Publicidad

Miguel d’Ors, poeta

Javier Horno 9 mayo 2017
Imagen de Miguel d'Ors, poeta

El problema de la poesía es que muy poca gente la lee. En términos de mercado eso significa que no se vende apenas, por muy buena que sea, y, por tanto, no es una actividad económicamente rentable. Esto se remediaría si se leyera más poesía en la escuela, mucha más poesía: si la poesía fuera el lenguaje preferido de la escuela. La sutileza lingüística del hablante tiene enormes beneficios, entre los cuales está, por ejemplo, la protección que proporciona contra la manipulación ideológica, de mercado, etcétera. La poesía no es una cuestión científica, de conocimiento objetivo (que también) sino de expresión emocional, subjetiva. Las armas de la manipulación nos atacan casi siempre por el lado emocional. Por eso la formación estética, en general, es tan importante y convendría que habláramos más de esto, pero sin almíbares.

x

Miguel d’Ors enseña a leer poesía. Para quien no tiene costumbre de leer versos éstos que traemos hoy aquí es son inteligibles y antropológicamente optimistas en líneas generales, lo cual no es poco en los tiempos que corren, con la tendencia del arte contemporáneo a la amargura y a la oscuridad. Otra dimensión educativa de d’Ors es su condición notable de filólogo: es relativamente sencillo explicar sus fuentes de inspiración y, a su vez, apreciar su originalidad, su belleza propia. El lector tendrá en la memoria estos versos de Manrique:

x

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar,

que es el morir.

x

Ese gusto por la metáfora diáfana, cual diana del sentido común, ese cierto laconismo, es frecuente en d’Ors. Citemos unos versos de su “Vista de Roma”:

Esto es vivir:

resquebrajados muros,

fustes truncados, torsos, abatidos

dioses que no respeta

el cardo ni la ortiga (…)

Esto es vivir: un porvenir de polvo (…)

x

A veces, la claridad es transparente, atrevida por lo fácil:

Para tu sola vida cuántas vidas

hicieron falta… (…)

x

Hay que saber seguir con un comienzo así. El poeta d’Ors tiene especial maestría en hacer listas de cosas que explican una idea inicial, (algo aprendido de Walt Whitman, supongo) y llevarte gradualmente, sigilosamente, hasta una panorámica que te deja con la boca abierta. Pero no voy a copiar aquí uno de los poemas que más me impresionaron en mi primer encuentro con d’Ors, “Todo ocurrió para que tú nacieras”.

x

Leemos poca poesía porque nos parece que en los poemas no pasa nada y necesitamos que pasen cosas, necesitamos acción. Pero precisamente porque no pasa nada, la poesía nos permite abrir los ojos para contemplar. A los niños se les atiborra de estímulos de acción, y olvidamos que en la infancia tenemos una capacidad mágica para contemplar. Cuando Antonio Machado escribió aquel poema de “Una tarde parda y fría / de invierno. Los colegiales / estudian. Monotonía / de lluvia tras los cristales”, más que una crítica a un sistema educativo gris, lo que está haciendo es rescatar esa enorme belleza de la labor paciente y tenaz del colegial que hace caligrafía en silencio mientras afuera llueve. Está contemplando.

x

En arte, la belleza está en la sinceridad de la expresión: es la luz de la verdad humana. La luz de la verdad es un principio clásico, no porque venga de la Antigüedad, sino por ser Humano. Decimos: es verdad esto, aunque no sea en sí algo agradable; pero si la expresión tiene fuerza, nos trae al rincón de nuestra lectura una realidad palpitante, atravesada de la voluntad creativa. Incluso en un poema sobre la muerte.

