Asociacionismo: ¿Dónde están los voluntarios?

Jerónimo Erro 24 abril 2008 Claves

Hubo un tiempo en que Navarra era tierra de voluntarios. Había entonces muchas personas que hacía las cosas por amor al arte. Las asociaciones nacían como hongos. Y los socios sacaban tiempo para autogestionar lo suyo en amor y compaña. Las juntas directivas no sabían lo que era cobrar dietas. Las subvenciones llegaban a cuentagotas. Se hacía lo que se podía. Los archivos y las actas solían ser un desastre pero en general la red asociativa funcionaba. A base de esfuerzo. A base de tiempo libre rascado con afán. A base de compromiso.

En estos momentos es preciso reconocer que el movimiento asociativo está en crisis con el consiguiente riesgo de aborregamiento que genera la falta de redes sociales intermedias entre el indivituo y el poder. Internet, que parecía llegar en socorro de las relaciones humanas no está sirviendo al asociacionismo de carne y hueso. Crea infinidad de logotipos, plataformas, etiquetas pero frecuentemente se quedan en el mundo de lo virtual.

Este fenómeno es común al asociacionismo cultural, al deportivo, al sindical, al religioso y al político… incluso diría que hasta incumbe al delictivo. Las pocas actividades de iniciativa social libre que no han sido arrebatadas por el funcionariado gubernamental sobreviven gracias a escuálidas secretarías subvencionadas. 

Lo peor de todo es que el asociacionismo juvenil, que debiera ser cantera para futuros activistas sociales no encuentra renovación. No es que falten vocaciones para el clero. Es que faltan para el dominó, para el teatro y para la arqueología. Hay colectivos presuntamente “juveniles” que tienen una junta formada por cincuentones. Jóvenes de espíritu, sin duda. Pero cincuentones.

El problema es de calado y está intimamente relacionado con cuestiones como la falta de compromiso, la cultura del automóvil y la “escapada”, la hiperoferta cultural y de ocio. Y me temo que también tiene algo que ver con cierta concepción empobrecida de democracia que exagera el valor del voto hasta el punto de dejar la totalidad de la vida social en manos de los políticos electos y su ejército de funcionarios. Como si votar una vez cada cuatro años no solo fuera necesario, sino suficiente.

 

Jerónimo Erro

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