Mito de la educación pública:”Bajará la calidad”

Javier Horno 3 octubre 2011 Opinión

La repuesta sindical a los recortes educativos tiene ya su tópico. Se esgrime que una hora más de clase significa más trabajo, más presión: peor atención al “alumnado”, término frecuente de la lengua paritaria.

El profesor tiene su principal escollo en que desde que existela LOGSEtodo son siglas, atenciones paternales y maternales, todo es igualdad y todo es mediocridad. En líneas generales, por supuesto, como, en líneas generales lo demuestran los citadísimos estudios PISA y cualquier comparación entre la materia que uno tenía que estudiar hace treinta años y ahora. El profesor no sabe cuál es su función, si un abanderado de la solidaridad entre las realidades pluriculturales, un terapeuta, un profesor de verdad o un canguro.

Los profesores de secundaria de a pie tenemos en nuestro horario sólo una hora oficial de atención a los padres y estas visitas, excepto en el caso del tutor, suelen ser muy pocas. Los profesores funcionarios se supone que estudiamos una carrera (o unas oposiciones) y que nos sabemos la materia; prepararnos, por tanto, una asignatura no debería ser una travesía por el desierto del Sinaí. Además, repetimos asignaturas con frecuencia, así que de un año para otro sólo tenemos que reciclar nuestras clases. Los profesores funcionarios, además de esas vacaciones (que causan la envidia incluso de los  parlamentarios) en los primeros quince días de septiembre y los últimos de junio tenemos una jornada laboral cuando menos relajadita. Y nuestra rutina académica se ve interrumpida frecuentemente por la semana blanca, la verde, una charla de la policía, otra de prevención de drogas, una visita a la fábrica de plásticos, otra a la biblioteca del civivox y un sexólogo ocupa tu clase para alertar de los riesgos del sexo sin control. En cuanto a corregir, los profesores de secundaria ponemos, más o menos, los exámenes que nos da la gana.

Y, para terminar, cuando los sindicatos jalean que trabajamos 37 horas y media, contaré un detalle significativo. Cuando al principio de curso se nos da el horario lectivo, lo primero que hacemos todos es mirar cómo nos quedan distribuidas las clases; a ver si alguna día de la semana nos han concentrado dos clases, de manera que tengamos el resto de la mañana libre. O a ver a qué hora salgo el viernes, porque de eso depende la hora a que da comienzo el fin de semana. Nos podemos perder en múltiples argumentaciones; evidentemente que los profesores nos llevamos trabajo a casa, pero ese margen de organización personal, con horas libres según tu horario lectivo, se da en muy pocos trabajos.

Me decía una compañera, con razón, que no suelo hablar de los funcionarios que no sólo cumplen con las horas que se necesiten, que incluso dan clases de repaso sin tener ninguna obligación por ello. Son aquello que han mantenido el nivel académico contra viento y marea; a veces, también, contra los propios compañeros que los critican por suspender más que la media. Profesores que trabajan con esa espada de Damocles de una inercia que es la que aquí cuestionamos.

En resumen: protestar de que una hora lectiva más va a mermar la calidad es una banalidad. Pero bueno, los ánimos están encendidos. Casualmente se encienden contra los gobiernos de derechas, Madrid, Castilla-La Mancha y Navarra. Pero la realidad es que los sindicatos no han movilizado un pupitre por la gran estafa, como así la llama la profesora Alicia Delibes en su sabroso librito, que es este sistema educativo tan de izquierdas y tan español. Los que creía sindicatos serios se han unido a ELA o LAB, o a los acólitos de la educación progre, comisiones y ugeté. Sobre todo, confundirse con el paisaje. La educación pública suena al estertor de un animal viejo.

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Comentarios (1)
  1. ciudadano perplejo says:

    Me alegra que usted denuncie, de primera mano, lo que muchos sabemos. Tengo para mí que el 20% de los profesores de la pública cargan, por vocación y responsabilidad, con el desinterés y la ineficacia del 80% de sus compañeros.
    En un colegio privado, si no das la talla, te ponen en la calle. En uno público, como te pases de rendimiento e implicación, te harán la vida imposible tus mismos compañeros por contribuir a la subida de la productividad y el éxito.

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