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Viaje de invierno

Javier Horno 28 Febrero 2017
Imagen de Viaje de invierno

 

Viaje de invierno

(Wilhelm Müller, ediciones El Acantilado, Barcelona 2003)

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Es un lugar común que la poesía, más que ningún otro género literario, mengua en la traducción. La lectura en la lengua original (un deseo que nadie desecharía) conlleva el prestigio de saber lenguas. Por eso, la recomendación de hoy quisiera aportar una sucinta reflexión acerca de un valor literario creo que poco estimado: el arte de la traducción.

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Decía Henry David Thoreau, en su libro Walden, que para aprender una lengua literaria habría que volver a nacer. Hablamos de “saber inglés” como si fuese cosa de un máster que pagar y al que dedicar un año. Parece ser un problema mayor el dinero que el tiempo y el esfuerzo. Nos obsesionamos con que los niños estudien lenguas y nos olvidamos de que conocer una lengua literaria como el castellano es tarea de años.

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Para disfrutar de un autor en su lengua original veo más que difícil prescindir de una traducción, por imperfecta que sea. Dominar una lengua literaria no es simplemente saber mucho vocabulario (que también), sino haberlo integrado como en un segundo nacimiento y ser capaces de recibir el mismo asombro de las cosas a su través, sin la rémora de ir traduciendo a cada paso. Pero, además, la lengua literaria ya no sólo es compleja por ese vocabulario que desconocemos, sino por toda una lógica con que la tradición literaria ha formado eso que llamamos “manera de ver el mundo”, “análisis de la realidad”…, acervo que late bajo las sucesivas creaciones, conocimiento que hay que sobreentender mientras se lee.

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En España hay grandes traductores, y uno puede conocer a excelentes poetas gracias a esas traducciones. Y puede descubrir, como a mí me ocurrió hace unos días, un librito luminoso y acogedor como la chimenea encendida de un hogar que nos abriera su puerta una noche de frío y ventisca.

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Wilhelm Müller (1794-1827) es un poeta poco conocido para quienes no estén muy versados en literatura alemana y parece que tampoco en su época recibió demasiados parabienes. La fama comete alguna que otra injusticia. Este Viaje de invierno (Winterreise) es un ejemplo de poesía romántica de primer orden, pero además es una de esas pequeñas obras que traspasan su propia estética y ya da igual todo para referirnos a ella: para hablar de este viaje de invierno sólo deberíamos hacerlo. Hay lecturas en las que uno parece ver acercarse al autor que las creó, de cuya memoria queda tal vez sólo un dibujo a carboncillo, por la niebla de la imaginación: borroso, pero real. Müller será para el lector, después de esta lectura de invierno, un poeta al que intuimos en la niebla.

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Winterreise es una sublimación del desamor hecha con una pocas palabras (veinticuatro poemas), un paisaje, frío, nieve, hogares con puertas cerradas y algunos cuervos impertérritos acentuando la soledad de los árboles. Pocas veces he leído algo tan real sobre el desamor y a la vez consolador. Porque el arte, al menos como se ha entendido en el mundo occidental hasta que se entronizó una melagomanía esnob, es una búsqueda trascendente, y léase esto en sentido religioso: el arte es un misterio permanente. Los poemas de Müller expresan la soledad existencial, y una de las soledades más radicales y crudas es la angustia del no-ser tras un profundo desamor, pero la convierten en eso tan débil y tan luminoso, como toda querida criatura; la creación hace vibrar el valor de la frágil y limitada voluntad humana; es una puerta de esperanza.

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Y la traducción de Andrés Neuman (muy joven en el año de la edición) es la del lector maduro y el poeta. Sabe dejar caer la palabra en el momento justo en que razón lingüística e imaginación poética llegan a un acuerdo razonable. Siempre he preferido las traducciones más literales, aunque prosaicas, a un esfuerzo ímprobo por encorsetar como sea un texto en una cierta cadencia rítmica y que acaba produciendo una sensación de molesta artificiosidad. Pero en este caso no se siente corsé alguno. Neuman es un poeta y, aunque tuviéramos la suerte de discutir con él un par de versos que hubiéramos preferido de otra manera, el conjunto desprende una finura de ingenio y sensibilidad como para quitarse el sombrero y hacer una reverencia como imaginamos se hacían en el siglo XIX.

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Y terminemos esta recomendación hablando de la edición de El Acantilado, editorial que hace de cada libro un objeto suave al tacto, amable a la inteligencia y grato al gusto. Prometo solemnemente que nada tengo que ver con ella más que como comprador. En este caso, además de que todo el libro es impecable en su hechura (ni una sola errata, al menos en la parte “española” del libro -pues la edición es bilingüe) alumbran la obra dos prólogos excelentes.

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Presentar una gran obra es una especie de subgénero literario muy comprometido. Hacía tiempo que no leía una introducción tan equilibrada en fondo y forma, y aquí quiero destacar el trabajo de Julio Navarro, con una prosa de altura. En su introducción nos informa del ciclo de canciones que Schubert compuso entusiasmado por los poemas. Que el gran Schubert leyera por casualidad estos poemas fue uno de esos felices sucesos que hacen historia. Pero me resisto a hablar del ciclo de lieder de Schubert: no queremos deshacer con una frase de compromiso ese insondable misterio de música que parece delineado con la misma nieve que Müller pisó en su contemplación.

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Andrés Neuman, elegante como se podía esperar de un traductor de su talla, da una Noticia sobre el texto y las versiones y explica con justeza el criterio seguido. A un más que razonable precio (lo que viene a costar una entrada de cine) tiene uno en sus manos una delicadeza editorial y el poemario inefable del bueno de Wilhelm Müller. Recomiendo al lector que se lo lleve a su butaca preferida, una de esas noches en que se puede decir que…

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Ahora el mundo oscurece,

y es de nieve el camino.

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