Nuestra clase productiva

Carlos Amat Larraz 6 mayo 2011 Opinión

 

Ayer estuve en un encuentro de “currelas” -de esos que ahora llaman autónomos-, en el bar del polígono –ya saben. Son contubernios estos que se celebran muchos días, saboreando un baso de vino y un pincho. Tal y como esta el tema, sobra tiempo – con esto de la crisis; no hay mucho trabajo. Parecerá un gasto superfluo; esto de hablar, en el bar, con otros productivos; pero, como dice mi amigo Miguel, así nos ahorramos el psicólogo.

Allá estaba Fermín que es metalista y trabajador desde los diez y siete años, que salio de los Salesianos. Se levanta todos los días a las seis de la mañana y, ahora, el hombre esta cabreado por que dice pertenecer: “A esa clase productiva” de gente que se juega la vida en las carreteras, o en el andamio –camioneros, representantes de comercio, albañiles y otros.- o que se juega su patrimonio, todos los días, en las fábricas, en los talleres y en las tiendas: empresas de autónomos; fabricantes y comerciantes que sobreviven fabricando o vendiendo por debajo del costo, con el fin de recuperar, al menos, parte del dinero invertido –minimizando ruinas. Esos que llevamos pagando cuotas de Seguridad Social lustros y, no solo, no nos podemos jubilar, anticipadamente, si no que nos retrasan la edad para que sigamos pagando”.

Su amigo José es cerrajero y tiene sesenta y un años; dice “ser parte final y generacional de aquellos, pobres desgraciados, que levantaron esta nación, “a golpe de zapatilla”, de la ruina más caótica, hasta ser la novena potencia mundial” -¡Que cosas dice José! De joven estuvo poniendo tubos para viaductos en el Sahara.

En la reunión, alineada con la barra, también estaba presente un vendedor de muebles y mi amigo Adolfo conserje del geriátrico de la esquina; quien padece como “con subvenciones, que no terminan de llegar, tiene que contribuir a cubrir las necesidades humanas de los tutelados”. Mas allá, Perico el camionero y Ventura el vendedor de “Trajes”- el les llama así. En realidad vende ataúdes. Ventura esta cabreado por que anoche le llamo nuevamente, su anciano suegro para que fuese a ayudarle. “Que desde que nos hicieron gastar – obligados, por que si-, a todos los españoles, en el sistema de TV Digital – ¿… quien se estará forrando?-, le llama cada dos días por que no se aclara con los mandos de la tele.”

A Manolo le llaman “El Destajos” hacia zapatos para una marca que cerró y ahora hace cabezales de coche para la Wolksvagen. Todos pertenecen a esa clase de los mayores de cincuenta años que, si se quedan en paro, no contrata para trabajar ni “La Chelo” y, encima, les quitan el ultimo subsidio –el de comer. Pues son esos propios vecinos, de los parados, los que son capaces de comprar un zapato asiático, en lugar de comprarlo nacional; o comprar una lata de espárragos del Perú, en lugar de hacerlo de Navarra. “Los que nunca compran un coche de la marca “Wolksvagen”- como nos dijo El Destajos: “a pesar de que mantiene a un montón de familias cercanas y, en gran manera, la economía de esta ciudad”. Tras la barra, Mario el dueño del bar, quien gasto más de treinta mil euros, no hace ni un año, para adaptarse a la ley, de entonces, antitabaco. Y ahora no le ha servido de nada. También esta bastante cabreado. Sobre todo por que invirtió los ahorros de la mujer en una huerta solar y ahora les han quitado la subvención y no les da ni para pipas. “Si al menos hubiese comprado una huerta normal ahora tendría hortalizas para casa”. Manolo ha llegado tarde pues le entretuvieron unos clientes en la sucursal del polígono, de la que es empleado. “Ya sabéis lo del oro, ¿No? Hace unos meses el gobierno vendió reservas de oro del Banco de España, a clientes asiáticos. Cuando mas bajo estaba el precio; al poco subió y ahora bate record histórico. ¿Os acordáis la de vueltas que le dieron al tema del famoso oro de Moscu cuando éramos crios? Y termina sentenciando: “Por menos de esto rodaron abundantes cabezas en la antigüedad”.

Todos ellos pertenecen a esa clase que no hace nunca “puentes festivos” kilométricos. Que no tiene tiempo, ni recursos, para hacer cursitos de formación y reciclaje. Y que lo tienen que pagar todo muy caro – a su precio y sin prebendas. Son, también, de esa misma clase los parados por las ruinas de cualquiera de las 141.249 empresas y fábricas que, desde que comenzó la crisis económica, se han dado de baja de los ficheros de la Seguridad Social por falta de actividad –una pequeña tontería si tenemos en cuenta que en España hay más de 2,8 millones y medio de empresas familiares (muchos son simples talleres, bares y comercios), que representan el 75% del empleo privado, es decir, dan empleo a más de 13,5 millones de trabajadores.

Y es que muchas de estas empresas no pueden subsistir, mucho más, con artículos a precio de “chino”; sin financiación bancaria y con clientes sin recursos. Son las victimas de la llamada globalización –Palabrita, esta, con mucho tufillo a “compás y mandil”- y de la insolidaridad de sus compatriotas. Pues son esos propios vecinos, de los parados, los que son capaces de comprar un zapato asiático, en lugar de comprarlo valenciano; o comprar una lata de espárragos del Perú, en lugar de hacerlo de Navarra.

Salí del bar del polígono pensando que cada vez se patentiza más la nueva vertebración de España y que mucho ha cambiado la cosa desde que aquellos pensadores del siglo diecinueve y veinte. Tanto ha cambiado, que de aquel enfrentamiento social ya no queda nada. Muchos de los viejos partidos, que todavía sobreviven, lo hacen anclados a una realidad social trasnochada y que responde, en su mayoría, a ideologías que no tienen, hoy, ningún viso de prosperar en una realidad social y cívica muy diferente a la de nuestra historia.

Ahora podemos ver unidos, por intereses comunes y cierta desesperación, con fuertes dosis de miedo al futuro, a empresarios y trabajadores – ¿Quien lo iba a decir?- miembros meritorios de lo, poco, que va quedando de esa España productiva y sacrificada de la que, al fin y al cavo, dependemos todos.

Ya no podemos exigirles mucho más: no podemos exigirles que sigan financiando con su sudor esta España de tecnócratas – del gasto desmesurado y de las travas, impuestas a los ciudadanos, para producir –Ley antitabaco. Mantener a esta España con el fabuloso gasto que supone el financiar a las diecinueve replicas, de los antiguos ministerios de Madrid –uno por comunidad autónoma: Con sus sedes; su presupuesto anual -que hay que gastar por narices-; personal trabajador vitalicio; colaboradores sempiternos; equipos materiales; publicaciones; viajes en primera clase; vehículos y un largo etc.

Con una clase política trasnochada y arcaica; con motivaciones idealizadas e irreales que piensan que viven el país de Alicia –en el mejor de los casos-; incapaces, a todas luces, de dirigir, con efectividad honesta y sacrificio, esta nación. A quienes solo les importa su perpetración en el poder y que tratan a los ciudadanos con argumentos elementales y marketineros -como si fuesen sus clientes. Una clase política que cada vez que salen del gobierno, con sueldo y fortuna vitalicia, dejan una legión de enchufados, en puestos clave, y sicarios para el futuro, agradecidos de por vida.

…No, ya no podemos exigir tanto sacrificio de esa pobre España productiva ¿No les parece?

Esta es mi triste opinión de la realidad patria y esta muy lejos de esa otra que nos pretenden vender todos los días.

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