Educación: No sea que se traumaticen

Javier Horno 26 noviembre 2007 Opinión
Hace unos días se hablaba de la última aportación del socialismo a la educación, y su implantación en Navarra: los alumnos de primero de bachillerato que suspendan hasta cuatro asignaturas, podrán repetir sólo esas cuatro y escoger alguna de segundo.

Esto, en realidad, no es más que otra paletada de arena sobre el agostado y yermo terreno de la educación. Podríamos debatir aquí sobre la inconveniencia de la nueva ley, adalid del espíritu de sesteo, pero nos desviaría la atención de un problema más grave y antiguo, que es que los alumnos, desde primaria saben que no hace falta esforzarse mucho para aprobar una asignatura, cuando no para obtener un “Progresa adecuadamente”.

El abajo firmante es profesor de secundaria y bachillerato, y en los ocho años que lleva impartiendo diferentes asignaturas ha pasado por diversos centros públicos y concertados. No hacen falta muchas estadísticas para observar que, en general, el grado de exigencia ha descendido y que la caída se acusa más en la escuela pública. El añorado cinco raspado es hoy una fábula de alquimista en busca de no sé qué objetivos mínimos: un cúmulo de “me ha trabajado últimamente”, “me ha entregado el cuaderno” o ha copiado, probablemente, algún trabajo de internet. Es decir, el cinco ya no es un cinco raspado, sino limado y carcomido, camuflado con un emplasto de paternalismo gárrulo y, al final, perjudicial. No es inusual que en las juntas de evaluación de septiembre un profesor aplace su veredicto hasta escuchar el de sus compañeros: si el alumno ya tiene dos suspensos, ese profesor le aprueba, para evitar que repita curso.

El problema de la educación radica en que lo más importante es una larga, paciente y rutinaria tarea de esfuerzo diario, de disciplina en los pequeños detalles, de lecturas y relecturas…; de volver a depositar la confianza en el saber, en que nuestro cerebro es mucho más poderoso de lo que pensamos. Y una parte de la sociedad está en los prejuicios políticos, en la pedagogía progre y en el “un ordenador para cada alumno”. Los libros están llenos de actividades bobas, las lecturas se han infantilizado, el diccionario no existe, la ortografía no se puede corregir porque de hacerlo “suspenderían más de la mitad”, y un largo etcétera de consignas para que nuestros chicos, pobres, no se traumaticen.

Los que cantan aún las excelencias de esta educación mediocre para todos que trajo el socialismo (y que tienen una querencia más que sospechosa por las escuelas concertadas o privadas cuando se trata de sus hijos) deberían dejar la demagogia una vez que sabemos que España está en la cola de los informes europeos sobre educación. Se necesita una reforma educativa de arado romano, que proponga valientemente destruir de raíz la mediocridad. Lo primero que debería proporcionar un gobierno, en vez de esa inútil educación para la ciudadanía (que el Gobierno de Navarra ha adoptado, sorprendentemente), es una instrucción de calidad. Llevamos demasiados años de una formación aguachinada que fomenta el clasismo. Sí, el clasismo: hoy, la calidad de la educación es para quien se la pueda pagar.

Javier Horno.

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