1512: Del Burgo y la batalla de la historia

Redacción 26 octubre 2012 Noticias
Imagen de 1512: Del Burgo y la batalla de la historia

El pasado 15 de octubre, Jaime Ignacio del Burgo ofreció en Madrid una conferencia titulada “Navarra en la actual coyuntura española”, con ocasión de la presentación en la capital de su último libro: “Historia de Navarra”. La parte más histórica de la conferencia, en la que Del Burgo hacía referencia al aniversario de 1512 y la mitología nacionalista al respecto, aporta datos tan reveladores, a menudo tan desconocidos por la población navarra no nacionalista, que merece ser transcrita como noticia. A partir de aquí, habla Jaime Ignacio del Burgo; o mejor dicho, hablan los hechos a través de Jaime Ignacio del Burgo.

La batalla de la historia

Este libro que hoy se presenta ante ustedes parte de un escrupuloso respeto a los hechos históricos. Es básicamente un compendio de los primeros tomos de la Historia General de Navarra, obra de mi difunto padre, una de las aportaciones más rigurosas y completas al conocimiento de nuestro pasado. Lo comenzó a escribir a los 85 años y quedó inacabado porque perdió la vista. Lo he rescatado de su archivo, corregido y aumentado, incluyendo algunos capítulos sobre 1512 y un epílogo sobre lo que ocurrió después para destacar la sinrazón de los mitos nacionalistas y demostrar que Navarra ni murió ni perdió su libertad en 1512. Referiré alguno de los hitos más significativos que desmienten la corrupción aberzale de la historia.

Nadie sabe ni cuándo ni de dónde llegaron los vascones al territorio de la actual Navarra, pero sí que eran un pueblo distinto de los várdulos, caristios y autrigones que, según certificaron los romanos, habitaban en el territorio de la actual Comunidad vasca. El reino de Pamplona, ciudad que nunca se llamó Iruña, fue desde sus orígenes un reino español y en su fundación Euskal Herria ni estuvo ni se le esperaba. Las dinastías autóctonas navarras demostraron con rotundidad su vocación española y su decisión de contribuir al éxito de la reconquista de España. Sancho III el Mayor será el primer rey de las Españas y sus descendientes alumbrarán las coronas de Castilla y de Aragón. Y nuestro último monarca autóctono, Sancho VII el Fuerte, participó en 1212 en la batalla de las Navas de Tolosa, que fue una gesta de solidaridad de todos los reinos cristianos de España frente al enemigo común.

En la Alta EdadMedia, Alava, Guipúzcoa y Vizcaya nacieron a la historia en la órbita de la monarquía astur-leonesa y se situaron después en la de Castilla. Nunca formaron parte integrante del territorio propiamente navarro. Es cierto que los vascongados –colonizados por los vascones a la caída del Imperio Romano- quedaron sujetos en algunos momentos a la autoridad de los monarcas de Pamplona. Pero esto ocurrió antes de 1200, cada territorio por separado y de forma discontinua en el tiempo. Alava estuvo 79 años en la órbita de la monarquía pamplonesa, Guipúzcoa 94 y Vizcaya 58. Guipuzcoanos y alaveses tuvieron a gala durante siglos su “voluntaria entrega” a Castilla en 1200. Por su parte, el señorío de Vizcaya basculó entre Navarra y Castilla, hasta que en 1206 Diego López de Haro optó por rendir homenaje al rey castellano. En 1370 el futuro Juan I de Castilla recibió por herencia de su madre el Señorío de Vizcaya, que quedó definitivamente vinculado a la corona castellana.  Sostener por tanto que en el año 1200 Castilla mutiló el reino de Navarra es una falsedad.

El Fuero General, derecho originario de un reino español

Cuando Sancho VII el Fuerte, el héroe de las Navas, muere sin sucesión directa en 1234, Navarra cae en manos de dinastías francesas. Esto fue una gran desgracia para el reino. El monarca difunto había querido que le sucediera Jaime I el Conquistador, rey de Aragón, y a tal efecto había firmado con él un pacto de prohijamiento recíproco, pero la nobleza navarra se opuso a ello y ofreció la corona a su sobrino Teobaldo, hijo del conde de Champagne y de su hermana Blanca, que aceptó sin vacilar.

