Ruido Electoral

Ricardo Guelbenzu 26 septiembre 2011 Opinión

Oír la radio, o ver la tele, es desolador. Al negro panorama internacional, se une el propio donde reina el maniqueísmo más atroz. Los unos acusan a los otros de que recortaron derechos el 16 mayo 2010, y los otros a los unos que son la extrema derecha y que van a recortar en educación y en sanidad.

 

Hoy es mas fuerte el independentismo catalán; el proceso de paz pactado con los terroristas vascos no es de recibo; lo que entendemos por familia, la mayoría, esta más débil que nunca; la religión la pretenden privatizar; el replantearse la transición política, ha sido una insensatez. Todo lo anterior con un fondo de inviabilidad del estado autonómico ¡en fin! restaurar tanto desaguisado zapateril va ha costar sudor y lágrimas.

 

El PP se está centrando, en medidas para que el país funcione, al nivel de riqueza que sea capaz de producir, ¡dejarnos todos de ensoñaciones! Otras batallas las pospondrá, su responsabilidad la traslada a la sociedad civil, de nosotros depende que no nos resignemos a que las cosas sigan con la actual deriva, pero no se trata de ser pesimistas, se trata de no dejar tantas temas importantes, en manos de esta clase política.

 

En democracia, debe de darse la batalla de las ideas, pero hay que exigir que se argumente correcta y educadamente. Hablan demasiado para los convencidos, tipo mitin, pero no para los muchos que les quedan por convencer. Confrontar ideas, implica que hay que dialogar, e intentar acercar posiciones entre las dos grandes opciones, aunque hoy no sea factible. Hay que crear hoy las condiciones para hacer el acercamiento posible, el día de mañana, en esto consiste la política, como el arte de lo posible.

 

Siempre detrás del ruido electoral, existen unas innegables divergencias de fondo, que se iniciaron con la concepción rousseauniana, que llegó de la mano dela Revolución Francesay que alcanzó su mayoría de edad, con la aparición del socialismo. La izquierda parte de una concepción antropológicamente muy optimista, que apunta hacia la utopía. Cree en la bondad natural del ser humano. Tiende a construir sociedades donde el Estado es cada día mas extenso, llegando a inmiscuirse en muchas facetas de la vida de los ciudadanos, y lógicamente apoyado en un gasto público muy elevado.

 

La otra concepción, la conservadora, nacida desde el realismo antropológico, subraya su convicción de que el ser humano es una especie imperfecta, que por su propia naturaleza tiende hacia el mal, y que gracias a la educación y a la religión puede caminar hacia el bien. Históricamente ha defendido frente al poder: la libertad de religión, una justicia independiente, y el respeto de la propiedad privada. Para defender estas libertades el ciudadano normal necesita defenderse del Estado, que debería ser, no muy extenso y sometido a un sistema de control, con frenos y contrapesos. Por ello potencia, el asociacionismo voluntario y huye del asociacionismo obligatorio, no confiando excesivamente en el Estado.

 

Hoy tenemos un Estado en bancarrota, con cinco millones de parados, y para salir de la crisis económica, todas las Administraciones deberán reducir drásticamente sus gastos, y habrá que acometer importantes reformas estructurales. Estas no serán posible sin grandes acuerdos PP-PSOE.

 

No deberíamos hacer fetiches sobre la educación o la sanidad, se trata de que todas las administraciones se replanteen, que es lo que podemos y debemos hacer. La izquierda no debería movilizar a sus huestes frente a la derecha, porque el gran fracaso escolar, su elevado coste, están ahí. Las ineficacias y gastos no necesarios están, por doquier, en todas partes. Los políticos deben hacer pedagogía, explicar bien las mediadas, pues no solo hay que adecuar gastos a ingresos, sino que además hay que devolver lo mucho que debemos.

 

Deben acometer fuertes reformas, con una aptitud positiva para acordar los grandes temas, se deberán hacer desde el cuidado con el que se debe cambiar siempre las cosas. Desde la mesura y la reflexión,  desde el principio de la prudencia, partiendo de que nadie tiene el monopolio de la verdad. Tanto Platón como Burke, apoyaron la necesidad de la prudencia, como virtud pública, huyendo de la búsqueda de logros inmediatos o de los aumentos rápidos de popularidad ­que tanto gustan a los políticos­ y que muchas veces son tan perjudiciales. Para avanzar, solidamente, es necesario pensar en profundidad, antes de acometer los cambios. Las personas sufrimos mucho con las reformas súbitas y agresivas, ya que producen desasosiegos e incertidumbres.

 

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