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Lecturas de verano (Reflexiones sobre narrativa: Tierra de campos, de David Trueba)

Javier Horno 2 octubre 2017
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¿Es inocua la ficción? No lo era para Platón, que abogaba por una música que encaminara a la virtud; tampoco lo fue para Cervantes, que escribió el Quijote para arremeter contra el mal gusto literario de su siglo, en nombre del buen criterio. En nuestra época es moneda corriente la idea de que la libertad de expresión es un valor absoluto, aunque en realidad aceptemos un cierto grado de censura. ¿Todo vale en nombre de la evasión? Montaigne, en su ensayo La moderación, aserta: “Las ciencias que rigen el comportamiento humano, como la teología y la filosofía, se injieren en todo. No hay acción tan privada y secreta que escape a sus conocimientos y jurisdicción. Quienes restringen su libertad son meros aprendices.” Es decir, nada escapa a la ética; tampoco la literatura.

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En los últimos tiempos, la falta de compromiso ético se traduce en un arte propagandístico, que es la degradación del arte. La propaganda se hace por una filiación ideológica; el arte se hace por una adhesión vital. El artista cree en el misterio de la belleza, que es el misterio de la vida. Lo demás resiste muy mal a los embates del tiempo. Buena parte del cine español de los últimos años ha servido a una cierta propaganda; así de mal envejecen las películas que han versado sobre la guerra civil o la postguerra. Para escribir Por quién doblan las campanas hace falta ser Hemingway: hay que ser artista. Hemingway trascendió su adhesión al bando republicano haciendo un retrato humano. Al servicio de la ideología, los corazones no se comprometen, y el artista ha de poner corazón.

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Entre las lecturas de este verano, la novela Tierra de campos, de David Trueba1, me ha llevado a esta reflexión que aquí intento exponer. Estamos en una época en que el arte cae a menudo en lo propagandístico, en detrimento de lo verdaderamente artístico.

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Es evidente que Trueba se asocia al mundo del cine español dominante, tantas veces calificado de “progresista” o “progre”, según la intención. Tierra de campos se distancia en buena medida de esa etiqueta. Comienza la obra con un retrato que el protagonista hace de su padre. Tan conmovedor resulta que el lector se preguntará si está leyendo una novela o un libro de memorias del propio David Trueba. La admiración hacia el hombre sacrificado por el bien de su familia, honrado, duro y amoroso, hace prometer al lector que la novela será excelente. Pero demasiado pronto abandona ese camino y se llena de tópicos.

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Empecemos por la historia marco. Un chófer de una funeraria lleva al protagonista a enterrar a su padre. El chófer es un tipo hablador y risueño. No añade nada porque no hay ninguna consecuencia en su relación con el protagonista. Eso sí, como un guadiana aparece intermitentemente recordándonos que ha de justificarse su presencia porque hay un entierro al que asistir. ¿Se ha inspirado aquí Trueba en L’étranger de Albert Camus? En todo caso, el marco narrativo aquí podría haber sido cualquier otro motivo: no añade apenas nada al espíritu del narrador, que parece desapegado definitivamente de la figura del padre, una vez retratado en las primeras páginas.

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Otro elemento forzado es que el protagonista es un cantautor, y vertebra la novela con letras de sus canciones. La ficción dentro de la ficción siempre me ha parecido peligrosa: es difícilmente creíble crear la sensación de una producción artística que en realidad no existe. El problema no es tanto que sea cantautor, sino las demasiadas referencias a una música que no escuchamos.

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Otro aspecto que rechina es esa especie de entronización de la adolescencia. El análisis del mundo tiende a reducirse en un reparto entre opresores y oprimidos. Lo curioso es que Trueba, que tiene genio artístico y muy buena prosa, se distancia a cada paso de esta cosmovisión, con matices y claroscuros… pero el maniqueísmo acaba imponiéndose. Valga un ejemplo. El protagonista recibe un homenaje en el pueblo de su padre, donde alguna vez veraneó. Todo el pasaje es irreal. Las figuras del alcalde y su mujer rozan el figurón; el colectivo popular parece una comparsa de carnaval. Naturalmente esto es una novela y el pueblo puede ser como le dé la gana al autor, pero se deja al lector una sensación de ensañamiento innecesario.

