En memoria de Eduardo Hernández Asiain

Javier Horno 12 mayo 2010 Opinión

No soy yo quien más cerca ha estado de don Eduardo hasta su último aliento ni quien ha estado a su lado con la abnegación que requería. Así que, con cierto pudor, quisiera expresar lo que supongo que a muchos de sus amigos hoy nos unirá.

El violinista en ejercicio se despidió hace casi dos años. Pero su ilusión por enseñar, no. Hace un mes fui a visitarle y, de paso, llevé el violín. Me detuvo en el segundo compás: fíjate que ahí hay una anacrusa. Debes marcarla. Nos dijo una vez: “No puedo vivir sin la música. He nacido con ella, he vivido con ella y moriré con ella”. Así fue.

Es este un momento de despedida. También de agradecimiento. Gracias a Dios, en  quien Eduardo creyó y en quien ahora descansa. Gracias a su familia, que hasta el último momento le ha cuidado (con Marisol, su sobrina, en primera línea) y que han recibido a sus alumnos siempre con cariño y naturalidad. Gracias a tantos amigos que le han acompañado (Marisol Bel, con el piano, en infinitas veladas). A su enérgica y vitalista esposa, Villarcín, con quien ya se ha reunido, que seguía escuchando su Tschaikovski con el embelesamiento del primer concierto. Y gracias a don Eduardo, porque fue fiel a su vocación artística, con una fidelidad que ha hecho pasar muchos momentos felices a muchas personas. Porque ofreció recitales hasta pasados los noventa años, sabiendo dónde y qué, y el público se iba con el corazón esponjado. Porque todas las horas eran pocas para recibir a sus alumnos, y estos le sentían como a un profesor admirado, como a un mayor venerado, casi como a un abuelo que se adopta.

En la música hay más técnica y más cálculo del que el público piensa. Eduardo, fuiste un maestro del cálculo artístico. Estabas seguro, me decían hace muy pocos días, de que ibas a llegar a los cien. Incluso en ese difícil cálculo erraste por muy poco. Te hubiera gustado acertar: eras perfeccionista. Sin embargo, como tú mismo apuntabas después de haber analizado minuciosamente un adagio de Schumann, si todo esto no lo sientes aquí –señalabas siempre el corazón- es inútil. Todo no se puede, pues, calcular; tampoco la edad. Pero eso que hay ahí, detrás de tantos pliegues, de tantos prejuicios y compromisos, eso que señalabas abriendo tu mano poderosa de pulso perfecto sobre el pecho, eso no te falló. Y en esta tarde de primavera nublada, de compromisos y de necrológicas rápidas, es el más hermoso pensamiento el de tu voz serena, tu mirada brillante y tu afable sonrisa de artista y maestro.

 

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (3 votos, media: 3,00 de 5)
Cargando...
Encuestas

¿Cree usted que es una buena idea que el Parlamento de Navarra tenga que aprobar las declaraciones por unanimidad?

Ver resultados

Cargando ... Cargando ...
Publicidad

El baúl de los recuerdos

Esta noticia la publicamos el 23 de enero de 2009