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Lecturas de verano. Reflexiones sobre narrativa actual: El secreto, de Donna Tartt

Javier Horno 22 octubre 2017
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En nuestro último artículo literario dejamos para una próxima entrega hablar de una novela de la escritora estadounidense Donna Tartt titulada El secreto1. Nuestra tesis era que estamos en una época en que es habitual que lo artístico encubra lo propagandístico, en detrimento de la autenticidad.

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Permítame primero el lector hacer una breve reseña de la gran novela L’étranger (“El extranjero”) de Albert Camus. En mi opinión, este es un ejemplo en que lo genial y lo propagandístico chocan desgraciadamente. En la novela de Camus el protagonista mata a un hombre por capricho, más o menos, y no tiene conciencia de mal. Al protagonista le da igual todo, y así se expone desde el primer capítulo, en que asiste al entierro de su madre (descrito, eso sí, con pluma magistral). Pero una vez en la cárcel se entrevista con un sacerdote bastante inepto, una auténtica caricatura, absolutamente torpe, del que el “extranjero” se ríe. ¿Qué quiere decir Camus? ¿El relativismo moral está justificado por el hecho de que está ahí, existe? ¿Una religiosidad inmadura, ñoña, rígida (representada por el sacerdote) justifica la ausencia de ética? Cuando leí por primera vez esta novela tuve esa sensación de enfado que a cualquiera, creo, le puede provocar un autor que fuerza el argumento. Dicho de otra manera: no es creíble que el protagonista y narrador tenga tanta clarividencia para contarnos su experiencia de vacío existencial y se despache con un inmovilismo espiritual tan atroz. Dicho de una manera más clara aún: ¿no está Camus lanzando una diatriba contra el humanismo cristiano con munición barata?

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Decíamos en nuestro pasado artículo que los personajes siempre un poco adolescentes y aturdidos están muy de moda. El problema estriba en que eso se presente como meta comercial, sin un sustento en que el autor se implique con autenticidad. Soy de los que piensan que no hay arte posible sin una postura moral. Camus sabe empezar su novela nihilista, pero no sabe terminarla, y recurre a una parodia fácil. Aún con todo, buena parte de su relato es genial, porque refleja perfectamente una visión del mundo existencialmente apática.

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Esta “visión del mundo en el arte” (que no se la creen ni los mismos autores) ha tenido mucho éxito. Lo analizábamos días antes en Tierra de campos, de David Trueba, salvando también algunos aciertos. Saltamos el charco y nos encontramos con la misma exaltación de la amoralidad en Estados Unidos, en esta obra de Tartt, El secreto, que parece haber tenido éxito y laureles. Pero en este caso se me hace difícil entender qué se puede salvar. Argumento del libro: unos estudiantes de griego deciden hacer una bacanal y, no se sabe cómo, matan a un hombre. El resto es un despropósito sólo salvable porque una cierta ligereza en la narración tal vez anime al lector a descubrir si el protagonista besa por fin a la chica guapa. Yo no hubiera aguantado si no me hubiera propuesto recuperar el tiempo perdido para sacar mis conclusiones.

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Para empezar, es malvado proponer a un grupo de estudiantes de Humanidades como unos botarates sin escrúpulos, que lo mismo saben tocar el piano que son unos fatuos rayanos en la idiotez. ¿Tenían que ser estudiantes de griego? Tipos que se supone leen filosofía: el hombre, el bien, el mal, la virtud, el sentido de la existencia… No espere encontrar el lector una huella de la cultura antigua por la que, al menos, valga la pena recorrer lo que es una selva de sucesos estampados en cartón.

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La mediocridad del relato es casi la misma desde el comienzo hasta el fin. No hay apenas un personaje que presente una fisonomía interna creíble y clara, una vida interior, una evolución de algo a algo. La tendencia a la verborrea llega a extremos memorables, y pondré un ejemplo. El narrador es uno de los personajes, así que no puede saberlo todo acerca de la narración, a menos que lo justifique (esto es algo básico en técnica narrativa); aquí se convierte cuando le da la gana en narrador omnisciente y da detalles que no le importan a nadie. Fíjense:

Aquellos días, nuestra mayor preocupación era la autopsia que había pedido la familia de Bunny; nos quedamos perplejos cuando Henry, desde Connecticut, anunció que le estaban practicando una; para contárnoslo tuvo que escabullirse de casa de los Corcoran una tarde y llamar a Francis desde una cabina, bajo las ondeantes banderas y los toldos a rayas de un establecimiento de venta de coches de segunda mano, con el ruido de una autopista al fondo.