Una vez en el trono, Teobaldo I, cansado de que se cuestionaran constantemente sus disposiciones por ser contrarias a los fueros del reino, ordenó que se recopilaran y pusieran por escrito. Este es el origen del Fuero General de Navarra de 1238. Sus redactores pusieron especial énfasis en reflejar desde el primer momento que Navarra era un reino español: “Aquí comienza el libro primero de los fueros que fueron hallados en España, cuando los montañeses sin rey conquistaban las tierras”, es el encabezamiento del título primero. En él se contiene el llamado Fuero Antiguo de Navarra, cuyo prólogo comienza así:  “Por quién y por qué cosas fue perdida España y como fue levantado el primer rey de España”. Como si hubieran querido remachar el clavo, la norma primera regula “Cómo deben levantar rey en España y cómo les deberá jurar” y se inicia con estas palabras: “Y en primer lugar, fue establecido por Fuero en España de alzar o levantar Rey para siempre, porque ningún Rey que eligieran no podría hacerles mal, ya que el concejo, es decir, el pueblo, lo alzaban por Rey y le daban lo que ellos arrebataban y ganaban a los moros.

El idioma

El Fuero General está escrito en romance navarro, que más tarde se fundirá con el romance castellano. Es verdad que en un documento notarial fechado en 1167, en  tiempos de Sancho VI el Sabio, aparecen varias palabras en vascuence, que el notario identifica como “lingua navarrorum”. Los mixtificadores de la historia han llegado a decir que fue el rey Sancho quien ese año había declarado al vascuence idioma oficial de Navarra, por ser la lengua nacional de los navarros. Nada más lejos de la realidad. En aquella época los “navarri” o “rustici”, como demostró el maestro de nuestra historia medieval, Ángel Martín Duque, eran los habitantes de las zonas rurales de las zonas circundantes de Pamplona mientras que en los núcleos urbanos, sobre todo los nacidos al calor del Camino de Santiago, convivían gentes de origen étnico diferente.

Navarra, puerta de Europa en España, fue tierra de paso y acogida. Por ella pasaron –en muchos casos para quedarse- celtas, romanos, visigodos, árabes, judíos y francos. La romanización fue muy intensa. Tras la caída del Imperio romano el latín carece de una autoridad lingüística única y de su vulgarización surgen los idiomas romances. Uno de ellos es el “idyomate Navarre terre”, en el que está escrita, según se manifiesta en ella, el acta de la coronación de Carlos III el Noble en 1412.

El vascuence es una lengua venerable por su antigüedad, pero lo cierto es que hasta finales del siglo XIX era una lengua no escrita, propia de una sociedad rural de escaso desarrollo cultural. Es significativo que no existan inscripciones en euskera ni antes ni después de la llegada de los romanos a España. Las Glosas Emilianenses, primer testimonio de la lengua española de finales del siglo X o principios del siglo XI, fueron obra de un monje navarro residente en el monasterio riojano de San Millán de la Cogolla, que por aquel entonces pertenecía al reino de Pamplona. En ellas se contienen las primeras palabras escritas en vascuence. Su autor dominaba el latín, hablaba en romance y sería originario de alguna población vascoparlante. Hasta mediados del siglo XVI no aparecerán los primeros libros en la lengua vasca que se dirigen a “euskal herrian” o “eusquel erria”, es decir, a los territorios donde se hablaba vascuence pero sin ninguna connotación política. Salvando las distancias, la expresión “euskal herrian” es a los territorios donde hay población de habla vasca como el término “hispanidad” a los países que comparten la lengua y la cultura españolas.

El idioma al que hoy llamamos castellano o español podría haberse llamado idioma navarro si Sancho III el Mayor hubiera logrado consolidar en el siglo XII la unidad de España en torno a Navarra. Con esto quiero decir que en Navarra el castellano es tan autóctono como el vascuence.

