+ Fernando Sebastián Aguilar. Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela.

Redacción 8 marzo 2006 Opinión
Imagen de + Fernando Sebastián Aguilar. Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela.

HOMILIA DEL ARZOBISPO DE PAMPLONA EN LA PRIMERA JAVIERADA 2006 Queridos hermanos, Sacerdotes y religiosos, Jóvenes y adultos, Hermanos todos en el Señor. Como todos los años, en este primer domingo de Cuaresma, nos hemos reunido junto al Castillo de Javier, para renovar nuestra fe y nuestras convicciones cristianas celebrando comunitariamente la Eucaristía del Señor bajo el amparo y la ayuda de este gran amigo de Jesús que fue San Francisco de Javier. Os saludo fraternalmente a todos los presentes, y saludo también a cuantos están unidos a nosotros por los medios de comunicación. Muchos de vosotros habéis venido a pie. Ofreciendo al Señor el cansancio de una larga caminata. Buscando tiempo para el silencio y la oración. BIHOTZEZ AGURTZEN ZAITUZTET HEMEN BILDU ZARETEN GUZTIAK ETA TELEBISTAREN BIDEZ GUREKIN BAT EGITEN DUZUENAK. ZUETAKO ASKOK BIDEA OINEZ EGIN DUZUE ISILTASUN ETA OTOITZ UNEAK BILATUZ. Las Javieradas tienen este año para nosotros una especial significación y una fuerza singular. Hace quinientos años que nació aquí este hombre admirable, este cristiano insigne que es nuestro Santo Patrón. Atraídos por su memoria queremos que este año sea un año jubilar, un año especialmente santo, año de oración, de conversión, de renovación de nuestra vida cristiana y de misión. Todos vosotros, salvo algunas posibles excepciones, sois cristianos, y muchos sois cristianos fervorosos, creéis en Jesucristo, queréis vivir de acuerdo con su evangelio, con los mandamientos de Dios y las enseñanzas de la Iglesia. Pero quizá no todos tenemos una fe suficientemente clara y firme, una fe capaz de iluminar, orientar y configurar nuestra vida, siendo la norma viva de nuestro comportamiento. Es posible que Jesucristo no ocupe todavía en nuestro corazón ni en nuestra vida el lugar que le corresponde. Por eso la primera lección que tenemos que recibir de San Francisco de Javier es su conversión sincera, radical y definitiva. El joven Francisco, después de muchas luchas y resistencias, vio que Jesucristo era la verdad de su vida, se sintió ganado por el amor de Jesús y tuvo el valor de entregarle su vida con un amor apasionado y una confianza sin límites. El cumplió perfectamente la llamada de Jesús a la conversión, tal como nos recuerda San Marcos en el pasaje del evangelio que acabamos de escuchar. Como consecuencia de esta conversión su vida cambió radicalmente, dedicándose al servicio de los enfermos y al anuncio del evangelio, convencido de que lo más importante que podía hacer en la vida era ayudar a los hombres a conocer a Dios y a creer en El, siguiendo a Jesucristo en el estilo de vida, y viviendo como hijos de Dios, en la justicia, en el amor y en la esperanza de la vida eterna. Hoy como ayer, para nosotros como para aquel joven lleno de ilusiones, Jesús sigue siendo la suprema Verdad de nuestra vida, la revelación del amor de Dios, el Camino de la verdadera humanidad y del verdadero progreso, el descubrimiento de la verdad del mundo, presidido por la soberanía y el amor de Dios. Un mundo sin Dios, un mundo sin ley moral es un mundo desconcertado, un mundo retrógrado, y termina siendo un mundo cruel y salvaje, en el que se profana el amor y se justifica la matanza silenciosa de miles de inocentes. Los cristianos no podemos dejarnos envolver ni dominar por las corrientes de este mundo. Ya sabemos que en el ambiente de hoy hay muchos que prescinden de la fe y de la religión, sabemos que, unas veces por comodidad y otras por cobardía, muchos se han alejado de la Iglesia y viven olvidados de las enseñanzas de Jesucristo, como si Dios no existiera. Pero nosotros, los cristianos, no podemos dejarnos dominar por la cultura del laicismo anticristiano y del bienestar egoísta. Por la gracia de Dios hemos conocido la bondad de Dios, Creador y Padre lleno de misericordia. Sabemos que la justicia y la paz del mundo nacen de