Si has de venir, ven una de estas tardes

enlutadas de invierno,

que no tendré un vecino, ni un hombro, ni una sola

sílaba a que arrimar el peso de mis sombras,

pero al menos habrán de acompañarme

los perros erizados que hurgan en las basuras,

o esta lluvia que arrastra

periódicos y fango y pañuelitos mustios (…)

x

No se puede utilizar mejor un diminutivo. En el lenguaje poético las palabras cobran fuerza también por lo que ya no expresan: del diminutivo de los “pañuelos” ya no queda casi nada, en esa cosa un poco repugnante que es un pañuelo mojado y sucio; sólo queda un recuerdo de su tamaño. Pero ha sonado una voz que lo nombra: sobre el lodo callejero sopla un aire de esperanza.

x

Hablar sobre un escritor vivo al que se admira no es fácil, porque se tiende a hacerle la pelota. Por otro lado uno tiene pudor en faltar al respeto. Ya eso de llamarle “vivo” suena mal, y que Dios guarde la vida muchos años a Miguel d’Ors, como a usted y a mí. En este caso se dan circunstancias atípicas: Miguel d’Ors ha vivido en Pamplona, tiene familia en Pamplona y es, creo, una persona accesible. Saludo a su hermana Pía d’Ors muchas veces por la calle, y, obviamente, no quisiera que se sintiera molesta por nada de lo que aquí se diga.

x

Es cierto que nos debería dar igual, para valorar el arte de Garcilaso de la Vega, saber si estaba enamorado de tal o cual dama. Pero la realidad es que no nos da igual. Cuando leemos a un buen poeta queremos conocer algo de su vida. Esta reflexión viene a cuento porque es evidente que a d’Ors los medios de comunicación lo tratan de manera injusta, por no decir que ni siquiera lo tratan. La razón: que es un escritor típico español… o lo que fue típico: es católico. Pero por otro lado tiene una condición atípica, que es su cercanía al Opus Dei. No vamos a ser tan políticamente correctos de disimular el rumor de que dentro del Opus se produce una cierta tendencia a la uniformidad. La rigidez adopta muchas formas y el sambenito colgado al Opus Dei es un tanto injusto, porque nos olvidamos de que se le ha adjudicado desde un antipuritanismo que enmascara otras formas de rigidez. Aquí todos tenemos nuestro lastre. De todas maneras, reconozcamos que el Espíritu sopla donde quiere o pongamos en duda los rumores.

x

No obstante, la impronta de una forma muy definida de religiosidad puede marcar la producción artística. En este contexto tal vez no sea ilícito preguntarse si la producción de d’Ors no es un tanto escasa. Expliquémonos. Por supuesto que hay que partir de que un tomo grueso de poesía no es moco de pavo. Los poetas buenos no escriben, por lo general, a la velocidad de Lope de Vega. Pero hay en la poesía de d’Ors un pudor por el orgullo de autor, un miedo a la vanidad, un remordimiento por que en la poesía la tristeza actúe como mecanismo de arranque… ¿Estará orgulloso Miguel d’Ors de su don? Yo diría, en lenguaje religioso, que la creatividad es un don divino de arriesgada soledad: Dios pone a cada creador solo frente a su vanidad. Da la sensación de que la voz de D’Ors es especialmente solitaria y, hablando en plata, un tanto pudorosa, aunque se acaba imponiendo el genio creador. Pero esa tensión entre el pudor y el genio se nota.

x

Dice Ana Eire en el prólogo de su segunda antología, El misterio de la felicidad, que hay un primer plano por el que te gusta Miguel d’Ors y quieres seguir leyendo más, pero que en una segunda lectura aprecias una profundidad mayor. Comparto en parte esa sensación. Tal vez un psicólogo hablaría de sentimientos secundarios: tal vez es secundaria toda esa melancolía, la infancia perdida… No lo sé. Pero sí creo que en muchos momentos parece liberarse de toda atadura sentimental, de todo convencionalismo diplomático y tiene la falta de piedad característica del verdadero creador, que ante la verdad (su verdad, la verdad…) se atreve a ser crudo. Pongamos como ejemplo este poema en el que da voz al pintor Rubens, que se confiesa así:

(…) Siento que ya la vida se retira

de mis miembros. Algún mueble ha crujido.

En el hogar las brasas titubean.

