ETA, justicia y perdón

Diego Paños Olaiz 10 mayo 2012 Opinión
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Cuando mi hijo pequeño no quiere hacer los deberes, porque le cuesta entender algo, o porque no quiere sufrir el displacer de tener que esforzarse, concentrarse y resolver un problema, entabla una especie de queja. Pretende buscar que uno reaccione ante su lamento y le de la llave del problema, o le abrevie la lectura, o en definitiva, “le quite de encima” el problema que le molesta, y que en definitiva, no le permite volver a sus juegos, a su mundo placentero.
Entonces el padre tiene que explicar al hijo que realizar las divisiones, o aprender los ríos de España, no son un tributo que ha de rendirle el hijo como a un “Molok“. El padre no desea el sufrimiento del hijo, ni requiere el “sacrificio”. El padre comprende que todo eso es parte del proceso de aprendizaje, de convertirse en persona, de enfrentar el problema que es la vida misma. Estudiar y aprender, es por tanto una tarea que le corresponde completar al niño, porque a él y nadie más que él le concierne plenamente la necesidad de aprender, de entender, de habituarse al esfuerzo y dominar la tendencia natural a evitar todo lo que suponga un esfuerzo desagradable. Así nos hacemos personas. Esa es la lógica que deben comprender los padres, y al menos vislumbrar el menor, al menos en tanto se construye como persona autónoma y libre.
Con ETA y su entorno mafioso solo hay que aplicar la lógica del Derecho. La ley establece penas para actividades delictivas. No cabe asesinar a otra persona. Al menos, no impunemente. La ley penal es plasmación del juicio ético enfocado a la defensa de la dignidad humana. Por tanto, la ley no es coercible, ni disponible por el legislador, el gobierno o el Juez; ni singularmente derogable, ni por razón de estado, ni por razón de oportunidad. Del mismo modo, el orden jurídico no puede ser reemplazado por el “orden del perdón”, puesto que la exclusión del cumplimiento de la ley no es orden sino lo contrario del orden. Si pudiéramos invocar el perdón como un deber de los demás para excusarnos del incumplimiento de nuestros deberes, no habría nada debido, ni podríamos exigirlo nunca.
La banda de criminales y maleantes encarcelados llamada ETA, y sus desmemoriados, desvergonzados y patéticos familiares (que no son capaces de defender la vida de los otros injustamente vulnerada por sus hijos/as), y demás recogenueces, (que en definitiva, buscan alzarse con el premio político “a cambio” de dejar de matar) lleva meses tratando de envolver a nuestros gobernantes con la entelequia de que para conseguir que los asesinos estén dispuestos a la “reconciliación” somos nosotros los que debemos “movernos”, Así que, amenazando con “romper el proceso” si no cedemos, los chicos malos prometen avenirse a hacernos el inmenso favor de plegarse nominalmente a la ley a condición de que no se la apliquemos, y a cambio, hacernos la gracia de no seguir matándonos. A lo que se ve, el gobierno español esta preso de la ansiedad por lograr la “reinserción” de quienes no anhelan insertarse en la sociedad y aceptar sus reglas.
Lo que nos piden, en suma, es que les hagamos la tarea y les dejemos salir al recreo, sin haber aprendido las reglas elementales de la convivencia: el a, e, i, o, -u de la libertad y la humanidad-
La pena impuesta conforme a derecho por un Tribunal que aplica la Ley Penal en un juicio justo es el mejor trato que un ser humano puede dispensar al responsable de hechos censurables hasta el punto de ser intolerable para defender la dignidad humana que no queden sin castigo. Esa pena es el acicate que la sociedad libre puede dar para que estos chicos malos aprendan la lección básica que no han querido aprender, como pésimos estudiantes, derramando la preciosa, irremplazable, e irrepetible vida de quienes eran su prójimo en este apasionante milagro que es la existencia humana.
No olviden que la dignidad es una idea; que es una construcción amenazada por la fuerza violenta y amoral de la entropía. Que por ello está en permanente construcción, en lucha constante con la naturaleza, que es despiadada. En modo alguno es cierto que la dignidad sea una cosa que “poseemos” y no podemos perder, ni nos puede ser negada. Piensen en los horrores de los últimos ochenta años y comprobarán que no la “tenemos” puesto que cualquier mierdecilla, con un uniforme nazi, un gabán soviético o una capucha y boina nos la puede negar, acabando con nosotros como quien pisa un gusano.
Por eso hay que reaccionar duramente, pero con la razón, ante las gentes de lenguas bífidas que retuercen el lenguaje, enroscadas en el mango del hacha, y pretenden persuadirnos de que hemos de “dialogar” con miserables asesinos que, si pudieran, acabarían con la libertad y la vida de cualquiera de nosotros. No. Esas personas no merecen ni diálogo ni consideración distinta a la que indica la Ley; y la ley -que es la decencia- ya se la ha dado. Que acepten o no su justicia, que revisen a su luz su actitud, su inhumanidad, y puedan arrepentirse y sentir pena y vergüenza infinitas por sus actos, no es algo que “Nos” deban. Nosotros no necesitamos que estos bestias nos convenzan de nada. No necesitamos que nos cuenten historias y den vuelta a las palabras como una mula uncida a un molino. Sus trabajos dialécticos no nos sirven; no precisamos de sus falacias, ni sus racionalizaciones ni su pseudoideología de “libertad de la tierra”. No necesitamos que nos expliquen sus razones del conflicto, ni valoren las nuestras; ni nos expliquen por qué somos tan malos, ni por qué les necesitamos. La verdad es que no necesitamos facinerosos, ni de ETA ni de ninguna otra mafia, ni totalitarios de patrias, lenguas o erreaches. Ni Nazis, ni soviéticos, ni maoístas, ni de la “izquierda abertzale”. En absoluto.
Son ellos los que necesitan vivir en sociedad. Son ellos quienes deben hacerse merecedores del perdón. Son ellos los que tienen que caminar el amargo, duro y largo tránsito que les devuelva a la comunidad de la humanidad; Ellos han de procurar recuperar la dignidad -la suya- que perdieron hace años, ante sí mismos. Son ellos los que tienen que desentrañarse psicológicamente, afrontar la atroz imágen de sí como modernos Goebbels, como redivivos doctores de la muerte, como nuevos carceleros nazis. Nosotros, cumplida nuestra tarea de detenerlos e impedir que consumen sus bajezas, solo podemos esperar que un día les alcance la gracia, o la luz, o como quieran llamarlo, de reconocerse humanos, personas, responsables de sus actos.
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Esta noticia la publicamos el 23 de enero de 2008