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León Salvador, el Rey de los Charlatanes (1)

Patxi Mendiburu 14 junio 2017
 
José María Baroga

De la mano de José María Baroga nos trasladamos a 1950. Por primera vez en medio siglo no estará en San Fermín León Salvador, el Rey de los Charlatanes, aquel artista de la persuasión que te vendía cuchillas de afeitar, aunque fueras lampiño, o zapatillas para correr descalzo, y que se ganaba el cariño de la gente montando una peluquería para tomarte el pelo: “¡Anímense, que sólo llevo engañándoles cincuenta años!”. 
Mirad qué bien lo cuenta Baroga:

Y nos encontramos con una noticia triste. Por primera vez en medio siglo no estará presente en fiestas el celebérrimo León Salvador. Ha muerto el año anterior, en la feria de Bilbao, subido a su tablado, firme en su puesto como un viejo soldado legendario. 

Lo recuerdo perfectamente, pues constituye una de las impresiones de la niñez que permanecen imborrables. Aunque, ya de mayor, multitud de veces me detuve a escuchar sus peroratas, siempre fue por avivar ese dulce cosquilleo que produce en el alma al despertar de los recuerdos infantiles. Cuando, de la mano de mi niñera Jenara, los dos con la boca abierta, seguíamos el fárrago de su incansable elocuencia. Porque León Salvador era… 

 
EL REY DE LOS FERIANTES  

En el ocaso de su existencia, León Salvador era un anciano gastado, con los achaques propios de la edad y de una vida de agitación y triquitraque inusitada. Veo perfectamente su pequeña figura, de hombros cargados, «con el rostro negro como pan de munición» y los andares ligeramente vacilantes dándose aire de continuo con el sombrero, mientras enjuga con un enorme pañuelo el sudor de su frente. 

Ahora es ya reemplazado por su ayudante y sucesor Quinito, «el de Badajó, servidor de ustedes», hecho a la vera de Salvador, de palabra fácil y persuasiva, pero… que no era la de León. 

Frecuentemente era éste arrebatado por la fiebre de la venta, la «malaria de los relojes y de las Piel Roja» y subía trabajosamente al tablado, con un vigor prestado por su vocación de fenicio impenitente. 

“Los de la coronilla” jugando a pelota (pincha)

Como por arte de encantamiento, los cincuenta o sesenta espectadores, se convertían en doscientos, en cuatrocientos… Desde luego, todos los curas (varias docenas y por supuesto ensotanados.) corrían presurosos a gozar de aquella verborrea chispeante, uno de los pocos espectáculos a que podían asistir sin incurrir en censura eclesiástica. No sé si el clero contaría entre los buenos clientes (entonces los curas andaban bastante desochenados) pero es evidente que los partidarios más entusiastas, aunque a veces bastante escamados, eran los de “la coronilla”… 

—¡Ortega!, llamaba, luego de carraspear y golpear con un papirotazo el micrófono de solapa para comprobar su funcionamiento. —Vete a Casa Salcedo y agradece la atención—. 

—¿Qué atención, maestro?—, preguntaba el empleado, sabiendo sobradamente el desenlace. 

—La atención de enviarnos el postre. Veo desde aquí dos docenas de coronillas que dicen cómeme. La gente prorrumpía en carcajadas a costa de los sufridos clérigos, quienes enrojecían e iniciaban una prudente retirada con la mano en la nuca, antes de que las cosas fueran a más. 

Pero León tenía medida exacta de la norma. Su humor era fino, ingenioso y jamás se pasaba de la raya. 

—No se vayan, por favor, no se vayan. Pido perdón al clero. Yo soy católico desde que nací y republicano desde el catorce de abril. Católico viejo y republicano nuevo. (Eran, claro, los tiempos de la República) —¿Cómo, cómo dice…? ¿que no tiene dinero? ¡Jesús, qué barbaridad! Porque no quiere, amigo, porque no quiere. Pídale a su amigo León. ¿Ve usted? 

Y metía las dos manos en una maleta abierta y atiborrada de billetes. Alzaba un fajo y los dejaba caer desparramados. 

Hojas de afeitar ‘Pieles Rojas’

—Como ésta tengo ciento seis maletas en Valladolid. ¡Toma, Ortega!, dale a ese señor («Ese señor», al cabo de un rato, cambiaba su papel por el de Ortega.) veinte duros… ¡Nada! La casa por la ventana. Me ha caído simpático. Ahora, no me pidan más que está el cupo. Con éstas son mil las que he repartido. No me pidan más… ¿Cuchillas? ¿Decía usted cuchillas? A ver Quinito, ¿quedan Pielrojas para el militar? claro, claro que quedan. En cambio esos robaperas  (se refería a los otros charlatanes) asín van ellos con la cara desollada… Sí, ya saben el precio, una peseta el paquete de duro. Toma, dos para el militar… otras dos para el caballero, otra por aquí, otra por allá, vamos, date prisa, dos más aquí a la derecha, vete por la derecha, (ahora ya es la época de la postguerra) tú siempre por la derecha que si no te ganarás un estacazo. ¡Señores!, ¿no desean más?

¿Están todos servidos? ¡Pues al corral! No me pidan más que por hoy se acabó. Ni relojes, tampoco me pidan relojes (D. Pablo Roch me informa que todavía conserva en perfecto estado, un reloj despertador comprado a León Salvador en 1910 por 5 pesetas. Un despertador que ha sido usado durante años, entre otros menesteres como cascanueces. ¡Honor y Gloria a León Salvador!).  Me los han quitado de las manos. Regalados, más de dos mil relojes regalados. Dios me perdone (se quitaba el sombrero y apoyábaselo en el pecho, mirando al cielo) pero no tengo remedio. Por la salud de mi madre que en paz descanse. 

—¡Que no se oye! —interrumpía a veces un oyente—. 

—Ya nos han cortao la corriente, Quinito… ¡Aaj! ¡aaj! —y golpeaba con el dedo el micrófono—. ¿Ya estamos al corriente con la corriente de la Compañía? ¿O te has gastado el importe de la factura? ¡Señores, qué calvario con este ayudante! Todo es poco para vino.
Quinito, recostado al pie del tablado, aguantaba estoicamente los sarcasmos de León. Por el micrófono surgían unos ruidos extraños seguidos de unos carraspeos. De nuevo se percibía la voz cascada de León. —¿Carteras? ¿Decía usted carteras? Y empezaba otra vez la oratoria inagotable…  

***

Son sólo unos segundos. Pincha en 3′ 24” y ahí lo tienes en toda su salsa. Quizás sean la únicas imágenes de León Salvador en plena actuación. 
Son los Sanfermines de 1928, León Salvador tiene 55 años.
Un vídeo memorable que todo pamplonés ve con mucha curiosidad y que merece la pena (enseguida te darás cuenta) que lo veas en su totalidad. Para ello, te recomiendo pinchar en esta página:

Sanfermines 1928 (actualizado)

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