Pronto será mi corazón un astro

ciego. (…)

x

Y casi siempre hay un colofón, como un ahondamiento, que deja al lector en las profundidades del mar: los límites no se ven. La técnica de d’Ors se “reduce” a esto: mire usted este paisaje, mire a esta persona… ¿no le parece que la vida es un misterio? Y la sigue utilizando sin perder nada de vigor en su último libro, Manzanas robadas.

x

Miguel d’Ors es un poeta con profundidad, pero no es un poeta religioso. No tiene ese don. No es un creador para el que lo religioso sea algo natural (como lo es, por ejemplo, para Antoine Saint-Exupèry). Pero sí es un creador nato: sus intuiciones gritan en medio de la naturaleza y rompen la monotonía del paisaje. Evidentemente se ve trabajo detrás, pero esa fuerza se tiene o no se tiene. Por esos sus poemas ortodoxos (gracias a Dios, pocos) no tienen mucho interés, algo que también apunta Ana Eire, aunque de modo más disimulado que un servidor, y mejoran mucho (también lo apunta Eire) aquellos en los que expresa dudas, preguntas, vivencias que parecen personales. Al arte le interesa la verdad de cada uno. Y no somos ni ortodoxos ni heterodoxos. La ortodoxia está en los dogmas y la heterodoxia en las herejías. Los sermones no son para los poetas.

x

La poesía de Miguel d’Ors es, a mi entender, la mejor poesía en lengua española de entre los autores contemporáneos que conozco. He leído alguna antología de poesía contemporánea, antologías de un autor, algún título que un amigo te regala; la obra de Miguel d’Ors me parece realmente cautivadora. Creo que es razón suficiente para que en los manuales de literatura nuestros alumnos encontraran a d’Ors. Su obra es un ejemplo estético contemporáneo, de nuestro mundo. Yo lo descubrí gracias al profesor Kurt Späng. Nos entregó para analizar uno de esos poemas ortodoxos, que realmente me dejó frío, pero, en todo caso, su nombre sonó. A los años, viajaba yo a Barcelona con una antología de d’Ors entre las manos. Me sentía desarraigado y solo. Me había metido en el mundo de la farándula (trabajo más solitario de lo que la gente cree), en la gran urbe, contaminada y ruidosa. Sus poemas me trajeron el aroma de la tierra antes de la tormenta, el tacto de la humedad de la lluvia, de la hierba cuando de niño acompañábamos al abuelo por el campo.

Luego, la abuela, aquellas zapatillas

de nube que llevaba,

aquel ir y venir, como volando (…)

x

Si usted añora un poco de ternura, lea a Miguel d’Ors. Yo me acuerdo muchas veces de aquel viaje a la gran ciudad, más perdido que un pañuelito mustio, leyendo una de sus antologías bajo la mortecina luz del bus Pamplona-Barcelona, con la íntima lupa de las lágrimas, que fueron bálsamo para ese corazón dolorido que era el mío. Y además de comprar sus libros desde entonces, siento mucha gratitud hacia al Sr. d’Ors, aunque no tenga el gusto de conocerle.

x

x

Javier Horno

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (14 votos, media: 4,00 de 5)
Cargando…

Comentar

Tiene que estar registrado para publicar un comentario.

Libros amigos por Javier Horno

Hijos del sol (Morris West)

Hijos del sol (Morris West) Tener libros en casa tiene compensaciones que no sospechamos por habituales. Ocupan un espacio que hay que reservar, dan fe de sus resistencia a pesar del polvo de los años, y nos brindan esa primera y prometedora lectura de su lomo. La biblioteca que nos…

Desolvidar por Patxi Mendiburu

Mercaderes, Burger y Hostel

    1. La calle de Mercaderes "Cuando menos desde el siglo XVI vivían en ella numerosos comerciantes y mercaderes, con sus correspondientes tiendas o botigas -como se decía antiguamente- que con su presencia y actividad acabaron por darle su antigua y castiza denominación gremial" (JJ. Martinena)     2.…
Publicidad

El baúl de los recuerdos

Esta noticia la publicamos el 16 de agosto de 2012