2º. Éxito político de Sabino de Arana.

Carlos Ibáñez Quintana. 11 febrero 2009 Opinión

Hace más de treinta años un vascofrancés apellidado Larronde, presentó en la Universidad de Burdeos una interesante tesis doctoral sobre Sabino de Arana en la que afirmaba que “supo aglutinar los odios contra Madrid existentes en el País Vasco”. Esa era la frase. Poco más o menos.

En efecto: a la sazón existía en toda España, y especialmente en la Vascongadas y Navarra, un fuerte descontento contra los gobiernos de la Restauración alfonsina. Descontento que a veces degeneraba en odio contra Madrid. Que, concretamente en Sabino, engendró odio que extendió a todo lo español.

El descontento estaba más que justificado. Se impuso a toda España un régimen político de falsas libertades que oprimía a los españoles. Un sistema de partidos "turnantes" que implantó el caciquismo como elemento fundamental de la representación popular. Esto se hacía muy sensible en Vascongadas que hasta poco antes habían gozado de un sistema foral de participación política, sencillo y eficaz. 

En el terreno religioso se empezó a vivir una persecución a la Iglesia. A pesar del Concordato, de la presencia del Nuncio en Madrid y de la participación de la Jerarquía en ceremonias oficiales. Las agresiones a los católicos por “extremistas incontrolados” eran frecuentes, ante la pasividad de las fuerzas de orden público, y los desmanes quedaban impunes. De vez en cuando, los católicos tenían que reaccionar ante intentos de leyes injustas como las propuestas por Canalejas y Romanones. En lo que a Vizcaya respecta, una peregrinación a Begoña, el 11 de octubre de 1904, fue atacada, produciéndose un muerto entre los asistentes, ante una fuerza pública que, desplegada, no intervino.

Por otra parte desde las instancias políticas se desvalorizaba el ser español. “Es español quien no puede ser otra cosa”. Esto no lo dijo Sabino de Arana, sino el mismísimo Cánovas del Castillo.

A este respecto, nunca me olvidaré de que la diatriba más antiespañola que me ha tocado aguantar en mi niñez, no la escuché de labios de un separatista vasco, sino de un no vasco, médico, pariente lejano. Respondía a la educación que había recibido en centros de enseñanza oficiales, durante el citado periodo de la restauración.

En tales circunstancias no es extraño que cuajasen las ideas de Sabino. Sobre todo cuando a la predicación se unió una acción política que se preocupaba de los intereses populares, abandonados por los políticos liberales y conservadores. El éxito de Sabino no se explica sólo por sus facultades como comunicador; se lo facilitaron las injusticias de los gobiernos liberales y conservadores. El éxito del separatismo lo había predicho Menéndez y Pelayo pocos años antes en el epílogo de los “Heterodoxos”.

El componente religioso de sus ideas atrajo a fervorosos católicos quejosos de la persecución solapada, apagada en ocasiones, pero siempre recurrente. Ello dio a un sector del nacionalismo vasco un carácter confesional acusado. Una parte del clero aceptó ilusionada las nuevas doctrinas y el nuevo partido.

Sabino de Arana pensaba que la Jerarquía estaba obligada a una acción política antiliberal. “Defendemos los derechos de la Iglesia luego la Jerarquía y Roma tienen que estar a nuestro lado y en contra de los que gobiernan”. Y esta manera de pensar la trasplantó a su nuevo partido. De ahí las frecuentes concomitancias de clérigos nacionalistas con la acción política del partido y las frecuentes quejas de que la Iglesia no atiende “los derechos de los vascos”.

El nacionalismo llega a los vascos con cien años de retraso. El primer nacionalista vasco había sido José Agustín Chaho, suletino que, a la vez, fue el primer vasco enterrado sin ceremonia religiosa. Escribió sus ideas en tiempo de la primera guerra civil (1833-1840). Sus ideas no cuajaron porque el campo no estaba aún preparado. El nacionalismo, que es una religión, da lugar a ese extraño catolicismo de Sabino que ya hemos calificado de “euzkoislamismo”. Conjuga una estricta práctica religiosa con la aceptación de un mesianismo centrado en la imaginada patria y que sus fieles trasladan a su persona.

 Mesianismo incompatible con un catolicismo serio. Del que, en líneas generales, “pasaban” la mayor parte de sus seguidores. De vez en cuando se producía una fricción con la Jerarquía. Un día el Obispo amonestaba un escritor nacionalista que acusaba a los agustinos de Guernica de preferir la atención a las jovencitas a los demás apostolados. Otro era que Sabino publicaba una versión del Padre Nuestro en la que vertía sus revolucionarias teorías ligüísticas, a pesar de la previa prohibición del Obispo. Pero los nacionalistas seguían nutriendo las asociaciones piadosas, llenado los templos, participando en las masivas manifestaciones de Fe y dando sus hijos al sacerdocio y comunidades misioneras.

Extraña mezcolanza de la Fe ancestral con el odio que aparece claro en los escritos de Sabino de Arana. Odio que nace de una lógica reacción a una agresión injusta. Pero que, como todo odio, termina por ser estéril. Por borrar la Fe de las almas de sus seguidores.

Corría el año 1932. El PNV llevaba a cabo una política estatutista que a un seguidor de Sabino, de los de primera hora, le pareció tibia. Éste decidió reivindicar la memoria de su “maestro” y publicó una antología de sus afirmaciones que reunió en un libro que tituló “De su alma y de su pluma”. Mayor colección de barbaridades no se puede encontrar. La obra fue rechazada incluso por muchos nacionalistas. Era el odio destilado y filtrado.

En mis años de estudiante, muchos días de labor asistía a la Santa Misa en la parroquia de Nª Sª. del Carmen, de Bilbao. Me llamó la atención, por su estatura, un anciano que diariamente se acercaba a comulgar. Pasado el tiempo me enteré de quien se trataba. Era el mismo autor de la compilación citada. Renuncio a juzgarlo. Menciono el caso para que veamos a qué aberraciones puede conducir un catolicismo ferviente pero parcial. Y a todos los lectores les recuerdo aquello que dijo el Señor de “la primera piedra”. Porque ninguno de nosotros está libre de caer en lo mismo.
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Carlos Ibáñez Quintana.  

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