Ni somos iguales ni nos conviene serlo

La igualdad del igualitarismo revolucionario es un dogma caducado pero aún no caído y por eso la definición genial del arrepentido Orwell -"unos son más iguales que otros"- está escrita con tinta invisible en el encabezamiento de todas las leyes vigentes. No somos iguales, porque además del factor suerte y del componente providencial de cada cosa que nos pasa hay que contar con el hecho de que somos libres. Todos conocemos casos de personas afortunadas y talentosas que acabaron muy mal. Y viceversa, personas de orígenes mediocres en muchos sentidos que culminaron con eso que llamamos éxito la historia de su vida. Los socialistizantes practicantes que gobiernan hoy en día en casi todo el mundo se lo callan pero lo saben muy bien porque son gente bastante práctica en medio de la ideologización que mueve sus actos: no somos iguales. Por eso hacen demagogia con los ricos mientras procuran vivir como los ricos, y ser amigos de los ricos, y casar a sus hijas con los hijos de los ricos. Nada nuevo bajo el sol. El problema es que el sistema de clases sociales que nació con el liberalismo del XIX y que se pudrió con el socialismo del XX no es perfecto. Tampoco lo eran seguramente los estamentos del antiguo régimen pero al menos aquellos no entendían la vida social como esa permanente guerra civil que es la lucha de clases, o de generaciones, o de sexos, sino como una estructura estable y armoniosa, formada por elementos complementarios. La historia de nuestro pequeño reino está llena de ejemplos: la paz social es lo que nos hace fuertes. En cambio, el igualitarismo clasista que fomenta la confrontación entre unos y otros no deja sitio ni a la rueda de la fortuna, ni a la libertad individual ni, casi, a la mismísima Providencia. 


Jerónimo Erro

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