En la órbita de Francia

La dinastía de Champagne duró 71 años. Después el trono pamplonés pasó ala Casade Francia y durante 23 años los reyes de París reinaron en Navarra. En 1328 la corona navarra pasó a manos de los Evreux, que reinarán durante 151 años. En 1479 la corona navarra pasa a ser propiedad de los condes de Foix, con lo que Navarra vuelve a estar regida por otra dinastía francesa.

La dinastía foixiana llegó al trono con las manos manchadas de sangre por el asesinato en 1464 de la princesa Blanca de Navarra, hermana y heredera del Príncipe de Viana. Su padre era Juan II de Aragón, viudo de la reina Blanca de Navarra fallecida en 1441. En su testamento pidió a su hijo Carlos, a quien correspondía heredar el trono, que no adoptara el título de rey mientras viviera su padre, que por aquel entonces era infante de Aragón y nada hacía presagiar que pudiera convertirse en rey de Aragón con motivo del fallecimiento sin sucesión de su hermano Alfonso el Magnánimo. El príncipe de Viana se limitó a gobernar el reino como “lugarteniente”, mientras su padre se enredaba en los asuntos castellanos, como príncipe que era de la familia real de los Trastamara. Pero las cosas no le fueron bien y regresó a Navarra con la intención de ejercer el gobierno efectivo. Carlos de Viana se resistió y en 1451 de las palabras pasaron a los hechos. Un grupo de nobles, encabezados por Luis de Beaumont, conde de Lerín, quieren proclamar rey al príncipe de Viana. Otro clan nobiliario, el de los Agramunt, bajo el mando de Mosén Pierres de Peralta, aceptaban la usurpación del trono por Juan II. Este es el origen de la guerra civil que durante setenta años asoló al reino y en el que el príncipe de Viana llevó siempre la peor parte. El enconamiento entre padre e hijo se agrava desde el momento en que Juan II de Navarra, todavía infante en Aragón, contrae segundo matrimonio con Juana Enríquez, una noble castellana, que dará a luz al futuro Fernando el Católico en 1452.

No  estaba en el guión que Juan II de Navarra se convirtiera en rey de Aragón en 1458 cuando su hermano Alfonso muere sin sucesión.  El príncipe de Viana pasa a ser a su vez heredero de la corona aragonesa como príncipe de Gerona. Ante la nueva situación padre e hijo se reconcilian. Pero de nuevo surge la fatalidad. El príncipe Carlos muere en Barcelona en 1461. Oficialmente de tuberculosis, pero el pueblo creyó a pies juntillas que lo había envenenado su madrastra Juana Enríquez para que su hijo Fernando se convirtiera en rey de Aragón donde prevalecía la sucesión masculina. De no haber sido por su prematura muerte, la unidad de España se habría realizado medio siglo antes en la persona del príncipe de Viana, que además de rey de Navarra y de Aragón habría reinado también como consorte de Isabel en Castilla.

Al morir Carlos de Viana la corona recaía en la infanta Blanca de Navarra, a quien tenía recluida su padre por haber apoyado a su hermano. La favorita de Juan II era tercera hija Leonor, casada con el conde Gastón IV. Entonces se produce uno de los acontecimientos más repugnantes de la historia de Navarra. Juan II ordena que Blanca sea conducida a Francia para quedar bajo custodia de Leonor. Pierres de Peralta se presta a tan miserable acción y la conduce por la fuerza al castillo de Orthez, en el Bearne. Allí muere envenenada en 1464 a manos de una doncella de su  hermana.

Pero el destino jugaría a la fratricida una mala pasada. Leonor tuvo que esperar quince años para ceñirse la corona navarra pues su padre, Juan II, no fallecerá hasta 1479. Pero el destino le reservaba a la fratricida una mala pasada. Cuando por fin consigue ser proclamada reina en la catedral de Tudela,  quince días después de su coronación, fallece de muerte súbita.

A la reina Leonor le sucederá su nieto Francisco Febo, hijo de la princesa Magdalena de Francia, cuyo reinado también fue muy efímero pues murió cuatro años después en 1483. La corona pasó entonces a su  hermana Catalina, que tenía once años de edad.

