A vueltas con la legalidad

Gonzalo de las Heras Zúñiga 10 noviembre 2010 Opinión

No hace falta tener muy buena memoria para recordar las pasadas elecciones forales y municipales. Tras varios (y no precisamente pocos) conatos de concurrir a las elecciones, la izquierda radical abertzale se coló en algunos ayuntamientos de Navarra y el País Vasco como consecuencia de una irresponsable actuación del Gobierno de Zapatero. A los pocos meses, el Tribunal Supremo no hizo sino constatar lo que desde meses atrás, una parte de la clase política y social de este país había denunciado. ANV era un instrumento de Batasuna, y Batasuna había sido declarada como un instrumento de ETA.

A lo largo de estos años, lo concejales que llegaron a los diferentes ayuntamientos bajo las siglas de ANV permanecieron en sus asientos como no adscritos a ningún grupo político, y ejercieron los derechos que les correspondían como tal. Entre otras actuaciones, nunca ha faltado la no condena del terrorismo.

Son ya muchísimas las veces que he hablado del problema del terrorismo con gente que no comulga con mis ideas, y que sin tener que comulgar con las de ETA, no entienden o comparten que se ilegalice o pretenda desterrar de las instituciones públicas a partidos políticos que no condenan la violencia como forma de solucionar nuestros problemas y diferencias. ¿Pero debo sentirme un fascista por opinar que las ideas radicales no deben tener cabida en nuestras instituciones?

Siempre he pensado y lo sigo haciendo, que no podemos partir de la idea de que en Democracia “todo vale”; pensar que cualquier idea puede tener cabida en nuestro sistema y debe ser igualmente respetada, nos lleva a la conclusión de que si una idea cualquiera fuera respaldada por la mayoría, sería legítima. Pues sí, pero no siempre.

Hitler ganó unas elecciones democráticas, y la ultraderecha comienza a tomar importancia en algunos países europeos. La izquierda radical abertzale, también ha ganado las elecciones en muchos pueblos de la Comunidad Autónoma Vasca y de la Comunidad Foral desde hace años, dejando amplios espacios a la impunidad de quienes se han dedicado a amenazar a quienes no pensaban como ellos y amparando los continuos homenajes a presos y militantes de la banda asesina ETA. ¿De verdad puede pensar alguien en su sano juicio, que todo el esfuerzo y sangre históricos que ha llevado a la humanidad a reconocer como iguales y libres a todos los individuos de una sociedad, es compatible con la defensa del asesinato y la amenaza como forma legítima de opinión? Manida hasta la saciedad está ya la expresión de que “la Democracia no es perfecta, pero es el mejor sistema que se conoce”. Habrá que suplir de alguna forma sus carencias y lagunas, y qué mejor forma de llevar a cabo esta tarea que dándonos entre todos una reglas de juego que nos permitan garantizar los principios y libertades del sistema.

Ilegalizar a una formación que no condena la violencia terrorista en España, es lo mismo que ilegalizar partidos o asociaciones que se declaran antisemitas o nazis en Alemania. Son medidas de autorregulación, lamentablemente necesarias, que hay que tomar para evitar que la democracia se corrompa en sí misma. No es ilegítima la ideología abertzale en sí, y que quede esto bien claro, sino que es el apoyo de la violencia como tal lo que la hace ajena a las bases y fundamentos del sistema en el que pretende integrarse.

Por eso no entiendo que se me tache de fascista por defender la ilegalización de un grupo de formaciones que aspiran a representar a un colectivo de ciudadanos en unas instituciones democráticas sin compartir lo más básico de la Democracia: el respeto por las ideas y la vida de los demás.

Así pues, no entiendo porque una idea tan básica y sencilla como esta, nos trae de cabeza cada vez que se aproximan elecciones. La banda terrorista ETA lleva tiempo sin matar, y hay quien dice que quiere dejar de hacerlo. Ojalá así sea. Pero, ¿debe ser condición para que ETA deje de matar que la izquierda abertzale más radical vuelva a las instituciones? ¿No es eso una legitimación implícita del ejercicio de la acción terrorista como método válido de negociación? No tenemos por qué tener prisa. El horizonte temporal para la paz no es mayo de 2011. Comprobemos primero si la voluntad de la izquierda abertzale radical es verdaderamente la de buscar el cese definitivo y rotundo de la lucha armada, y si hay motivos constatados y constatables para hacerlo, comencemos a hablar de fechas y elecciones. Hasta entonces, la prudencia será la mayor de nuestras virtudes, y las prisas y los atolondramientos el mayor de los peligros. Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

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Comentarios (1)
  1. spurgus says:

    Coincido con Ud. don Gonzalo. En realidad, no tenemos ningún dilema moral ni ético ni político: la estructura política de ETA esta (logicamente) ilegalizada, y no hay más que hablar.

    Si alguien saca el tema, y se pone a jugar con él, no hay duda alguna de que quiere alterar el statu quo creado por la sentencia, que ponía punto final. Es mentira que haya que hacer algo para “recuperar” el derecho democrático de la “izquierda” abertzale. El voto nacionalista de centro, derecha e izquierda, tiene una pléyade de posibilidades en Euskadi y en Navarra, y mañana mismo podemos fundar Ud y yo otro partido independentista o lo que sea… el problema es que no pueden escapar de las garras de los “milis”, que se creen con derecho a asesinar, o sea que también de imponer a los “suyos” la línea o peaje que quieran.

    Mientras los simpatizantes “abertzales” no decidan en su mayoría, desde la esfera de su intima convicción política y ética, no soportar ni dar soporte a semejante opresión, y abrazar la mano que los “españolistas” les estamos tendiendo por lo menos allá desde 1976 y comprendan que no somos sus enemigos, sino sus vecinos y sus mejores amigos, no podrán “normalizar”(se). Es la tragedia de una parte del pueblo que se perdió en los parajes extraviados de la paranoia histórica. Es cuestión de salud mental. Tenemos que comprender y decir que la paranoia puede ser colectiva y afectar a todo un pueblo, tal como ocurrió en Alemania contra el pueblo judío, del que formaba íntima parte, y que además era parte selecta.

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