la justicia interior del corazón y de la conversión del egoísmo al amor verdadero, cumpliendo el gran mandamiento de Cristo. Con la asistencia del Espíritu Santo, queremos vivir, en privado y en público, de acuerdo con los mandamientos de Dios y las enseñanzas de N.S. Jesucristo. Dejemos el miedo y la falsa vergüenza que tantas veces nos paralizan, dejemos la comodidad que nos hace actuar a veces contra nuestra propia conciencia, demos un paso al frente, como el joven Francisco de Javier, y digámosle al Señor: Señor Jesús, creo en ti, quiero ser tu discípulo, pongo mi vida en tus manos, dime qué quieres que haga, dame tu amor y tu gracia que esto me basta. Queridos jóvenes, ¿no llega a vuestro corazón como llegó al corazón del joven Francisco de Javier la palabra de Jesús que os llama para ser sus discípulos predilectos? ¿No sentís la necesidad de amar a Jesús sin condiciones para entrar con El en el Reino de Dios y llegar a ser, como El quiera y donde El quiera, misioneros de su evangelio? Si hoy, después de comulgar, hiciéramos sinceramente esta oración y tomáramos una decisión semejante, nuestra Iglesia recobraría el vigor necesario para anunciar el evangelio en estas nuevas indias de nuestros pueblos y de nuestros barrios, donde hay tantas familias que se deshacen, tantos jóvenes que viven angustiados, asfixiados en un mundo tan materialista y con tan pocos horizontes de humanidad. Viviendo al estilo de San Francisco de Javier, con la Verdad y el Espíritu de Jesús, seremos capaces de levantar una Iglesia joven y misionera, capaces de construir una sociedad nueva, una sociedad que sepa ser moderna sin traicionarse a sí misma, conservando la fe y respetando la ley de Dios. – una sociedad en la que el amor entre hombre y mujer sea fundamento de matrimonios y familias estables, donde los hijos sean acogidos con amor y descubran para siempre el rostro misericordioso del Padre celestial; – una sociedad en la que todas las personas puedan vivir en paz, sin odios ni violencias de ninguna clase, sin atentados ni amenazas contra la vida de nadie, sin políticas ilusorias que pretenden construir una sociedad libre y feliz al margen de la ley de Dios. – ¿No estamos acaso demasiado resignados a la difusión de la mentira, al crecimiento de la corrupción y la permisividad moral, al deterioro moral de la vida pública?. San Francisco de Javier nos está recordando a los cristianos que la Palabra de Dios y las enseñanzas de Jesucristo, cuando son acogidas y practicadas en la vida, tienen la fuerza y la fecundidad suficiente para crear una sociedad nueva, según la sabiduría de Dios y las aspiraciones más auténticas de nuestro corazón. – Esta es hoy la responsabilidad apremiante de los cristianos en nuestra sociedad. Esta es vuestra responsabilidad. Como a San Francisco también el señor nos dice a nosotros. Id y anunciad a vuestros amigos la gran noticia del amor de Dios. Xabierko Frantzisko santuak bizi osoa eman zuen sinismena munduan zehar zabalduz. Jainkoaren maitasuna gurekin dugu. Jesukristogan dugun sinismenak bizi berri batera deitzen gaitu; Espiritu Santuak Xabierren antzera munduaren erdian benetako Kristoren testigu izatera bultzatzen gaitu. San Francisco Javier, entregó y gastó su vida para difundir por el mundo esta fe: contamos con el amor de Dios nuestro Padre, la fe en Jesucristo nos abre el camino para una vida santa, una vida de hermanos, liberada del poder del mal y santificada por el amor verdadero, ese amor fiel y generoso que el Espíritu de Dios hace crecer en los corazones de los verdaderos creyentes. Que la Virgen María, Madre de Jesús y Madre nuestra, que tantas veces consoló y asistió a San Francisco Javier en sus soledades y en sus padecimientos, nos ayude también a nosotros a amar a Jesús con todo nuestro corazón y a vivir nuestra vida cristiana con la fuerza y la generosidad con que la vivió nuestro santo Patrón. + Fernando Sebastián Aguilar. Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela.

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Esta noticia la publicamos el 31 de agosto de 2010