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Una especie de tributo a Almodóvar parece que no debe faltar en un relato actual: el protagonista descubre que tiene una madre biológica, una monja de la familia, que ocultó su embarazo… Este tipo de tramas tienen más carga ideológica que otra cosa. Inventarse un culebrón así es tan fácil como peligroso. Ponerse en la piel de situaciones extremadas requiere un gran esfuerzo de credibilidad. Utilizarlas para atacar la doble moral de “aquellos tiempos” es algo que se repite hasta la saciedad en series de televisión, cine y teatro y, la verdad, su tufillo propagandístico sorprende muy poco.

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El protagonista está instalado en una apatía poco creíble, a juzgar por su propia capacidad de narrar, de indudable inteligencia. Apenas nada en su entorno tiene autenticidad. Como el adolescente, percibe el entorno como un cacareo de frases hechas. En general, no sabemos muy bien qué piensa de la vida ni se ve evolución alguna. Los personajes siempre un poco adolescentes y aturdidos están muy de moda. Pero exigimos de la novela que haya un viaje interior. Queremos conocer qué le pasó a Fulano y qué tal está. Es más: en el fondo, queremos una postura moral. En Tierra de campos hay frases implacables (y muy bien escritas), pero no hay dirección. El protagonista se prodiga en encuentros sexuales ocasionales: “En esos pisos desconocidos me asomaba a la verdadera catástrofe emocional de nuestra generación, a nuestra soledad sin remedio.” Pero esa clarividencia queda como una reflexión aparte, que no toca en ningún momento a la trama.

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En esa pose adolescente incluyo el querer hacer bueno a un personaje a fuerza de pluma. El narrador quiere convencernos de lo mucho que quiere a “Gus”, hasta un extremo empalagoso. Sus compañeros de colegio se reían de él, es bisexual y lo matan en una trama oscura de drogas y orgías. Naturalmente, no es investigada a fondo porque hay peces gordos. Esto suena demasiado a La sombra del viento, de Ruiz Zafón o a La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza: maniqueísmo puro. El maniqueísmo es más peligroso que la ñoñería.

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Otro tópico de la narrativa actual es que Dios no existe. David Trueba, que dentro de todo es un hombre leído, establece matices. Ciertamente evita el cura figurón: el que aparece en la novela es un cura joven y simpático, seamos justos. Pero fíjese el lector que su única mención a la fe es la siguiente:

Javier soltó una carcajada algo femenina, se tapó la boca con la mano en un gesto de timidez. No, para nada, me negó. Pero te voy a decir una cosa, si Dios no existe tampoco importa demasiado, ¿no?

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La conclusión de este cura ingenuo es que la fe es utilitaria: es probable que todo sea un autoengaño, pero ¿qué más da? El protagonista, cuando acude con sus hijos a la iglesia, piensa: “qué increíblemente afortunada mi hija, que con seis o siete años aún no sabía lo que era un cristo crucificado, imagen recurrente en mi infancia.” ¿Es este el pensamiento del autor? Yo recuerdo a Trueba en Pamplona, ante un auditorio de jóvenes, animándonos a que leyéramos la Biblia porque, aunque nos pareciera “un rollo”, era un clásico muy interesante. Ironías del destino.

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Dicho todo lo cual, Tierra de campos es una novela, a mi entender, prometedora en sus primeras páginas, pero fallida en su conjunto, por esa especie de tributo relativista a que se somete buena parte de nuestra narrativa, ya sea en los cines, en los escenarios o en los seriales televisivos. Y no sólo en España. Hablaremos la semana que viene de otro ejemplo traído del otro lado del Pacífico: El secreto, de Donna Tartt.

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1Ediciones Anagrama.

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