El concurso Pablo Sarasate.

Javier Horno 2 octubre 2009 Opinión

Hace unos días, el crítico musical de Diario de Navarra Fernando Pérez Ollo hacía su análisis del concurso bienal que, se supone, difunde la música del violinista. En su escrito vuelve de nuevo sobre la, según él, infundada opinión de que en un concurso como este se premie injustamente a favoritos de algún miembro del jurado. Nos recuerda la primera edición del concurso, en 1991, con sus gritos de “tongo” para concluir que “pensar que los violinistas del tribunal mangonean impunemente entre ellos, es una ofensa a la inteligencia”.


“Es tremenda la facilidad con que se puede hablar sin saber y sin tomarse la molestia mínima de enterarse.”, añade al recuerdo de 1991. F.P.O. es muy aficionado a referir anécdotas musicales (no sé qué enfado de Marta Argerich, por ejemplo) como si historietas semejantes fueran papiros sublimes de la historia. Cascada de erudición para olvidar detalles muy significativos.


            La primera edición de nuestro concurso, en 1991, fue un escándalo. Se ha de recordar que Spivakov presentó a una alumna suya, Ripsime Ayrapetiants. La deliberación fue muy larga. En pugna estaban Gabriel Croitoru, veintiséis años entonces, y la alumna de Spivakopv de dieciséis. La diferencia era evidente; yo no encontré a nadie entre los profesionales de Pamplona que no opinara lo mismo. Croitoru fue durante años lo mejor que había pasado por el concurso; interpretó un soberbio primer movimiento de Tchaikovsky –entonces rara vez se escuchaba en Pamplona- y Ayrapetiants un bonito Mendelsshon, que para poder competir con el otro debería haber sido sublime. Pero, además, Croitoru se atrevió con la Fantasía de la ópera “Carmen”, con éxito. Y a día de hoy su trabajo es el de solista, además de estar doctorado con una tesis sobre Sarasate, a quien grabó en España. Finalmente, escuchamos anonadados cómo se llegaba a una solución de compromiso: sumar los dos primeros premios, dividirlos entre dos y otorgar sendos primeros premios a Croitoru y Ayrapetiants.

F.P.O. me recordaría sin más a esos personajes de la Vetusta de Leopoldo Alas “Clarín”, que responde a los chismes con tono de cátedra universitaria, si no fuera porque en este caso calla lo que es una provocación callar, pues él fue testigo de aquel mangoneo, ya que formaba parte del jurado. Es decir: aquí hay menos chismorreo y más inteligencia de la que F.P.O. cree.


F.P.O. nos recuerda que también cuentan las pruebas eliminatorias en el resultado final. Por eso mismo la trampa está servida. En las pruebas eliminatorias es mucho más fácil inflar las notas ya que no existe la misma presión de público, y la cantidad de participantes permite que las comparaciones entre ellos sean más laxas. Un miembro del jurado puede presentar a una alumna, rezan las bases, pero además de parecer bueno hay que serlo. En las bases también se leía que los premios son indivisibles, y me gustaría saber a qué canon se atuvo el jurado para considerar que el apaño al que se llegó no era una división de premios.

 
           Resumiendo: te llaman a presidir un jurado, no presentes a una alumna nada más llegar y encima la premies de esas maneras. Spivakov nos tomó el pelo. A esto se puede sumar otro dato “colateral”: en el jurado estaba entonces Eduardo Hernández Asiain, que se oponía a premiar de tal manera a la alumna de Spivakov. Spivakov no le volvió a convocar. Ha resultado que nuestro especialista en Sarasate, un hombre que lo ha interpretado y grabado con gusto exquisito, ha sido ninguneado por un Spivakov a quien no le he oído tocar aquí ni la Playera que interpretábamos los alumnos de 5º de violín.


En este concurso no llega a la final nadie de más de veinte años, y hay cierta tendencia a premiar a la precocidad más que a la madurez. Así que en este concurso es difícil escuchar versiones de un cierto aplomo. Ya aburren un poco los adolescentes haciendo de mayores. Prefiero a jóvenes tocando con una personalidad medianamente hecha y que ofrezcan una interpretación creíble. Pero estamos en la era de las marcas, los récords y la capital de la culturalidad. Beethoven hacía llorar tocando el piano; hoy se prefiere que el Zapateado de un jovenzuelo arranque palmas. He instado alguna vez a que se valore otro repertorio de Sarasate y lo sigo haciendo. Sarasate compuso bellísmas partituras de un lirismo romántico entonces nada rompedor, pero que hoy conserva todo su encanto. Sería tan fácil como proponer cinco títulos de estos como obligatorios y repartirlos en la final, a sorteo. El público aficionado lleva dieciocho años escuchando las mismas tres o cuatro piezas.

       

           Personalmente el Sarasate me aburre. Lo vi empezar mal, nunca se corrigió y sigue igual. Asisto esta última edición para hacer la crítica de la revista Ritmo y me encuentro que, oh casualidad, el que gana es el que menos me ha gustado. Menos mal que todavía estamos en un país libre…

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Javier Horno.

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