El vascuence batua

Carlos Sánchez-Marco 17 noviembre 2008 Opinión
Carlos Sánchez-Marco prosigue hoy una serie de seis artículos sobre la Lengua en Navarra:
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4. El vascuence “batua” 
 
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En nuestros días, el nacionalismo vasco ha preferido explicar la decadencia del vascuence, que provocó la creacion del batua, como el resultado de una política deliberada de genocidio lingüístico de los gobiernos centrales de España y de Francia y en particular del franquismo. Nada más incorrecto histórica y lingüísticamente. 
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Hasta el siglo XVI no poseen las hablas vascuence textos extensos y sólo en época muy reciente ha recibido cultivo literario escrito. Se trata de un  habla  rústica – o “vulgar” en términos lingüísticos – que no encuentra lugar en la escritura hasta 1545 en que el navarro-francés Bernat Dechepare publica el primer libro en vascuence (con título en latín “Linguae Vasconum Primitiae”). Una literatura religiosa no aparece hasta el siglo XVIII. Hasta muy recientemente se nos ha ofrecido como un idioma que mantenía su peculiarísima estructura, pero sometido a secular e intensa influencia léxica del latín y del romance y fraccionado en multitud de dialectos, o más bien variantes dialectales, que prácticamente han desaparecido con la imposición oficial del “batua”.
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Jimeno Jurío pensaba que frente a las lenguas cultas (latín, árabe, occitano, gascón, francés, español), utilizadas oficialmente por la Iglesia, la corte y la administración, el vascuence fue lengua vulgar, propia del pueblo que trabajaba las tierras, cuidaba el ganado y designaba casas, montes, pastizales y cultivos en su propia lengua, la única que conocía. La toponimia es por lo tanto la expresión de la cultura y de la lengua del pueblo vasco, confirmando así la no disponibilidad del vascuence para otras comunicaciones sociales escritas de mayor trascendencia cultural.
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           El vascuence prácticamente desapareció cuando, en el siglo XIX, el nuevo contexto urbano e industrial requirió a sus hombres – la mayoría provenientes del mundo rural – el conocimiento que aportaban las culturas de lenguas escritas, ofreciéndoles a cambio participar en nuevas actividades económicas que abrían el difícil camino de una progresión social deseada. Y tampoco por otra razón el fundador del Partido Nacionalista Vasco, Sabino Arana, predicó la oposición al desarrollo industrial de Vizcaya. No hay duda que intuyó perfectamente que el desarrollo económico, la creación de concentraciones urbanas y, en definitiva, el progreso social tal como se entiende en la sociedad moderna, relegarían definitivamente el uso del vascuence. Con ello se habría perdido su principal sello de identidad, y a eso quiso Arana oponerse con sus predicaciones e inventivas. Ya en los años de la década de 1960, agotadas las reservas de mineral de hierro de Vizcaya, la industrialización artificialmente promovida con elevadas tarifas arancelarias y restricciones cuantitativas a la importación – clave del éxito económico de las provincias vascongadas – produjo una llegada masiva de trabajadores de habla española que en no pocos municipios industriales constituyeron mayoría lingüística, acentuando de este modo el retroceso del vascuence. 
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El latín, y luego las lenguas romance hispánicas, tuvieron el doble activo de ofrecer al pueblo versiones cultas y vulgares. Fueron "linguae rustica" como el vascuence y además  – y no así el vascuence  – vehículos constantemente perfeccionados de transmisión escrita de cultura con fuerte proyección de universalidad, como es el caso de la lengua española. El vascuence (las variedades dialectales de las hablas vascas) adoleció siempre de este segundo elemento. No transmitió cultura escrita literaria y ya era muy tarde, en siglo XIX, cuando los sentimientos nacionalistas quisieron despertarlo.
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            Miguel de Unamuno opinó en los primeros años del siglo XX que el vascuence había muerto y merecía un funeral. Y lo decía porque opinaba que ya no podría competir con lenguas más evolucionadas y perfeccionadas en la tarea de transmitir cultura en una sociedad cada vez más concentrada en grandes urbes. Unos 30 años más tarde, en la tribuna del Congreso de los Diputados (18 septiembre 1931), recordaba Unamuno la gran conmoción que produjeron sus palabras al principio de siglo, cuando dijo a sus paisanos
que el vascuence estaba agonizando, que no nos quedaba más que recogerlo y enterrarlo con piedad filial, embalsamado en ciencia. (…) Hoy continúa eso, sigue esa agonía; es cosa triste, pero el hecho es un hecho, y así como me parecía una verdadera impiedad el que se pretendiera despenar a alguien que está muriendo, a la madre moribunda, me parece tan impío inocularle drogas para alargarle una vida ficticia, porque drogas son los trabajos que hoy se realizan para hacer una Lengua culta y una Lengua que, en el sentido que se da ordinariamente a esta palabra, no puede llegar a serlo”. 
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            Fue clara la oposición de Unamuno a la creación de una nueva lengua normalizada: “por querer hacer una lengua artificial, se ha hecho una especie de “volapuk” perfectamente incomprensible. Porque el vascuence no tiene palabras genéricas, ni abstractas y todos los nombres espirituales son de origen latino, ya que los latinos fueron los que nos civilizaron y los que nos cristianaron también”.
 
