Una de escoceses

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Era el verano de 2003. Ayer lo miré en mi cuaderno de viaje. Viernes 1 de agosto. Ese día conocí a Irene, la mítica azafata de la base de Pamplona en tiempos del Imperio. Ella acababa de incorporarse a la compañía. Era su primer vuelo. Se bautizó con un Madrid – Edimburgo a las 15.55. En un CRJ200. La llegada de la crisis se llevó por delante la ruta.

El referéndum de hoy me trajo todo esto a la cabeza y le llame. Estaba en Madrid. Dejó Emirates en verano y ahora ha empezado una nueva aventura profesional. Seguro que le va bien. Estuvimos charlando un rato. Y nos acordamos de Escocia. De las veces que la programación nos obligaba a dormir en Edimburgo y disfrutábamos de sus gentes y de su famosa scottish hospitality en el suntuoso The Caledonian, que por aquel entonces nos ofrecía la compañía como alojamiento en nuestras escalas. Recordamos nuestros paseos, con el resto de la tripulación, por las tiendas de George Street y las noches bebiendo whisky en alguna de las tabernas del West End, pegados a la ventana para disfrutar de la imponente e iluminada silueta del Castillo.

Seguramente, mañana al despertar, escucharemos que Escocia seguirá siendo parte del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Pero los nacionalistas, una vez más, habrán roto una sociedad. El nacionalismo es perverso. Una paranoia ideológica creada en los despachos del siglo XIX totalmente alejada de la realidad, que aprovecha el caldo de cultivo ilustrado de la revolución francesa para mezclar el idealismo de Kant y Fichte, con el romanticismo de Herder y el voluntarismo de Renan. Y todo ello trufado, como en el anillo de hierro de Hannah Arendt, con los sentimientos, para reforzar su eficacia.

Y hoy, basta asomarse a las redes, todos los nacionalistas de aquí son Braveheart, tocan la gaita (cuando el único instrumento autóctono de Escocia es el arpa), decoran sus personajes con pendones escoceses (inventados en el XIX por sir Walter Scott para su Ivanhoe) y dormirán esta noche con falditas plisadas de cuadros (creadas por un cuáquero de Lancaster), no vaya a ser que la mañana nos depare una sorpresa y haya que salir a la calle a festejar algo. ¡Qué más da que todo sea mentira!

Y si no hay nada que festejar, porque parece que la razón imperará en aquella tierra, ya tendrán un nuevo sentimiento para alimentarse: el victimismo. El resentimiento, sin el que el nacionalismo no podría vivir. Decía Max Weber que el resentimiento es una intoxicación espiritual que se recrea en el daño ficticio causado por un enemigo, que también es ficticio: Espanyansroba, Madrid nos desfuera, queremos votar, el euskera perseguido, la Guardia Civil invasora… Necesitan ese victimismo para reforzarse.

Imagino las letras de cierto editorial de mañana o pasado mañana, escrito a la orilla de un río, que nos hablará de una “victoria moral”, que es lo mismo que una gran derrota. Pero ya saben: hay que seguir alimentando el fuego, y como no ganamos, nos picamos, y en cinco años volvemos a pedir votar, y si tampoco ganamos, pues en diez más, y si no, en quince, y si no… Ya dicen los buenos escoceses: “cuando bebo un whisky me siento otro hombre, y ese otro hombre necesita otro whisky”. Así que será cuestión de más whisky para que haya más escoceses nacionalistas.

Yo, con su permiso, voy a servirme un Talisker18, que compré en su destilería de Carbost, en una excursión con Irene. Escucharé la música de aquí abajo y seguro que pronto estaré navegando por los profundos ojos negros de mi musa pacense.

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