Entre los truenos

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Me despertó un golpe intermitente de luz, que invadió la habitación, seguido del seco crujido de un trueno. La fuerte lluvia, tal vez algo de granizo, golpeaba rabiosa la ventana. Por fin rompía la tormenta después de tres días de calor agobiante.

Abrí los ojos, sobresaltado, ante la figura que, a los pies de mi catre, me miraba con gesto claramente enfadado.

¿Y decís que estáis en crisis? ¡K’güen la leche! ¿Cómo podéis decir que estáis en crisis si os veo paseando todas las tardes por la calle, venga a monear? ¡Y el fin de semana lo empezáis desde el viernes por la tarde!

¿Y qué quieres que haga? ¿qué volvamos a los viejos tiempos?, pensé torpemente.

Que no te digo qué tienes que hacer ni qué no tienes que hacer. Que lo que te digo es que para sacar a mi familia adelante, además del trabajo en el Ministerio, por las tardes iba a la imprenta. Y Merche cosía pantalones a todas horas del día y de la noche, con mi suegra. Y contábamos los garbanzos que echar al cocido. Así sacamos adelante a cuatro hijos; y con estudios.

Claro que, como dice mi hijo Toni, las cosas eran muy distintas entonces.

El resplandor del último relámpago, la tormenta que se alejaba, se llevó la imagen, ahora burlona, de ¿Antonio Alcántara?.

Dejó de llover. Los números rojos marcaban 4:26. Y decidí levantarme a esa hora.

 

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