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            La Real Academia de la Lengua Vasca
Euskaltzaindia acordó en 1968 normalizar el vascuence basándose en la variedad dialectal del grupo occidental vizcaíno, y fijó el "batua" – “vasco escrito unificado” o “lengua literaria común” –, vascuence normativo unificado, para las actividades públicas y la enseñanza, en un intento de frenar la evolución decadente y retroceso de la lengua y potenciarla para convertirla en vehículo transmisor de cultura, una capacidad que nunca había desarrollado a través de la historia y cuyo hecho explica, por encima de cualquier otra razón, su inexorable decadencia histórica. No fue el resultado de un proceso espontáneo de acercamiento de diferentes hablas – como ocurrió con la progresiva fusión de las lenguas romance en la lengua española hasta el siglo XVI – sino el fruto de una planificación guiada por una institución lingüística e impuesta políticamente por vía legal como principal instrumento del “nacionalismo lingüístico”. El intento de la Real Academia de la Lengua Vasca en 1968 para crear el batua, una lengua uniformadora de las distintas hablas vascas, vino a colmar, aunque muy tarde, la indisponibilidad histórica del vascuence para transmitir cultura escrita.
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            Los académicos que se oponían a la creación del batúa no habían querido que la Academia creara nuevas palabras o neologismos ya que opinaban que esta tarea incumbía al pueblo y a los escritores. Opinaban también que el batua sería un pseudo-dialecto alumbrado más por intereses políticos que por cualquier otra razón. Y temían que la introducción del batua con apoyo oficial necesariamente haría morir definitivamente las “variedades dialectales”, las únicas que merecerían el respeto de los lingüístas e historiadores, por su autenticidad popular y trayectoria histórica ininterrumpida. Consideraban que el batúa sería una lengua artificial, oficialista, difícil de amar y que podría por ello estar condenada a morir sin que entonces pudieran ya rescatarse la variedades dialectales históricas. Se constata al acabar el siglo XX que la “transmisión natural” de hablas dialectales tradicionales en el entorno familiar ha desaparecido en prácticamente todos los lugares, ya que la modalidad unificada del batua se ha impuesto en las escuelas, lo que ha alejado el habla de los niños de la de sus padres o abuelos.
 
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            Si bien a nivel lingüístico la creación del “batua” debe considerarse negativamente al haber fagocitado inexorablemente las hablas dialectales ancestrales, a nivel político ha sido el mayor éxito cosechado por el nacionalismo vasco desde su aparición en la escena politica a finales del siglo XIX.  El vascuence, de haber sido históricamente solo un “habla”, ha pasado ahora a constituir una verdadera “lengua”, con todos los elementos que se precisan para constituir un “idioma”. La fijación de esta lengua no habrá sido sin embargo por el recorrido evolutivo de su muy escasa literatura escrita a través de la historia, sino por ley, decreto y orden impuestos políticamente a la sociedad. Ayudado por la deslumbrante introduccion de la informática en el sector editorial a finales del siglo XX, las bibliotecas vascongadas han podido llenarse en muy poco tiempo – no sin una impresionante contribución presupuestaria de los gobiernos nacionalistas – de todos los libros ahora disponibles en batua. En muy poco tiempo, un tiempo realmente “record”, se ha conseguido dotar al sector de la educación y  enseñanza de todo el utillaje que nunca tuvo en lo que ahora se ha convertido en una lengua transmisora de cultura escrita. Los “decretos” y los “presupuestos” han conseguido en muy poco tiempo – coincidiendo no casualmente con la ayuda inestimable de la violencia desencadenada por ETA – dotar al nacionalismo vasco de “identidades propias lingüísticas” y “hechos diferenciales”, que la historia no había conseguido realizar en la escritura. La primera piedra de base para sustentar la nueva “nacion vasca” ha sido instalada. Es el batua y con él, un nuevo “nacionalismo lingüístico”, principal arma del proselitismo separatista. 
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 La contrapartida negativa del éxito político del batúa es la desaparición casi instantánea de los últimos rescoldos que quedaban de variedades “dialectales” de hablas vascuence. Condenadas éstas irremisiblemente a su total y definitiva desaparición, no puede pasar desapercibido que el respeto al batua no podrá ser el mismo que el que los estudiosos han venido teniendo a las hablas vernáculas. Tanto más cuanto que la muerte de éstas, su final en la historia, se deberá al parto de este “batua” gestado con fines políticos para la creación de una “nación vasca”, algo que sería imposible de concebir sin la disponibilidad de una lengua escrita unificada.
  
Carlos Sánchez-Marco  

Artículos anteriores:

1. El nacionalismo lingüístico
2. Una cultura histórica politizada
3. ¿Vasco o vascuence?

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