Necesitamos una alianza (I) Soplan vientos de cambio (V)

Ricardo Guelbenzu 23 junio 2011 Opinión

 

La cosa viene de lejos, primero fueron las guerras de religión, luego la Ilustración apostó por un ética y un derecho, un orden moral apoyado en la razón, dejando al margen a Dios. En el siglo XIX, se dio un paso más, al decir que “sólo sin Dios hay ética”, a pesar de ello, por inercia cultural, se mantuvieron muchos aspectos esenciales de la ética cristiana en todos los Códigos Civiles y Penales, que eran una traducción jurídica que canalizó las enseñanzas morales de las iglesias cristianas.

Las ciencias progresivamente con Copérnico, Darwin, fueron expulsando al hombre del centro del cosmos, y se le terminó viendo como una especie animal más. Incluso alguno consideró el libre albedrío como un puro espejismo, pensando que caminamos hacia el determinismo. Las dudas aparecieron cuando se necesitaba de los ciudadanos un cierto esfuerzo, una cierta implicación en la cosa pública,  que saliendo de la esfera privada se orientase hacia el bien común. La exigencia de una motivación extra parece que no es posible imponerla por vía legal. Hoy en nuestra Europa postcristiana, hedonista, buenista se hecha a faltar ese minimum de solidaridad necesario para el sostenimiento de todo Estado democrático. Ese minimum no se puede imponer, sólo se propone, y no se le puede dar por supuesto.

El Estado se ha apoyado en presupuestos normativos que difícilmente vemos que hoy pueda garantizar. Es verdad que se basó en una concepción del mundo y del hombre –heredera del cristianismo- que en el siglo XIX todavía podía darse por inercia, pero que en hoy se está desmoronando. Tras la IIª Guerra Mundial, las nuevas constituciones europeas fueron más garantistas con los derechos humanos que sus antecesoras, ya que se comprobó que el principio de legalidad no fue suficiente garantía para la libertad. Habia que dar a los derechos un fundamento más sólido que el proporcionado por exclusivamente por la ley; necesitaban de un anclaje indestructible situado por encima de la legalidad positiva. Los principios democráticos pueden volverse contra la dignidad humana y aprobar lo abominable (caso Alemania nazi). Hoy ya sabemos que no bastan las garantías constitucionales, ni la vigilancia de los Tribunales para proteger la dignidad humana, necesitamos una atmósfera cultural favorable a ella. Este aparente callejón sin salida, ha llevado a algunos intelectuales no creyentes a volver su mirada a la ética cristiana, que sí da respuestas a ciertas cuestiones que en la ética laica quedan sin resolver.¿poseen dignidad los seres humanos? ¿se les puede tratar de cualquier forma?

El esfuerzo moral en la visión cristiana adquiere todo el sentido, cosa que en la ética laica dicho esfuerzo se muestra desdibujado, casi masoquista. El cristianismo plantea la necesidad de tomar el camino de santificación individual querida por Dios, el hombre es un espíritu inmortal, creado a imagen de Dios y no un conglomerado fortuito de células. El hombre al poseer un alma inmortal, según el cristianismo, y precisamente por ello, proclama la dignidad y la sacralidad de la vida humana.

Destacados intelectuales agnósticos, alarmados por la quiebra moral de las actuales sociedades europeas, ante una cierta crisis de legitimidad del Estado democrático, han vuelto sus ojos hacia ese tesoro intelectual cristiano, donde la libertad, la dignidad, la sacralidad de la vida aparecen preservadas y explicadas. Por ello para refrescar la salud democrática y espiritual de Europa, necesitamos sumar fuerzas, crear una alianza entre católicos y grupos de intelectuales agnósticos, ateos, gente no religiosa pero todos ellos preocupados por superar la actual crisis de civilización.

La ética cristiana garantiza, pues, un qué y un por qué de la obligación moral. También nos indica el camino del cómo, para cumplir las prescripciones éticas. Lo moralmente debido no garantiza su cumplimiento, según los clásicos la voluntad tiene la última palabra, y, el hombre siendo una potencia libre, por esencia no atada por el intelecto, puede terminar escogiendo lo incorrecto, lo peor. Esto nos plantea lo que no es otra cosa que el concepto del pecado, ese lado oscuro de la naturaleza humana, esa debilidad moral del hombre, que siempre ha sido soslayada o infravalorada por las éticas laicas. El cristianismo reservó siempre para el pecado un lugar central. La ética exige a menudo demasiado de los seres humanos, el cristiano lo ha sabido siempre, conoce que nunca conseguirá el bien con sólo sus propias fuerzas, de ahí la importancia de la gracia divina, que le garantiza una capacidad moral hasta la muerte.

 

 

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Esta noticia la publicamos el 31 de enero de 2014