en su propio comportamiento. Esas pautas fueron formuladas teóricamente por Gerald J. S. Wilde en 1982, profesor de la universidad canadiense de Queens, mediante su hipótesis de la homeostasis de riesgo, según la cual las personas comparan y evalúan los costes y beneficios esperados de un comportamiento de mayor riesgo, ajustando su proceder en consecuencia:

El nivel de riesgo en el cual se espera un beneficio neto máximo para el individuo se denomina nivel objetivo de riesgo, en reconocimiento del hecho de que la gente no pretende minimizar dicho riesgo (que sería cero en caso de inacción absoluta) sino optimizarlo”.

La psicología de este comportamiento es sencilla de entender: las personas tratamos siempre de equilibrar el riesgo que percibimos (esta es una importante precisión) con el que nos resulta subjetivamente aceptable.

ar3Experimentos naturales

Aunque ese ajuste nunca es perfecto ni completo, las pruebas empíricas efectuadas en el tiempo han corroborado la existencia de la homeostasis. He aquí algunos ejemplos:

  • En 1972, la Food And Drug Administration de Estados Unidos (FDA) ordenó a las empresas farmacéuticas a utilizar frascos con tapas “a prueba de niños”. El resultado fue un incremento notable en el número de intoxicaciones infantiles, debido a que los padres relajaron su supervisión sobre dichos frascos, al ser más “seguros”.
  • En un famoso experimento con los taxis de Munich y la introducción del ABS, realizado durante tres años y cuyos resultados fueron publicados en 1994, se demostró que aquellos taxistas que disponían de la nueva tecnología presentaban peores pautas de conducción.
  • También es conocida la experiencia con el cambio de circulación en Suecia de la izquierda (como en Inglaterra) a la derecha (como en la europa continental) en el año 1967, llamado Dagen H, que supuso una reducción sustancial de los accidentes de tráfico durante apenas dos años, los que tardaron los conductores a acostumbrarse al sistema y ajustar su nivel de riesgo.
  • Durante el verano de 2010, en el que se produjo un “huelga encubierta” de los agentes de tráfico de la Guardia Civil, el número de muertos en las carreteras españolas bajó a niveles de los años 60 (cuando había la vigésima parte de vehículos), mientras las multas impuestas pasaban de 11.000 a 1.500. Estar más atentos a la conducción y menos a la velocidad redujo los accidentes.

No queremos afirmar con esto que estamos en contra de las mejoras tecnológicas que contribuyen a mejorar la seguridad y calidad de vida de los individuos, pero es necesario destacar un hecho clave que el propio Wilde expresó de forma magistral:

La seguridad está en la gente, o no está en ninguna parte”.

No reconocer esta realidad en aras de una sobreprotección externa (mecánica, psicológica o normativa) hace un flaco favor a la madurez y responsabilidad individual de las personas, elemento sustancial de una convivencia en libertad. Y esto es válido para la seguridad vial, las finanzas, la educación, la sanidad y el resto de los ámbitos vitales.

El riesgo cero no existe… ni se puede imponer

Siempre que ocurre una desgracia, vemos llamamientos a reducir el riesgo de que esas cosas ocurran. Tras un accidente aéreo, uno de tráfico con muchos fallecidos, o una tempestad que inmoviliza a personas en la carretera… aparecen voces pidiendo que “no vuelva a ocurrir algo así”. Reclaman que se impida que las personas incurran en riesgos que son normales por el solo hecho de vivir y actuar. Reclaman que la administración regule la actividad y elimine el riesgo que se ha hecho patente… Pero dichos llamamientos resultan conceptualmente inútiles, puesto que el riesgo cero no existe. El riesgo cero implica la inacción absoluta, y aun así…

Tales voces inciden en el importe y extensión del daño, una vez que éste se ha producido, pero no en el coste (económico, normativo, restrictivo de libertades e incluso psicológico) que supondría reducir el riesgo de que el daño se produzca. Ni tampoco contemplan las consecuencias no buscadas que dicha intervención generaría. En palabras de Frédéric Bastiat:

En la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución, una ley no engendran un solo efecto, sino una serie de ellos. De estos efectos, el primero es sólo el más inmediato; se manifiesta simultáneamente con la causa, se ve. Los otros aparecen sucesivamente, no se ven; bastante es si los prevemos.”

ar4Erradicar externamente una fuente de riesgo siempre implica costes. El altísimo precio de nuestra electricidad viene, entre otras causas, de la decisión del gobierno de impedir nuevas centrales nucleares. Dicha decisión supuso, directamente, un coste de casi 4.400 millones de euros. Más euros costó y sigue costando el empleo de otras fuentes de energía más caras. Todo ello, sin contabilizar los recursos que han dejado de generarse a través de la actividad económica no realizada precisamente por ese alto coste de la energía. Un feo efecto mariposa de costes ocultos que regresan al ciudadano en forma de gravoso boomerang.

