La batalla de las campanas

Jerónimo Erro 6 septiembre 2007 Claves

Es una típica batalla de símbolos, lo peor de lo peor pues ya se sabe cómo se dificulta la armonía social cuando se entrecruzan sentimientos, nervios e impulsos indefinidos bajo el amparo de lo simbólico. Y es una batalla que habrá de librarse, de forma que todo el mundo se retrate en un sí o en un no.
Para los cristianos y postcristianos tranquilos y prácticos las campanas del casco viejo de Pamplona son como el tictac que marca el ritmo vital y religioso de la ciudad. Son una voz amiga que suena para todos, -salvo los sordos, es natural- democráticamente. Son un aviso de que el tiempo pasa, que vuela. Y son para los estetas un eco de nostalgia, de tipismo provinciano, de arqueología sonora de lo más turístico que te puedas imaginar.
Pero para el apóstata practicante o para el resacoso crónico son una tortura indecible. Así que no les quepa duda que harán todo lo posible por acallarlas. Y dirán que alteran el descanso de los pobres enfermos. Y afirmarán que producen grietas en las torres de los monumentos. Y sacarán a relucir una normativa europea que señala no se qué límites de decibelios en una ciudad moderna. Pero lo que pasa es que no soportan esa lengua de bronce porque es la voz de su propia conciencia. Porque llama a la oración. Y parece que golpe a golpe pregona a los cuatro vientos los pecados de cada cual. Y eso, si eres medio-ateo, fastidia bastante.  ¿A que sí?

Jerónimo Erro

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