Los Foix eran pares de Francia y sus dominios se extendían a todo lo largo de los Pirineos. Eran por tanto vasallos de los reyes franceses, salvo por el vizcondado del Bearne, capital Pau, que a duras penas conseguía  mantener su independencia frente a París. Para el prestigio de los condes de Foix convertirse en reyes de Navarra fue un hecho de especial relevancia. Pero debe quedar bien claro que no fue Navarra la que se anexiona los dominios de los Foix, sino que es su corona la que pasa a ser propiedad de los titulares del condado.

En  Catalina de Foix contrae matrimonio en 1488 con Juan de Albret, otro de los grandes señores de Francia, contra el parecer de las cortes navarras que deseaban su casamiento con Juan de Castilla y Aragón, primogénito de los Reyes Católicos. Pero, a pesar de constituir una grave vulneración del Fuero General, se impuso el criterio de su madre, Magdalena de Francia.

Los beaumonteses no perdonaban a los Foix el asesinato de la princesa Blanca. Temerosa de su seguridad, Catalina de Foix tardaría once años en desplazarse a Pamplona para ser coronada con arreglo al fuero. Y cuando lo hizo, en 1494, tuvo que ser escoltada desde el Bearne hasta Pamplona por tropas francesas y castellanas enviadas para su protección por el rey Carlos VIII de Francia y los Reyes Católicos.

Hablar de la independencia de Navarra en aquella época es un anacronismo. Juan de Albret y Catalina de Foix eran por sus territorios en Francia súbditos de los reyes de París y ello condicionaba gravemente su política exterior. Y, por otra parte, Navarra Catalina de Foix había aceptado el protectorado de Fernando el Católico, para resistir el peligro que suponía el hecho de que los reyes franceses apoyaran las pretensiones de su tío Juan de Foix, que a la muerte de Francisco Febo planteó en la corte de justicia del Parlamento de París un pleito sucesorio por entender que le correspondía la herencia de los Foix por aplicación de la ley sálica.

Juan y Catalina optan por Francia

Navarra, por su situación geográfica, era pieza clave para la seguridad de Castilla pero también para la de Francia. Cuando los intereses de ambas potencias emergentes en el tablero europeo entraron en colisión por sus pretensiones sobre el Milanesado y el reino de Nápoles, los reyes navarros se encontrarán en una difícil disyuntiva. Si apostaban por Francia arriesgaban Navarra. Y si lo hacían por Castilla podían ponían en peligro sus extensos dominios ultrapirenáicos.

En 1512 se quebró definitivamente su difícil equilibrio. El año anterior el rey de Francia Luis XII trató de destituir al papa Julio II, que no vía con buenos ojos su presencia en Italia. El pontífice no le puso la otra mejilla y además de declararlo cismático, decidió combatirlo en el campo de batalla mediante la creación dela LigaSanta.A ella se sumaron Fernando el Católico, Enrique VIII de Inglaterra, el emperador Maximiliano de Austria yla Repúblicade Venecia. Las reglas de juego quedaron muy claras desde el principio. Todo príncipe que ayudara al cismático rey de Francia quedaría excomulgado y cualquiera podía despojarle de sus dominios sin quebrantar el séptimo mandamiento.

A Enrique VIII le interesaba recuperar el territorio dela Guyena-la actual Aquitania francesa-, que había pertenecido a la corona inglesa durante trescientos años y que los franceses se la habían arrebatado en 1453. Llegó a un acuerdo con Fernando el Católico, porque para Castilla suponía alejar a los franceses de las fronteras castellanas.

En junio de 1512 un ejército inglés de ocho mil hombres desembarcó en Fuenterrabía, mientras el rey Católico concentraba su ejército en Salvatierra de Alava. El primer objetivo de los aliados sería la conquista de Bayona.

