Pedro Ojer

Redacción 9 marzo 2007 Opinión
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NAVARRA EN EL TAPETE: ESTOS LODOS Y AQUELLOS POLVOS Parecía que nunca iba llegar este momento, pero ya está aquí. La Navarra orgullosa de su desarrollo económico, de su historia, de su cultura, de la reciedumbre de sus gentes demostrada en los momentos decisivos de la Historia, esa misma Navarra, es la que empieza a contemplar sobrecogida cómo su futuro se decide en una timba soterrada, y entre tahúres ajenos la suya parece ser la voz más débil. Quién lo iba a decir. Once siglos han pasado desde que un puñado de hispanos del prepirineo, vascones y godos, se sublevaran contra el poder invasor establecido en Córdoba. Once siglos de existencia de ese pedazo de la Hispania católica rota por la invasión musulmana, llamado primero Reino de Pamplona y después de Navarra. Once siglos de ley, de religión, de diplomacia, de cultura sin k. Once siglos de Europa, de España, de Roma, de Grecia, de cristianismo, de latín, de vascuence, de castellano. Once siglos de civilización, que parecen sucumbir ante un órdago filosófico-existencial que ha ido incubándose de modo silencioso entre nosotros, por nosotros y gracias a nosotros, tan ocupados que estábamos percibiendo la suave brisa de la prosperidad. Pero ya ha llegado. Es el nuevo paganismo edípico que pretende una realidad nueva, soñada. Las palabras ya no significan, la frontera entre la mentira y la verdad, entre el ser y el querer, ha de ser borrada. Delenda est veritas. Ha avanzado triunfante entre la indolencia general, y ahora se dispone a tomar la joya de nuestra corona, la pieza más visible y reluciente de un tesoro que hace tiempo empezó a ser expoliado. Durante años no parecieron más que una minoría movilizada y ruidosa. Un toque de color local, incluso. Dejando aparte el clamor de la sangre odiosamente derramada, sus proclamas míticas, sentimentales y revolucionarias, aparentemente desvinculadas de toda razón práctica inmediata, no producían más que chanzas o discusiones temperamentales en el bar, la sobremesa o la oficina. Hoy están a punto de tomar el timón de la nave. Alguien tendrá que preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí. Alguien tendrá que pararse a pensar cómo se permitió que se hicieran con los quicios de nuestra sociedad, empezando por el sistema educativo. Y sobre todo, habrá que señalar a quien está dispuesto en esta hora de la verdad a entregarles las llaves del santuario, y por qué. Cogito ergo sum: puesto que hemos empezado a pensar, parece que todavía no hemos dejado de ser. Y el primer acto de ese regenerado pensamiento puede ser la manifestación del 17 de marzo. Quizá aún estemos a tiempo. Pedro Ojer

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Esta noticia la publicamos el 7 de diciembre de 2017