Los derechos de los toros

Miguel Izu 11 agosto 2010 Opinión

Cuando prohíban los toros, entre otros argumentos, probablemente se utilizará el de los derechos de los animales. Sé que voy a contracorriente del progreso, pero no acabo de creer en ellos. Pienso que no hay derechos sin deberes, que son la cara y la cruz de la misma moneda. Exigir obligaciones de los animales resulta peliagudo. Reclamar a los toros, un suponer, que respeten las disposiciones del reglamento taurino, que se abstengan de saltar la barrera, que no acometan al picador suplente o que embistan a la muleta y no a la femoral del torero es poco práctico. Así que no veo claro que podamos considerar a los animales sujetos de derechos cuando tampoco son aptos para ser sujetos de obligaciones.

Los defensores de los derechos de los animales suelen centrarse en los mamíferos, a los que atribuyen un sistema nervioso suficientemente dotado para el sufrimiento, obviando a los protozoos, los insectos o los moluscos. Deduzco que la cosa debe tener que ver con la evolución. Las especies más evolucionadas tienen derechos y las menos evolucionadas tendrán que esperar turno. Me parece dudoso que haya muchas especies que hayan llegado al grado de evolución requerido para estar dotadas de derechos. La especie humana, sin ir más lejos, apenas acaba de llegar a ese nivel. No hace más de dos siglos que se proclaman los derechos del hombre como exigencia de su propia naturaleza y, por cierto, la primera mujer que por la misma época exigió que se reconocieran también los derechos de la mujer acabó en la guillotina, todavía no lo tenían muy claro. Cumplir con nuestros deberes todavía nos cuesta, por ejemplo sigue habiendo gente que agarra a los toros en el encierro y que lanza almohadillas al ruedo de la plaza aunque sabe perfectamente que está prohibido, dando un ejemplo deplorable a los animales. Estando así los humanos, mucho menos veo todavía a los toros suficientemente evolucionados como para asumir sus derechos y deberes. Aún les falta un trecho, aunque a nada que se empeñen los ganaderos y acierten con la selección genética a lo mejor dentro de poco los toros están en condiciones de cumplir el reglamento y hasta de pagar impuestos; cosas más difíciles han conseguido algunos criadores, como producir borregos con aspecto de bovinos.

Me da que los antitaurinos disponen de argumentos más sólidos si en vez de los derechos animales esgrimen los de los seres humanos, como el derecho a no soportar espectáculos desagradables o actos que hieran su sensibilidad. Con tal fundamento me parece bien la protección de los animales; me acusarán de incoherencia pero soy totalmente contrario a la matanza de focas, las peleas de perros y las artes de pesca que matan delfines, incluso a esa salvajada del Toro de la Vega de Tordesillas (un saludo a los enemigos que me acabo de crear allí). Esta me parece una razón mucho más consistente para prohibir algo, como cuando los medios de comunicación censuran fotografías o vídeos de accidentes o crímenes alegando que pueden herir la sensibilidad del público (el menos sensible se abalanza a buscarlos en Internet y los encuentra enseguida entre las páginas más visitadas).

Pero si hablamos en términos de sensibilidad humana ante espectáculos desagradables la cosa resulta muy discutible y hay que establecer criterios para decidir los dudosos límites entre lo que se prohíba y lo que no. La Delegación del Gobierno precisamente prohibió hace años el encierro nudista que protestaba contra el otro encierro con argumentos de ese tipo, apelando al decoro y exigiendo que los manifestantes cubrieran mínimamente sus partes (ya saben qué partes). No está claro si fue porque dejó de herir la sensibilidad de los ciudadanos pudorosos, pero el caso es que entró en decadencia y desapareció. En cambio, no prohibimos otros espectáculos donde sufren tanto espectadores como participantes: el boxeo, el festival de Eurovisión o esos concursos japoneses donde tienen que comer gorgojos vivos. Difícil saber hasta dónde se debe limitar la libertad de quien está dispuesto a sufrir y la de quien elige contemplar el sufrimiento ajeno (el sufrimiento humano no sólo se admite sino incluso se valora y se admira en el deporte, en el trabajo o en el matrimonio). En fin, a la espera de que la evolución natural consiga que los toros sean capaces de asumir derechos y deberes, confío en que nos aplacen el sufrimiento que nos produciría a algunos en Pamplona la prohibición de los toros.

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Comentarios (1)
  1. a la contra says:

    Estimado Miguel, no puedo estar de acuerdo con tu razonamiento, aunque pueda estarlo en tu convencimiento.

    Recuerda que también existen los derechos del niño, por ejemplo. Y también los derechos del no nacido. ¿El no nacido tiene obligaciones? Yo creo que no, y según tu razonamiento, entonces tampoco podría tener derechos.

    Yo no creo que que para tener derechos, haya que tener obligaciones.

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