Plan de rescate, “Moral hazard” y “momento Minsky”.

Redacción 30 septiembre 2008 Noticias
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Deuda tóxica.

La única razón por la que ahora hace furor esta expresión es que usted, por fin, ya se había familiarizado con el término “subprime”. La deuda tóxica es una prolongación de la deuda subprime, y está en el origen de la crisis del sistema. Sólo una pequeña parte del activo de los bancos es dinero. El resto del dinero que usted ingresa en caja el banco lo presta. El dinero se convierte en títulos, en papel. Por ejemplo en una hipoteca. La titulización de la deuda toxica es el proceso en virtud del cual se mezcló indiscriminadamente deuda subprime con activos prime, por lo que se convirtió en sospechosa la solvencia de casi todos los títulos que acumulan los bancos. Los bancos se han encontrado de la noche a la mañana con que todo ese papel que tienen en sus manos no vale nada. Nadie da un euro por él, y menos que nadie otros bancos. No hay mercado. Y si todo el papel que tiene no se puede convertir en dinero, el banco se queda sin liquidez, no puede hacer frente a sus pagos y quiebra. Es lo que vemos un día sí y otro también en los telediarios. Apenas hay un solo comprador evitando que se colapse el sistema: el estado. Las intervenciones e inyecciones de liquidez de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo también están a la orden del día en los telediarios.

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El “momento Minsky”.

Minsky fue un economista estadounidense que relacionó los ciclos alcistas de la economía con el desarrollo de una euforia especulativa que se mantiene mientras aumenta el volumen del crédito. Así hasta que los beneficios producidos acaban no pudiendo pagarlo, de forma que empiezan a producirse impagos que desencadenan la crisis. El resultado es una contracción del crédito o credit crunch, que afecta incluso a las compañías que sí pueden pagarlo, momento en que se produce una crisis de liquidez y la economía entra en recesión. Minsky, que era un intervencionista, aseguró que estos momentos resultan inevitables en el libre mercado, salvo que intervenga el estado. Es por ello que para una importante corriente de opinión estamos en pleno desarrollo de un "momento Minsky", que exige un plan de rescate del gobierno.

El plan de rescate.

El plan propuesto por el presidente Bush, consensuado con los candidatos a la presidencia John McCain y Barack Obama, pretende de hecho nacionalizar toda la deuda “tóxica”. La idea es que si el estado respalda los títulos sospechosos, la seguridad de ese aval vuelva a poner en marcha el mercado. El gobierno estadounidense ha calculado la cuantía del plan en 700 mil millones de dólares. Dólares que, en último término, saldrían del bolsillo del contribuyente.

The moral hazard question.

Para entender la negativa del Congreso a respaldar el “plan de rescate” del presidente, es preciso explicar previamente el concepto de “moral hazard” o riesgo moral. En el mundo anglosajón, se define este riesgo moral como el que uno corre cuando sabe que no es él quien va a responder por los actos que cometa. Esto es ahora mismo el centro del debate en los EEUU. ¿Por qué deben pagar los ciudadanos por las malas prácticas de los banqueros salvando su negocio?

En un reciente editorial, Iñaki Gabilondo afirmaba que “el ultraliberalismo se guarda en el cajón cuando hay vacas flacas: socializar las pérdidas, privatizar los beneficios. Receta perfecta para ganar siempre”. Lo cierto es que ayer el sector más duro del partido republicano torpedeó el editorial de Gabilondo y el cacareado plan de rescate del sistema financiero en virtud de un planteamiento moral. La cuestión sin embargo resulta compleja. Por injusto que resulte moralmente, existe el riesgo de que el perjuicio de los ciudadanos si cae el sistema financiero pueda ser mayor para ellos que si se hacen cargo de la deuda. Un extremo, sin embargo, difícilmente calculable. Aquí se dividen las opiniones entre los intervensionistas y los partidarios de dejar caer las entidades que haga falta, esperando la supervivencia de los más fuertes y la autorregulación del mercado. Paradójicamente, como ha demostrado la votación en el Congreso USA, es la izquierda quien aparece como salvadora de los banqueros y la derecha quien propugna abandonarlos a su suerte. Lo que todo el mundo tiene claro es que este debate no existiría si sobre quien se debatiera abandonarlo a su suerte fuera el dueño de una zapatería, una carnicería, o una floristería.

Las encuestas.

No cabe duda de que los ciudadanos norteamericanos están aterrorizados por la dimensión de la crisis económica. Sin embargo, las encuestas muestran que sólo un 30% de ellos están dispuestos a pagar las alegrías crediticias del sistema financiero. El 45% se opone decididamente y el 25% permanece indeciso. No cabe duda de que este estado de opinión tiene alguna repercusión en las decisiones políticas que se tomen a poco más de un mes de las elecciones. Por otra parte, nadie se atreve a predecir lo que se puede ver en un mes si se deja que su hunda el sector financiero.

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