Raíces de la eutanasia.

Josefa Romo 25 febrero 2009 Cartas al director / Agenda
Hace poco, saltó la polémica por la muerte provocada a la italiana Eluana Englaro. ¿De dónde ha salido la idea de eutanasia, que tanto muertos ha provocado con y sin normativa estatal? Se ha prodigado la frase “calidad de vida”, y se termina pensando que el valor de la vida depende de su bienestar. No somos cosas sino personas y todos de la misma dignidad. Ricos y pobres, sanos y enfermos, nacidos y no nacidos, adultos y jóvenes, ancianos y niños, somos todos dignos de atención y de aprecio, y más cuando somos más frágiles; incluso el delincuente tiene dignidad como persona y la sociedad debe rescatarle de su mala conducta. Los términos “calidad de vida” facilitan el pensamiento de que unos merecen vivir y otros no. La cultura de la muerte viene de la mano de un lenguaje amañado para que penetren ideas rechazables y rechazadas. Las ideas de eutanasia se inspiran en la eugenesia de Francis Galton y en el darwinismo social, que llevó al jurista Kart Binding y al psiquiatra Alfred Hoche, en Alemania, en los años 20, a desarrollar ideas que justifican la destrucción de vidas que decían sin valor para la sociedad. Los nazis fueron quienes primero las pusieron en práctica, por una normativa de Hitler ( código de acción T4). En un momento de crisis económica, unida a una gran crisis moral sobre todo de los gobernantes, difundían slóganes para hacer pensar que “hay vidas que no merecen” o que son indignas porque consumen los recursos de la nación. Y empezaron a cargarse a síndromes de Down, a enfermos psíquicos y físicos de hospitales, a inválidos y no sólo a judíos. Luego, una notificación de defunción a los familiares y la hipócrita condolencia ( entre otros, se cargaron a un primo del Papa actual, muy querido suyo). Decir sí a la eutanasia es considerar que la vida no es un valor en sí misma sino que tiene un valor relativo, según sus cualidades. Esas ideas conducen a una pendiente muy peligrosa. Empiezan por matar de hambre y de sed, siguen por inyecciones letales a ancianos y a enfermos terminales con el visto bueno de la familia o sin él en hospitales y terminan matando a quienes no son enfermos crónicos ni enfermos graves pero que no pasan el control de calidad. Es una vorágine, como la del cazador insaciable. Cuando Hitler, por temor a la reprobación del Vaticano, prohibió la práctica eutanásica, los médicos convertidos en verdugos, continuaron. El hombre que pierde la moral, es la mayor fiera.  

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Esta noticia la publicamos el 21 de agosto de 2012