Agramont

Redacción 16 noviembre 2006 Opinión
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SOBRE LAS ENCUESTAS Las nuevas encuestas aparecidas en el Diario de Navarra ayer y antes de ayer, no varían substancialmente de las del navarrómetro aparecidas ya hace unos meses. UPN y CDN pueden perder su mayoría absoluta, si ese 16% de indecisos no se inclina decididamente a darles su voto. Esto no tendría por qué ser importante, ya que es lógico que un partido en el poder desde hace ya tiempo sufra cierto desgaste y se produzca la alternancia. El problema es que las consecuencias de la alternancia en Navarra pueden ser en esta ocasión definitivas: la desaparición de Navarra como Comunidad Foral diferenciada. Esto llevaría a la desparición de todo el patrimonio cultural e identitario del Viejo Reyno. Sí, no nos engañemos, sería así. Euskadi no admite otra forma de ser que la suya propia. ¿Y tiene esto mucha importancia? Más de la que parece. Navarra es un cruce de caminos con identidad propia y una larga tradición institucional diferenciada. Ha sido un espacio construido con la influencia real, no imaginaria, de muchas culturas: la hispano-visigoda, la vascona, la islámica, la influencia judaica, la francesa, la aragonesa, la castellana….y a su vez, ha sido origen de algunas de estas realidades históricas. Interdependencia, influencia mutua, enriquecimiento mutuo. Navarra ha ido escogiendo el camino de su identidad, entre la historia y la modernidad, intentando no perder la riqueza de su tradición, su derecho propio -que es algo tan importante-, sus instituciones locales intermedias, su patrimonio cultural. Y siempre ha optado por Occidente y por los valores cristianos que lo sustentan. A lo largo de su historia, así lo ha hecho en cada ocasión. Formamos parte de Europa. Somos Europa. Ahora se nos pide que desechemos nuestra riqueza para adherirnos a una modernidad artificial y pobre, que hunde sus raíces en una presunta cultura “pre” todo, furibundamente cerrada, local y algo cutre -todo hay que decirlo-, que compra a golpe de talonario el patrimonio que no posee. Euskadi no busca sus raíces donde las encontró el Viejo Reyno: en la antigua monarquía hispano-visigoda, heredera del Imperio de Occidente y de sus valores. Nos pide que rechacemos todo eso. Que nos unamos al revuelto de paganismo de brujas y txalapartas, de arcaísmos artificiales y romanticones baratos, y de oportunismo postmoderno, que ellos llaman Euskadi. Todo ello, bien aderezado con violencia, presión, falta de libertad, clientelismo político y modos mafiosos. Pero hemos dejado en manos de no se sabe quién la educación de los nuestros y la transmisión de nuestra tradición. Y la libertad necesita transmisión. Perderemos nuestra identidad, nuestra tradición y con ello nuestra libertad. Vaya a usted a saber a dónde nos llevan estos.

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Esta noticia la publicamos el 3 de agosto de 2007