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Moby Dick

Javier Horno 29 noviembre 2016
Imagen de Moby Dick

Moby Dick

(Herman Melville)

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Esta ha de ser una recomendación pequeña para un libro grande. Desde que yo la recibí, han pasado veintitrés años. Me ha costado ponerme a ello; tal vez porque nadie insistió. Pero la recomendación flotaba en el recuerdo.

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En clase de Literatura Barroca analizábamos con Ignacio Arellano las Soledades de Góngora. Al comienzo del poema se hace alusión a los exvotos que dejan en la iglesia los marineros que se han visto salvados en las tormentas. Arellano nos recordó a este respecto una página de Moby Dick. “¿Han leído Moby Dick?”, preguntó, cambiando el tercio. Ninguno de los presentes la habíamos leído. “Pues ¿qué hacen aquí? Váyanse ahora mismo a leer Moby Dick.” La pena es que no le hicimos caso entonces, al menos yo.

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Se ha hablado mucho del arranque de Cien años de soledad y su “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento”, pero yo no he leído un comienzo tan alucinante como el del gigante cachalote. Y, sinceramente, no había oído hablar de él. Lo que se dice en esa primera página ahorraría muchas sesiones de psicólogo a más de uno. Moby Dick es la historia de una viaje en barco, de una salvaje terapia, de una reescritura de la Vida en el mar… No sé muy bien lo que es, pero en el Pequod (así se llama el barco que busca al cetáceo) se refresca uno la cabeza, sobre todo si viene del siglo XX.

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Una de las primeras cosas que llaman la atención de esta novela es su originalidad argumental. Ocurren cosas que despistan continuamente y que tienen una lógica tan meridiana como una niebla difusa; no se sabe muy bien qué hay detrás, pero uno intuye que hay un vasto paisaje. Y se siente desde la primera página en las calles de New Bedford, respirando el aire húmedo de una ciudad costera. Olvídese el posible lector de las películas que haya visto. La novela es otra cosa. En Moby Dick no puedes ir a ver una persecución. En Moby Dick uno se embarca y ya todo es importante, porque en la vida del mar hay que respetar sus normas. Claro que por eso mismo, hacia la mitad, no es una lectura tan fácil como al principio se pueda pensar. Reconozco que a mí me costó, como puede costar avanzar a un barco en días de calma chicha. Pero se intuye que es así, que debe ser así.

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Por otro lado, Herman Melville pasó años surcando los mares y el lector no aficionado al mar no sabe qué es un palo de mesana. Aun así Melville no abusa de términos navales, pero esta es una de esas obras en las que viene bien un apoyo visual, una diccionario gráfico, si se quiere disfrutar cabalmente. En este sentido, las ediciones de las grandes obras adolecen de un sentido práctico de la lectura, y una cosa tan simple como anotar al margen los pasajes más difíciles, como lo hacían los monjes del siglo IX en Silos, es una práctica que pocas editoriales utilizan1.

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Tal vez juzgue el lector que esto, más que una recomendación es una disuasión. Creo que uno debe ser sincero. La obra de Melville, simplificada en un argumento de un capitán Ahab obsesionado por una cachalote blanco, no refleja lo que es. Y por eso, tal vez, la pericia relatada en la película más famosa, la de John Huston con Gregory Peck, si bien llamativa y oportunidad para el despliegue cinematográfico, no invita a la lectura. Herman Melville hizo una especie de relato bíblico, de una audacia constructiva impresionante: a veces no pasa nada y pasa todo. Melville hace una especie de regresión a la infancia. Cuando somos niños nos hacemos con el mundo, lo tocamos, lo acariciamos y lo revisamos hasta el infinito sin aburrirnos (o, mejor, aprendiendo a aburrirnos). Hay que meter la mano en el “esperma” (el aceite que se obtiene de los cachalotes) para vivir la bienaventuranza de la armonía. Pocos autores han conseguido tanto de un argumento tan escaso. Pero lo más difícil en literatura acaso sea que lo más elemental sea importante. Melville consigue que notes la humedad de la madera.

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Entre mis obsesiones particulares tengo una que es la contemplación de las preocupaciones de mis seres queridos en toda su misteriosa fragilidad. Y me viene una pena terrible, un sentimiento de compasión enfermizo. ¡Qué lástima damos los seres humanos poniendo nuestras miras en los demás, cuando los demás somos tan egoístas! ¡Qué lástima damos los seres humanos en nuestro diario afán por lavar la vajilla, barrer la casa o izar la vela! Herman Melville demuestra que la vida es sagrada. Misteriosamente frágil, pero sagrada, y devuelve toda la dignidad del ser humano en su mundo, en su circunstancia concreta. No hay concesión alguna a una ternura facilona, ni a esconder nuestras más oscuras pasiones. Melville fue un apasionado lector del Eclesiastés, del que hace el más poético de los elogios. Como decía más arriba, es una voz bíblica.

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Tenía yo subrayada una cita sobre la esperanza para transcribir, pero prefiero dejar al lector aquí. Melville hace un canto de esperanza extraño, a veces oscuro, pero de una autenticidad que no es fácil de explicar. Ni falta que hace. El viaje en el Pecquod es tremendo. No sé si lo repetiría, pero no por pereza, sino porque todo viaje de verdad me da miedo. Si los hago a veces es porque confío en que vale la pena.

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Javier Horno Gracia

1He leído la edición de Sexto Piso, Madrid, 2014, traducción de Andrés Barra (suena admirable) con artísticas y un tanto oscuras ilustraciones de Gabriel Pacheco.

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