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El narrador, ya puesto, podría haberse metido en el establecimiento de venta de coches a ver si había alguna ganga.

La obra es un tocho de casi 800 páginas. Pero no se podría haber “resumido”: no hay una trama sólida que desbrozar. Tartt inventa los personajes sin ton ni son. Cuando lleva más de 300 páginas hablando de uno de ellos, Camilla (la chica guapa), nos intenta seducir describiéndola como:

Una niña menuda y encantadora que se echaba en la cama y se ponía a comer chocolatinas, una niña cuyos cabellos olían a jacinto y cuyos pañuelos blancos ondeaban, joviales, agitados por la brisa; la niña más fascinante e inteligente del mundo.

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¿Era inteligente por la virtud de comer chocolatinas sin manchar las sábanas? ¿Para qué agitaba clínex? No sé, se me ocurren todo tipo de estupideces menos pensar que la niña Camilla es inteligente, ni en esa escena ni en niguna otra. Pero, sobre todo, esas incursiones descriptivas que menudean en El secreto, ponen en evidencia la falta de fuste en los personajes. Tartt no crea tipos creíbles en la acción y parece quererlo compensar con descripciones que quieren ser emotivas, pero que en ningún caso constatan lo que el lector haya podido intuir en las páginas previas.

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El narrador es un tipo que está en medio de todo y del que no sabemos qué piensa de nada, sin capacidad real de reacción (más que para escribir este profuso volumen), que colabora en el asesinato de un amigo, que parece que le parece mal y tarda días en “comprender que nunca volvería a ver a Bunny”. Vamos a ver, un tipo así, ¿tiene la voluntad y la sensibilidad de llegar a descripciones de meriendas y de objetos en los cajones como lo haría una Enyd Bleaton? (y disculpe la gran creadora de “los Cinco”). No se pierdan esta sesuda reflexión: la hace el narrador tras una lectura de una autobiografía de un asesino que no tiene conciencia de haber hecho mal alguno, y que parece no recordar los hechos criminales en sí (ecos evidentes de Camus):

Sin embargo, en cierto modo sé cómo se siente mi colega. No es que todo “se volviera negro”, ni nada parecido; solo que el hecho en sí está tan borroso a causa de algún efecto primitivo y paralizante que en aquel momento lo oscureció; el mismo efecto, me imagino que hace posible que una madre presa del pánico cruce a nado un río helado o se arroje a las llamas para salvar a su criatura (…) Hay cosas tan terribles que no las podemos entender inmediatamente.

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¿A dónde nos quiere llevar Tartt? Porque es evidente que el autor asume una cosmovisión, sea la del narrador, sea la de la dirección interna de la obra. A todas luces, pondría la mano en el fuego, que Tartt no asume semejante comparación (éticamente perversa). Lo mejor que se puede decir de este narrador es que es un memorable idiota que se quiere hacer el interesante con lo que no tiene ni pies ni cabeza, con lo aberrante, desde un punto de vista moral.

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Todo el relato en torno a las exequias de Bunny es, simplemente, absurdo. Lamentable que uno de sus compañeros (y asesinos) mate, en pleno funeral, una mosca con el misal; (o que alguien me aclare dónde se coloca la feligresía en los funerales). Las muestras de duelo, que claramente se describen para criticar la hipocresía burguesa ante los decesos, son hiperbólicas. Nada de lo que ha contado sobre Bunny ha podido hacer creer al lector que fuera un tipo realmente querido y admirado. Pues bien, Bunny despierta una oleada de homenajes y ríos de llanto: una hipocresía social absolutamente inverosímil.

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A cada paso uno se encuentra con películas, obras de teatro y novelas que parecen jactarse de lo que Stravinsky llamaba “una vergonzosa familiaridad con lo incomprensible”. Es incomprensible que un siglo después de las provocadoras vanguardias, en el mundo occidental se esgrima con tanto éxito lo que ya es una estela mate de la provocación, si es que la amoralidad nació alguna vez como provocación. En todo caso, un lector medianamente crítico termina una novela como esta y se pregunta: “¿Y?”

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1Ed. Lumen, Barcelona, 2015.

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