Pienso que el terrorismo tiene entre sus efectos un proceso de profunda intoxicación moral que nubla la capacidad de distinción entre el bien y el mal, entre los asesinos y las víctimas, entre causas justas y deleznables. Por lo anterior, la derrota del terrorismo reclama, como primer paso, un cambio de fondo que en el caso de ETA no se vislumbra. El abandono de las concepciones políticas e ideológicas contrarias a la dignidad de la persona y la necesaria petición pública de perdón a las víctimas. La razón política no puede separarse de la dimensión moral, que exige que el final de la violencia no pase por pagar a los terroristas un precio político, ni ofrecerles la impunidad como contrapartida. Sería desastroso que el final de ETA estuviese acompañado de la renuncia a toda exigencia moral y jurídica.

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