Otro efecto no buscado de la normativa sobre reducción de riesgos es, obligar, por poner un ejemplo, a mantener un coche más viejo porque los nuevos se han encarecido (y de paso, a pagar más impuestos por ese vehículo envejecido). A nadie se esconde que la venta de coches en España se desmoronó con la recesión, algo que ni los sucesivos “plan PREVER y PIVE” han podido revertir (vean la evolución de las matriculaciones 1990-2013). Y una de las causas es el encarecimiento de los coches nuevos causado por la normativa; normativa impuesta “por nuestro bien”.

Algo similar ocurre en el mundo financiero. Los gobiernos van acumulando, año tras año, infinidad de normas estatales, recomendaciones y estándares parciales. Sólo hace falta analizar la legislación económica estadounidense contabilizada en la edición 2014 de los “Ten Thousand Commandments: An Annual Snapshot of the Federal Regulatory State” o todo el entramado normativo que regula los servicios financieros en la Unión Europea, sin contar la disposiciones puramente nacionales de los países miembros.

Una simple guía de regulaciones sobre “securities” de la Securities and Exchange Commission (SEC) ocupa en la actualidad 1.400 páginas. En 2008, época paradigmática de la supuesta “desregulación financiera”, las normas completas de la SEC, destinadas a delimitar la actividad de los mercados, protegiendo a inversores y consumidores, superaban las 9000 páginas. Todos conocemos sobradamente lo acaecido entonces.

Ante la sobreabundancia y disparidad de normativa financiera, los actores económicos también se adaptan, produciéndose el llamado “arbitraje regulatorio”: la actividad va desplazándose allá donde la resistencia normativa sea menor. Con ello, el riesgo global no se reduce, sino que se redistribuye y muchas veces se incrementa, generando vacíos susceptibles de ser explotados que, a su vez, provocan efectos financieros inesperados, indeseados y enormemente costosos. Esos efectos provocan nuevas normas, y vuelta a empezar.

Imponer los riesgos a una de las partes

Otro ejemplo clásico de lo fenómeno que estamos describiendo lo tenemos en la introducción por ley, creciente e indiscriminada, de medidas de seguridad. Además de generar comportamientos más arriesgados en los ciudadanos, como ya hemos visto, provocan otros efectos más sutiles y difíciles de detectar. Para empezar, aumentan el coste de los productos, dificultando su adquisición y por tanto impidiendo a los ciudadanos menos pudientes obtener otras características que sí demandaban. Por otra parte, adjudican responsables únicos y unívocos cuando el riesgo se materializa. Es el caso del empleador como responsable en solitario de los accidentes laborales, salvo que pueda demostrar que intenta cumplir la normativa habiendo sancionado previamente al trabajador accidentado.

Las medidas sobreprotectoras diluyen la responsabilidad personal, infantilizando al resto de actores. Al crear costes añadidos y equilibrios distintos del espontáneo, se destruye riqueza y reduce la actividad. Ello se traduce en paro, precios más altos, barreras de entrada, burocracia asfixiante, etc. Seguro que a ustedes se les ocurren otros ejemplos similares. Les animamos a compartirlos.

“La curiosa tarea de la economía es demostrar a los hombres lo poco que saben de aquello que creen que pueden diseñar”

Friedrich A. Hayek

Riesgos “innecesarios”

La imposición obligatoria al individuo de bajos niveles de riesgo podría ser la causa, además, de la aparición de nuevos comportamientos arriesgados, en lo que ya parece una espiral sin fin. ¿Por qué tienen este auge los deportes de riesgo, el turismo de aventura, los quads, la escalada, el puenting? ¿Por qué nos empeñamos en acercarnos a la posibilidad recibir daño o perjuicio en vez de alejarnos de ella?

De vez en cuando hay que estimular las glándulas suprarrenales de hombres y mujeres.

¿Cómo? —preguntó el Salvaje, sin comprender.

Es una de las condiciones para la salud perfecta. Por esto hemos impuesto como obligatorios los tratamientos de S.P.V.

¿S.P.V.?

Sucedáneo de Pasión Violenta. Regularmente una vez al mes. Inundamos el organismo con adrenalina. Es un equivalente fisiológico completo del temor y la ira. Todos los efectos tónicos que produce asesinar a Desdémona o ser asesinado por Otelo, sin ninguno de sus inconvenientes.

Un mundo feliz, de Aldous Huxley

Podemos seguir preguntándonos: ¿Por qué nos gustan las películas “de miedo”? ¿Los videojuegos de tiros? ¿Por qué necesitamos algo así? No somos psicólogos, pero parece evidente que cada persona tiene un nivel deseado (e incluso buscado) de riesgo, de emoción, de preocupación y de angustia. Y que lo persigue incluso cuando el entorno lo desincentive, rechace o impida.

