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Platero y yo

Redacción 7 Febrero 2017
Imagen de Platero y yo

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Esta mañana cogimos el coche y nos llegamos hasta la casa grande de Valdeonsella. Si en verano (aquellos veranos de bicicletas y meriendas de pan con miel, de jugar al esconderite frente a la iglesia) era lugar de bullicio, de primos y niños vecinos entrando y saliendo, de la abuela Paca con una monotonía en la voz quejándose de que dejábamos abiertas las puertas y entraban moscas, hoy, las calles desiertas, el cielo gris como en un luto, con el ventorrillo febreril y una lluvia fría que tiene ateridas todas las paredes del pueblo, me produce una sobrecogedora melancolía.

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Son demasiadas las resonancias que querríamos expresar si nos detenemos un momento a mirar. La vida no da tiempo y tal vez por eso recurrimos a la literatura. Hoy, después de habernos estado un rato mirando el campanario vacío (¿no habrán llegado las cigüeñas?) no puedo por menos que acordarme del verano pasado, de mi padre paseando al burro Tirso, un burro que compré un verano loco para irme de juglar y olvidarme de todo, y de un libro que puse en mi alforja, de ese otro burro, literario y universal que ya ha hecho ideales a todos los asnos del mundo.

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Platero y yo, una obra maestra o más: una creación rara por única, delicada y exquisita que sigue esperándonos, como espera la belleza, en silencio. No es evidentemente un libro infantil. Ya en el prólogo Juan Ramón Jiménez decía que “el niño puede leer los libros que lee el hombre”. Por eso me parece estupendo que se lea Platero y yo en el colegio. Yo me recuerdo perfectamente, presenciando ese milagro de la letra impresa por el que otra realidad se hace presente: esos domingos en que “los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo”, a Platero. Y veía a los abuelos de mi infancia, a esos hombres eternizados en la obra de Juan Ramón Jiménez, que se quedaban mirando cuando entrábamos en coche por las calles sinuosas del pueblo.

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Pero Platero y yo no se puede entender en profundidad sin la experiencia de una crisis, de una convalecencia espiritual. El“yo”del título es un adulto que está volviendo a saborear la vida, que está reencontrándose con su infancia, con el primer asombro. Platero es el niño inconsciente, la absoluta naturalidad; con él, su dueño (el autor, el lector) se reencuentra con el mundo: con los paisajes hermosos y abiertos y la naturaleza exuberante; con los rincones oscuros y misteriosos; con la dulzura de los frutos silvestres y los colores mágicos del atardecer; con el veterinario tristón, el cura malencarado, los gitanos ambulantes, el niño tonto…; con la alegría por el canario que volvió a su jaula, la curiosidad por el eclipse, la rutina colegial o la tragedia imprevista. Eso sí, Platero rebosa melancolía, porque la vida es así: la infancia no volverá.

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“A la memoria de AGUEDILLA, la pobre niña loca de la calle del Sol que me mandaba moras y claveles”, escribió Juan Ramón Jiménez en la dedicatoria. Hoy sigo conmoviéndome cada vez que leo esta sencilla frase de la niña Aguedilla, y una tristeza lejana se me presenta en esa niña impedida a la que la Historia olvida. De ella queda rescatada una leve imagen de risa ingenua y torpe en esta dedicatoria magistral como una esencia inefable; realmente, es muy grande el misterio de la literatura.

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Es casi proverbial conocer a Platero y yo por los libros escolares, y casi todos recordaremos ese Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera… Pero Platero y yo merece toda la atención del adulto, nuestra lectura más atenta. Pocas obras literarias mantienen una luminosidad poética tan preclara desde la primera a la última página. El prejuicio de la cursilería posible (si sacamos sus frases de contexto, parece que la hay) se conjura en cuanto uno percibe su belleza sincera y delicada. La primera vez que leí Platero y yo fue un verano, lo recuerdo muy bien, en el pueblo, y utilicé una hoja de seto como marcapáginas. La lectura se mezclaba con aquel sol del verano, y los trinos de Moguer eran los trinos de los pájaros del jardín. Hoy, querido lector, querría haberte comunicado algo de esa íntima sensación de privilegio. No dude en poner este libro esencial en su mesilla. Y tenga un pensamiento, tal vez una oración, para esa pobre loca de la calle del Sol que nos trae moras y claveles, luz y brisa, canto y vuelo todo al mismo tiempo.

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Javier Horno

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