El rey Católico instó a los reyes navarros a sumarse ala LigaSanta.No tuvo éxito. Les exigió entonces que permanecieran neutrales y, en todo caso, le dieran permiso para el paso de tropas castellanas por Navarra para poner sitio a Bayona. También se negaron. Por su parte, Luis XII apremiaba a Juan y Catalina para que se resistieran a las pretensiones del rey Católico e hicieran frente en caso necesario a las tropas anglo-castellanas.

La neutralidad es patrimonio de los fuertes y si algo faltaba a nuestros reyes era precisamente fortaleza. Intentaron jugar a dos barajas, pero al final optaron por Francia. Estaban en juego sus cuantiosas rentas ultrapirenaicas. Y además tenían el corazón francés. Navarra les proporcionaba el valioso título de reyes, pero de un reino arruinado y ensangrentado por setenta años de guerra civil entre agramonteses y beaumonteses del que no sacaban más que disgustos. Así que el 18 de julio de 1512 firmaron en la corte francesa de Blois un tratado secreto por el que se convertían en “amigos de sus amigos y enemigos de sus enemigos, el uno del otro” y se obligaban a hacer la guerra a los ingleses y a quienes les ayudaran en su empresa dela Guyena. Esto suponía declarar la guerra a Castilla. Los reyes navarros no contaban con que Fernando el Católico tenía espías en Blois que le informaron de inmediato de los términos del tratado. Irritado por lo que entendía era una deslealtad de sus sobrinos ordenó al duque de Alba la ocupación de  Navarra. El 19 de julio las tropas castellanas se pusieron en marcha. Al frente, cabalgaba el conde de Lerín, jefe de la facción beaumontesa. El grueso del ejército eran soldados vascongados. Y junto a  ellos lo más florido de la nobleza castellana.

Catalina y Juan huyen de Pamplona. El 24 de julio, sin ofrecer resistencia, la ciudad capitula tras obtener el respeto a sus fueros. Al día siguiente, festividad de Santiago Apóstol, el duque hace su entrada triunfal en la capital. No tardan en seguir su ejemplo todas las ciudades y villas.

Con el apoyo de Francia, los reyes navarros tratarán inútilmente de recuperar el reino perdido. Lo hicieron en el otoño de 1512, en 1516 y en 1521. En ese último año, Navarra estaba desguarnecida pues las tropas del emperador Carlos se hallaban empeñadas en sofocar en Castilla la rebelión de los comuneros. Francisco I de Francia aprovechó esta oportunidad para invadir Navarra. En pocos días los franceses se apoderan del reino, entran en Castilla y ponen sitio a Logroño. La reacción de las tropas del emperador no se hace esperar. En Noáin, los franceses –en cuyo ejército combatían algunos caballeros de la facción agramontesa-, fueron aniquilados mientras un numeroso grupo de beaumonteses formaba parte del ejército imperial.

“Guerra a los castillos, paz en las chozas”.

En aquel tiempo no existía en Navarra ninguna conciencia de nacionalidad. La mitad de la población era beaumontesa y apoyaba sin reservas a Fernando el Católico. La otra mitad era agramontesa y permanecía fiel a Juan y Catalina. Como siempre ocurre, el pueblo llano llevaba la peor parte, obligado a combatir con uno u otro clan nobiliario. Sacralizar el feudalismo agramontés, como hace la izquierda aberzale, erigiéndolo en símbolo de la independencia nacional de Navarra, es sencillamente ridículo. Los navarros de aquella época podían haber sido los primeros en acuñar la consigna de los revolucionarios franceses de 1789: “Guerra a los castillos, paz a las chozas”. Y de hecho muchos habían visto con satisfacción cómo se desmochaban por orden del cardenal Cisneros, regente de Castilla, en 1516, las torres de buen número de castillos agramonteses y beaumonteses, porque el pueblo anhelaba liberarse de la jurisdicción de los nobles pues confiaban más en la justicia del rey. Una medida que Cisneros ya había aplicado en los reinos castellanos.