¿Quiénes “se buscan” problemas? Pues generalmente quienes no los tienen o quienes no quieren afrontar los que tienen. Dicho de otro modo, el riesgo es perseguido por aquellos que no han alcanzado el nivel de riesgo subjetivo que “desearían” tener. Pura física emocional.

Riesgo e incertidumbre

Hay otro aspecto adicional que dificulta la reducción del riesgo desde instancias externas al individuo, y es la incertidumbre. Si entendemos el riesgo como la probabilidad de que ocurra algo no deseado, la incertidumbre es el desconocimiento a priori de cuál es esa probabilidad.

Podemos adjudicar un valor a la posibilidad de ocurrencia un daño en el pasado, gracias a los datos históricos recogidos, pero es imposible conocer a priori la probabilidad de que un daño se produzca en el futuro. La aproximación más usual al problema de afrontar la incertidumbre es utilizar los datos del pasado. De nuevo, un hecho que cualquiera de nosotros reconocerá sin dificultad.

Sin embargo, esta aproximación resulta muy pobre, puesto que los actores se adaptan a las circunstancias cambiantes como ya sabemos. Tener esta realidad en mente, y reconocer poco a poco cómo se va resolviendo la incertidumbre durante el transcurso de una actividad, es la mejor opción posible, en lugar de intentar seguir “conduciendo por el retrovisor”. Nos mantiene alertas, curiosos, afilados.

Los profesionales de las finanzas tienen un conocimiento directo de esta diferencia, pero no como a priori nos podría parecer. Para un inversor profesional es más arriesgado tener un buen resultado peor que la media que tener un mal resultado cuando éste es generalizado.

Se sanciona menos a quien tiene un alfa negativo (rentabilidad resultado de su gestión personal respecto al resultado medio del mercado) que lo que se valora al que presenta un alfa positivo. Por ello y en buena lógica, su comportamiento (y desempeño) se acerca terriblemente a la media, al consenso. Y cuando se descubre que el consenso estaba equivocado, las consecuencias globales son terribles.

Si te gusta ir donde el rebaño luego no te quejes si el pastor te lleva donde a él le interesa y no a ti”

Antonio Segura, diplomático español

Lecciones para todos

A estas alturas, se preguntarán ustedes: esto que acabamos de leer, ¿de qué nos sirve? Más allá de los creadores de políticas públicas, todos podemos aprender del fenómeno de la homeostasis de riesgo y extraer aplicaciones prácticas.

Para una empresa, por ejemplo, reconocer la homeostasis permite atender un nicho de mercado generalmente desconocido o desatendido: proveer de riesgo (o de ilusión de riesgo) a quienes lo buscan o desean. Y no nos referimos a los parques de atracciones o empresas dedicadas al turismo de aventura. Para cualquier empresa de hostelería, por ejemplo, retar a que un cliente contrate un producto sin saber muy bien de qué se trata supone proveer de un pequeño riesgo que a muchos consumidores puede agradar.

Siendo consciente de que iremos descubriendo poco a poco cómo se resuelve nuestra incertidumbre, la empresa puede prepararse para reaccionar rápidamente ante diferencias entre lo presupuestado y la realidad, y para elegir de forma ágil lo que oportunamente se nos revelará como la mejor opción.

ar6Para cualquier organización privada, ser consciente de la existencia de la incertidumbre puede mejorar sus resultados de otra forma. Premiar un alta alfa más de lo que castiga una baja incentivará que los resultados de los trabajadores no sean mediocres. Podrán equivocarse, sí, pero no todos se equivocarán a la vez ni en el mismo sentido y el conjunto general siempre estará orientado a la mejora continua.

En cualquier organización, concentrar las decisiones hace que el comportamiento de sus miembros sea mucho más rígido y la reacción más tardía, brusca y burocrática. Proveer de información, dotarles de capacidad de decisión, distribuir responsabilidades (que no culpas), no dedicarse a la microgestión sino dejársela a cada trabajador (junto a la correspondiente asunción de riesgos), hace a las organizaciones más rentables, más adaptables y menos vulnerables. Es un aspecto importante de la llamada resiliencia organizacional o “antifragilidad”.

Asimismo, en la creación de normativa, reconocer la homeostasis permite evidenciar el error más habitual de los políticos: pensar que es posible modificar un comportamiento concreto de las personas por el mero hecho de promulgar una norma que lo regule.

Jugar a la ingeniería social corrigiendo a los ciudadanos es muy poco útil, peligroso y sale carísimo, en más de un sentido.

Además, ya saben quién acaba pagando siempre el estropicio.

“La heurística NO ES la regla de decisión más acertada de las posibles, es la MENOS dañina si se equivoca”

Nassim N. Taleb

 

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Sebastián Puig

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