El reglamento y el sentido común

Uno de los efectos más perniciosos que nos está provocando a los seres humanos la irrupción de la informática electrónica es que nos empuja a pixelar todas las cosas. Las excepciones molestan; las curvas no cuadran; lo sutil, la intención, el olor o el sentimiento a duras penas intentan ser sustituidos por un emoticono. Pero la epidemia no se contenta con cuadricularnos el disco duro. Necesita además extender su punto de vista rectilineo a todos los campos de la vida. El funcionariado, siempre tan vulnerable al pie de la letra se ve ahora reforzado en su enfermedad normativista por el computariado. El sentido común escasea cada vez más en los empleados de lo público, nuestros servidores, que se escudan en la dificultad evidente de poner orden en ciudades cada vez más masificadas. Pero el anonimato no puede ser una excusa para acabar con el sentido común. Los ponedores de multas tienen que saber que hay ocasiones en las que el reglamento, según el mismo reglamento, no debe aplicarse. Hay que humanizar a los vigilantes de las zonas de colores, los policías y guardianes de variados uniformes, los inspectores que inspeccionan. Los políticos, tan humanos ellos, seguro que algo podrían hacer en ese sentido.
Jerónimo Erro

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