Las reglas de la prueba

Eduardo Ruiz de Erenchun Arteche 21 febrero 2014 Opinión

Hace unos días escuchábamos en el Parlamento de Navarra a la ex Directora gerente de la Hacienda Tributaria atribuir a la consejera de Economía y Hacienda –entre otros- dos comportamientos sumamente graves y, por supuesto y al menos, absolutamente indecorosos.

Por un lado, afirmó Idoia Nieves que Lourdes Goicoechea, siendo consejera de Industria, en el transcurso de una comida, le solicitó una copia del plan de inspección fiscal para conocer de antemano si entre lo contribuyentes seleccionados para ser objeto de inspección se encontraban clientes de su asesoría fiscal. También afirmó que le solicitó un trato de favor de favor para un cliente de su asesoría y que le “preocupó constatar que recibía clientes como si siguiera siendo su asesora fiscal”. Hay otros muchos aspectos de la comparecencia de sumo interes y actualidad pero con muchos matices políticos que, por supuesto, no son objeto de análisis en estas líneas.

 

A propósito de esta comparecencia y la comisión de investigación que se ha constituido para investigar la realidad de eas afirmaciones me parece oportuno realizar una serie de reflexiones relativas a algunas reglas que rigen la prueba de los hechos. Pese a que mi especialidad es el Derecho penal, no me voy a referir a la prueba de la culpabilidad sino a algo más sencillo como es la simple prueba de un hecho: sea éste delictivo,  indecoroso o por el contrario, virtuoso o exitoso (por ejemplo, hollar un ocho mil).

1º.- La primera regla básica es que quien afirma un hecho debe probarlo, máxime si este hecho es negado por la persona a la que le afecta el hecho. Por ejemplo si yo afirmo que dos personas han estado cenando juntas en un restaurante (hecho indecoroso, virtuoso o neutro) y ambas lo niegan yo tendré que probarlo. Si una lo reconoce, el hecho podrá considerarse como probado porque ha sido corroborado por un testimonio. O si hay una grabación de las cámaras de seguridad del restaurante, quedará acreditado el hecho afirmado.

2ª.- La segunda regla –y derivada de lo anterior- es que nadie está obligado a probar la inexistencia del hecho atribuido: yo no tengo que probar que no he cenado con esa persona. Nadie está obligado a probar su inocencia. Cuestión distinta es que, además, yo tenga la fortuna de poder probar que el día de la cena yo estaba en otro lugar (por ejemplo, con la grabación de unas cámaras de seguridad o el testimonio de personas que atestiguan haberme visto en un lugar distinto). Además de que no se prueba el hecho de la cena yo habré conseguido probar que la atribución es falsa.

3ª.- Las pruebas que provienen de la misma fuente no son corroboradoras del hecho. Si yo afirmo que un señor me ha agredido y esto se lo cuento a cinco personas, el testimonio de esas cinco personas no corroboran la realidad de la agresión, si no que lo único que acreditan es que yo lo he contado a esas personas. Pero no que la agresión sea cierta.

4ª.- La credibilidad de un testimonio no supone la prueba del mismo. Un testimonio es creíble cuando tiene apariencia de veracidad. Pero hay testimonios o hechos aparentemente creíbles que no pueden ser probados o que, sencillamente, no son ciertos. Pensemos, por ejemplo, en lo que sucedió en las primeras horas del fatídico 11-M. El testimonio del Gobierno Aznar afirmando que había sido ETA la autora de la masacre era absolutamente creíble. A las pocas horas se supo que no era creíble y finalmente se declaró que era falso. Y a la inversa, hay hechos que resultan difícilmente creíbles pero que luego se demuestran ciertos. Por ejemplo, si hace tres años alguien nos dice que los USA escuchaban las conversaciones de Angela Merkel una inmensa mayoría de la población nos diría que resultaba difícilmente creíble.

5º.- La credibilidad de una persona, por muy alta que sea, no es prueba del hecho que afirma. Hay personas que gozan de una alta credibilidad (pensemos en Vicente del Bosque) pero ello no implica que todo lo que digan es cierto. Un ejemplo sería el trío de las Azores. Para una buena parte de las naciones, los tres dirigentes que ordenaron el ataque a Irak era personas con una alta credibilidad. Y muchas personas creyeron de buena fe que el régimen de Hussein tenía armas de destrucción masiva tan solo porque eso lo afirmaban tres presidentes como Bush, Aznar y Blair. Sin embargo, pese a la credibilidad de las personas (para algunos, no para todos, por supuesto), las armas de destrucción masiva nunca aparecieron por lo que jamás consiguieron probar la realidad de aquel hecho afirmado.

 

Con lo anterior, seremos los ciudadanos, que seguiremos son suma atención las comparecencias en la comisión de investigación que hoy comienza, quienes nos formaremos una opinión sobre si los hechos que Idoia Nieves ha atribuido hasta ahora a la consejera pueden considerarse como probados o, si por el contrario, Idoia Nieves ha hecho esas afirmaciones de manera gratuita y sin ninguna prueba.

 

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Comentarios (2)
  1. Carlos Andres says:

    Uy uy Eduardo, la exposición que realizas, es ” bajo pedido” o solo como un interés , digamos ” social” y porque es el momento oportuno para instruir a la ciudadanía de los principios de la ” prueba”
    Como podrás comprender, no tenemos ” todos los elementos” que concurren en el hecho expuesto, ni siquiera denunciado, es una investigación parlamentaria y está limitada y circunscrita a los fines que se realiza. Para unos, justificación de romper amarras y proponer elecciones en el momento mas favorable a sus intereses. Para otros, el intento de desmontar lo que creen una manera de hacer política, NO ACEPTABLE y supongo que para el resto de la ciudadanía, un ” querer saber”
    Por lo tanto Eduardo, dejemos que la función continue , con su propio recorrido, que al Parlamento cumpla su función y luego la ciudadanía, tendremos una opinión un poco mas clara de los hechos.

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  2. arana goiti says:

    Gracias por la exposición tan diáfana. Ya es triste es que este tipo de cosas haya que seguir recordándolas

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