Los falsarios aberzales acusan a los “españoles” de haber conquistado Navarra a sangre y fuego y mantenerla desde entonces en estado de opresión. Según esto, y lo digo con ironía, nuestros antepasados habrían sido o cobardes o traidores. Cobardes, porque en 1512 el pueblo no se echó al monte para defender a los Foix, a diferencia de lo que ocurriría tres siglos después cuando se produjo la invasión  napoleónica. Tampoco se registra ninguna revuelta popular contra la monarquía española. Y si no fueron cobardes, en tal caso serían traidores, pues rivalizaron con los ocupantes a la hora forjar la nación española dando sobradas muestras de patriotismo español.

Finalmente, con una obscenidad política sin límites, los aberzales de hoy abrazan la causa agramontesa y ocultan que los vascos de ayer fueron sus enemigos. Las milicias alavesas, guipuzcoanas y vizcaínas serán pieza clave para el éxito de las tropas del duque de Alba. Fueron guipuzcoanos quienes en 1512 al grito de “Santiago, España” aniquilaron un contingente de 3.000 mercenarios lansquenetes en el puerto de Velate, que hasta 1979 figuraron en el escudo dela Provincia. Fueron guipuzcoanos quienes en 1521 participaron decisivamente en la batalla de Noáin, con una maniobra táctica que desbarató la retaguardia del ejército francés. Y fue un guipuzcoano, Iñigo de Loyola, futuro fundador dela Compañía de Jesús, quien también en 1521 tuvo una actuación heroica en la defensa del castillo de Pamplona frente a las tropas francesas. Y no menos efectiva fue la participación de alaveses y vizcaínos.

El reencuentro con el resto de España

En 1512 se produjo el definitivo reencuentro de Navarra con el resto de los reinos españoles después casi tres siglos de sometimiento a dinastías francesas que inevitablemente y con alguna excepción como la de Carlos III el Noble, trataban de apartarle de su destino hispánico. Tras su incorporación a la corona española, Navarra pasó a formar parte de la monarquía más poderosa de su tiempo y ello abrió a los navarros nuevos horizontes en todos los órdenes. La paz del emperador Carlos, que amnistió en1522 alos últimos agramonteses que aún permanecían fieles a los reyes destronados, logró la total reconciliación de las dos facciones. Navarra disfrutó a partir de entonces de tres siglos de paz interior. El reino progresó en todos los órdenes hasta el punto de que en 1800 su economía era la más próspera de España, según el profesor y académico Juan Velarde.

La principal consecuencia de los sucesos de 1512 en Navarra fue la de nuevo cambio de dinastía. La corona navarra pasó de manos de los Foix-Albret a la Casade Austria, que llevaría a España al cenit de su poder. En 1515, Fernando el Católico, investido de la legitimidad otorgada por el papa Julio II y el reconocimiento de las cortes navarras reunidas en 1513, dio cuenta a las cortes castellanas de que había dispuesto que a su muerte heredaría la corona navarra su hija Doña Juana (la Loca) y quienes fueran sus sucesores en los reinos de Castilla, León, Granada, etc. De modo que –y la cita es literal de la NovísimaRecopilaciónde las Leyes del Reino, de 1735, publicada en tiempos de Felipe VII de Navarra y V del resto de España- la de Navarra y Castilla fue “una unión ‘eqüe-principal’, [de igual a igual], reteniendo cada reino su naturaleza antigua, así en leyes como en territorio y gobierno”. El emperador Carlos, en 1516, añadió a la fórmula del juramento de los fueros la obligación de mantener a Navarra como “reino de por sí”, estatus que se prolongó hasta bien entrado el siglo XIX. Es, pues, radicalmente falso que el estado navarro hubiera desaparecido en 1512.

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Comentarios (16)
  1. Fernando de la Hucha says:

    Estimado Zarra:
    Veo que coincidimos en el equipo de fútbol y en que no conseguiremos a las dos chicas mencionadas (por lo que plantearnos la elección es iluso).
    Tiene usted toda la razón en el resto de su comentario; creo que hay que centrar la historia y eliminar prejuicios ideológicos, aunque ello resulte difícil.
    También le agradezco sus aportaciones y feliz domingo (supongo que nos pondrán nota negativa a ambos comentarios los seguidores del Barça)

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