Por una sociedad más justa. Soplan vientos de cambio (IV)

Ricardo Guelbenzu 21 junio 2011 Opinión

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“Un buen patriota y un buen político considerará primero cómo podrá aprovechar al máximo los materiales que de hecho existen en su país. Una disposición a preservar lo que hay y una habilidad para mejorarlo son, cuando van unidas, la norma de un estadista. Todo lo demás es vulgar en la concepción y peligroso en la ejecución.”  Edmund Burke en, Reflexiones sobre la Revolución en Francia 1790

Toda sociedad requiere que se den diferentes recompensas a las distintas habilidades y esfuerzos de cada ciudadano. Por ello una cosa es tener iguales derechos, y otra distinta, es llegar a tener las mismas cosas. Cada vez son más los que abogan por un cambio de rumbo, en la dirección de apostar por sociedades con menor peso del estado, con menor intervencionismo, con menores subvenciones. En los mejores ejemplos sociales hemos visto que la propiedad y la libertad han caminado siempre juntas. Los estados necesitan apoyarse en verdaderas comunidades, y éstas en sentido realista, se encuentran en las antípodas de cualquier tipo de colectivismo.

Las sociedades, con estados no extensos, se apoyan en el activismo de numerosas redes sociales: de asociaciones de voluntarios, de gobiernos locales, de una gran variedad de instituciones y de iglesias. Los ciudadanos trabajaran por mantener una comunidad participativa, que necesitará de un voluntariado activo y que facilita así su responsabilidad individual.

Hoy somos muchos los que soñamos con un tipo de sociedad donde no se delegue tantas cuestiones relevantes de la vida, en unos estados que nos controlan desde la concepción hasta la tumba. Cuanto menor sea el papel del estado, éste deberá respetar y no interferir en tantas cuestiones privadas, y necesitaremos de más altruismo por parte de los ciudadanos. En los actuales estados extensos, los ciudadanos soportamos un elevado colectivismo (con más impuestos, más funcionarios, mas interferencias y muchas ineficiencias) que perjudica seriamente nuestra libertad y nuestra economía.

Toda institución necesita cambiar de tiempo en tiempo, pues las circunstancias de las sociedades, donde desempeñan su papel, cambian. Pero la experiencia nos dice, que un cambio suave es la mejor manera de conservar la sociedad. Por ello, hay que procurar que los necesarios cambios de nuestras vidas, estén inspirados por nuestras trayectorias sociales y morales. La experiencia nos enseña que los hombres y las mujeres alcanzan el máximo grado de felicidad cuando sienten que viven en un mundo estable, necesariamente avalado por valores.

Debemos respetar a los demás, aceptando la gran diversidad social, ya que no se trata de imponer valores morales a los demás. Otra cosa, es aceptar los principios inspiradores de nuestras sociedades democráticas occidentales, desde los cuales hemos organizado el estado y la convivencia, que hoy podemos resumir, en la separación de poderes y en el respto de los derechos humanos.

Un estado no extenso, le conveniente a todo tipo de personas, al margen de su posición económica. Siendo a los de menor peso económico, a los que más les puede interesar, desde el que se garantizara su libertad, su seguridad personal y el de su hogar. Se les protegerá para que tengan derecho a los frutos de su trabajo y la oportunidad de dar lo mejor que llevan dentro. Los impuestos no serán confiscatorios. Posibilitara que tengamos derecho a una personalidad en la vida, y el derecho a un consuelo en la muerte. En un estado más extenso: nos sobre protegen, en educación, en sanidad, en tantas cosas, mal acostumbrándonos nos convierten en flojitos. No nos preparan para cuando nos vienen mal dadas, como ahora con la crisis, y así hoy muchos no soportan las actuales dificultades. Los estatalistas desean ciudadanos aplaudidores, permanentemente aniñados, producto de una sociedad civil débil y subvencionada.

Los Estados menos extensos: necesitan y potencian la participación ciudadana, apostando por servicios eficaces, con el menor coste posible y por ello muchos terminarán privatizados. Necesitan también de la voluntariedad ciudadana gratuita (bomberos, comedores sociales, apoyo educativo de padres). Lógicamente los ciudadanos son menos aplaudidores, tienen mejor aptitud para el trabajo individual y en equipo. Una sociedad así produce un mayor número de emprendedores, que no quieren ser funcionarios, evitándose un ¡trabajo aburrido! Tienen una mejor aptitud y disposición para la investigación, en centros privados. La sociedad civil es más sostenible, menos subvencionada y más critica con el poder. A los políticos se les da un menor papel. Los ciudadanos conocen que la moral personal es lo principal, y saben que desde las instituciones no se educa, y sí se educa desde las familias, las iglesias y las asociaciones privadas.

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Esta noticia la publicamos el 2 de febrero de 2009